Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
14 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA SÁBADO, 1 DE FEBRERO DE 2014 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO ¿AMIGOS? Se acaba el poder y los teléfonos enmudecen al día siguiente LLÁ en el siglo XVIII nadie daría medio penique por James Boswell. El noble escocés, señor de Auchinleck, abochornó a su familia con su biografía de tarambana borrachuzo. Abogado y escritor, se pulió todo su patrimonio en un espectacular rally por tabernas y casas de lenocinio. Los retratos de época muestran un careto abotargado, mapa de tantas hazañas licenciosas, un rostro algo cómico, a fuer de la seriedad que imposta. Boswell era una fiera. En su grand tour continental acudió a conocer a Rousseau y acabó empiltrado con su mujer. Lo cual tampoco parece haber causado mayores jaquecas al gran narciso galo. Tanta sonrojo provocó Boswell en vida que sus descendientes ocultaron sus papeles para no recordar al oprobioso antepasado. Los escritos acabaron apareciendo en un desván irlandés en los años veinte. Una universidad americana pagó un dineral por ellos. Ahora Boswell merecía respeto, máximo interés. ¿Por qué había sido rehabilitado el zángano? James Boswell está en la historia por su maravillosa amistad con un hombre 31 años mayor que él, Samuel Johnson, un grandullón picado de viruelas, de levita guarra, peluca mal puesta y cerebro de máxima potencia. Boswell y Johnson, la mayor eminencia literaria inglesa de su tiempo, se conocieron en Londres el 16 de mayo de 1763, en una de las escapadas golfas de James a la capital. El local del encuentro está en el Covent Garden. Hoy acoge a un café llamado Boswells, el apellido del discípulo. De fachada evocadora, dentro resulta angosto, poco especial. Pero a los johnsonianos nos gusta sentarnos a tomar algo y fabular con el primer cruce de caminos entre el bocazas veinteañero y el gran patriarca, el Dr. Johnson, gloria nacional, compilador del primer diccionario del inglés, de corazón de oro, y lengua cortante si lo pillaban a contrapelo. Boswell conoció a Johnson y se le pegó como una lapa, años y años. En tertulias y en borracheras. En salones y antros. Cada día, en la arribada beoda o en la cruel resaca matinal, anotaba todo lo hablado con su mentor. Así fue componiendo un libro, La vida del doctor Johnson Pasa por ser la mejor biografía de la historia. Boswell adoraba al oso gruñón. Pero Johnson también lo quería y cuidaba, a su modo, con pomposos consejos epistolares. Boswell, víctima a veces de depresiones insondables, era un sablista, un dipsómano, un coleccionista de venéreas. Pero también podía ser el compañero más generoso, el contertulio más ocurrente, el anfitrión más obsequioso, el más divertido compañero de farra. Se hicieron tan inseparables que hasta se fueron juntos de excursión a un fin del mundo de la época, las desoladas Islas Hébridas. Su amistad es lo que convierte el libro de Boswell en algo único, lo que hace que se siga recordando a ambos con una sonrisa, que se brinde por su memoria con una piscina de cerveza (mejor dos) Hoy se tiende a entregar la palabra amigo con demasiada facilidad, aplicándosela a conocidos. Pero amigos de verdad no tenemos más de cinco o seis. Lo comprueban los políticos cada vez que se apean del poder. El móvil enmudece. Los asentimientos ante cada frase se desvanecen. Los chascarillos agudísimos ya no hacen gracia. Dejas de ser el centro de la tertulia. Aznar se marchó, perdió la luz de los focos, y se descubrió que con Rajoy no pasaba de conocido. A LLUVIA ÁCIDA DAVID GISTAU LEÓN EN SWAHILI La elección de Manuela le ha supuesto al matrimonio Puyol una fuerte reprimenda por parte del nacionalismo H AY que admitir que antaño resultaba más fácil imponerle un nombre a un hijo. Para empezar, porque no existía el afán algo esnob de distinción que, si acaso, ha de conseguirse más tarde por méritos propios con el apodo. No hacía falta que el recién nacido se llamara como un planeta de la Vía Láctea, o como un héroe mitológico, o como un barrio de Nueva York, o como un felino en swahili, o como una circunstancia climatológica, o como una canción de Eric Clapton. Nombres, éstos, que se hace necesario deletrear en la inscripción en el Registro Civil y que imponen a su portador una expectativa de originalidad que lo marcará de por vida: ¿quién podría conformarse con un destino menor, con una vida ordinaria, con trabajo de nueve a cinco, llamándose Dylan Leónidas García? Ese concepto de la moda, el de la ropa ponible también vale para los nombres, que son más fáciles de llevar cuando han sido extraídos del prêt- à- porter estadístico, que en España, en los tiempos de la nostalgia de El Ausente, fabricó una cantidad ingente de joseantonios. Como tengo la experiencia reciente, sé que no es fácil escoger nombre. En casa hemos dedicado más horas a pensar en eso que en jugadas de ajedrez. En parte porque nos afectaba un conflicto cultural trasatlántico, y se me hizo difícil evitar tener gateando por el salón unos cuantos clichés lunfardo con nombre de tajo en la pollera. Yo me con- formaba con aplicar la misma regla que con los perros: nombres de como mucho dos sílabas, casi onomatopéyicos, aptos para su asimilación rápida por el usuario y para los actos de autoridad. Debo confesar que, al tejer fantasías de futuro, también me interesaba que cupieran sin problema en el caso de terminar impresos en el ancho de una camiseta de fútbol. Carles Puyol y Vanesa Lorenzo han hecho con el nombre de su hija una apuesta atrevida. Manuela. Es un nombre precioso, pero temperamental, ajeno a la discreción casi andrógina, desprovista de arraigo cultural, que suelen preferir los futbolistas y los artistas. Es un nombre de ser humano. Tiene hasta connotaciones castizas, pues en Madrid hay modismos procedentes del 2 de Mayo que derivan de la bizarría de manolear como lo hizo Manuela Malasaña, asesinada por auxiliar a Daoiz y Velarde durante los combates en el Parque de Artillería. La elección de Manuela le ha supuesto al matrimonio Puyol una fuerte reprimenda por parte del nacionalismo, que tiene una facilidad insólita para encontrar indicios de traición hasta en los detalles más nimios de las existencias particulares. Apenas nacida, esa niña padece ya un intento de reprogramación de los custodios del canon. Qué no llegará a ocurrirle cuando se ponga a pensar y a hacer preguntas. Semejante exceso de odio a una simple resonancia española es atribuible al control exhaustivo de las personas en el que degeneran las sociedades militantes, demasiado cercanas a ciertos anacronismos europeos en los que perdura el secuestro del individuo obligado a servir una causa general. Cómo puede haber traición a una sociedad mentalmente militarizada por el solo hecho de que una pareja haya completado el proceso íntimo de elección de un nombre para su recién nacida. Cuántos síntomas más de intolerancia colectiva son necesarios. En un futuro distópico, tal vez ocurra que en Cataluña a los padres se les dé a elegir entre dos o tres nombres autorizados por vaya usted a saber qué tribunales de las buenas costumbres y el orden. Al menos, no haría falta dedicar tantas horas a pensar en héroes de Troya o leones en swahili.