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ABC MARTES, 21 DE ENERO DE 2014 abc. es cultura CULTURA 45 El valor terapéutico de la música ANÁLISIS ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Se ha ido mi Claudio TERESA BERGANZA H ABC Simon Rattle Hemos perdido a un gran músico y a un hombre muy generoso afirmó su antecesor en Berlín mente abierta y en muchos aspectos un innovador, hasta el punto de ser considerado una batuta revolucionaria en el podio. Además de su intensa actividad en la Scala, Claudio Abbado desarrolló también su aventura artísticas con las orquestas más prestigiosas. En 1971 se convirtió en el director principal de la Filarmónica de Viena, mientras desde 1979 al 1987 fue director musical de la Orquesta Sinfónica de Londres. En 1989 sucedió a Herbert von Karajan como director principal de la Filarmónica de Berlín, siendo elegido en votación secreta por los miembros de la orquesta, que dirigió hasta el 2002, siendo despedido con 30 minutos de aplausos y 4.000 flores lanzadas por el público. El mundo de la música lloró ayer el fallecimiento de Abbado. Simon Rattle, que tomó el relevo en la Filarmónica de Berlín, colgó en su web un comunicado que decía: Hemos perdido a un gran músico y a un hombre muy generoso mientras que Daniel Barenboim aseguró que perdemos a uno de los grandes músicos de los últimos 50 años, y uno de los pocos que mantenía una relación muy estrecha con los diferentes géneros musicales ace apenas unos días se difundía la noticia de la disolución temporal de la Orquesta Mozart, última materialización del pensamiento musical de Claudio Abbado. La retirada del maestro, forzado por la enfermedad, servía a los patrocinadores como justificación para cancelar el apoyo económico que la había sostenido. Quizá ha muerto sin saberlo. Mejor así. Nunca es fácil perder a un amigo y la orquesta estaba formada por muchos de ellos que, en los últimos años, estuvieron cerca de él con el único fin de compartir una manera de hacer música basada en la confianza, en la seguridad de estar defendiendo una idea común. A aquellos que aportaban su ayuda a la Mozart, ahora se sabe que a cambio un plus de prestigio asociado a un nombre y no por el convencimiento de estar apoyando algo que mereciera la pena, y a muchos otros que cada día subastan la vida cotidiana desde la impunidad de la valoración económica es muy difícil hacerles entender algo que nunca, desde que lo escrito se convirtió en testimonio de nuestra civilización, se ha puesto en duda: el valor terapéutico de la música. La actual presión del mercado y la arrogante ignorancia por la que supura el analfabetismo musical que carcome la sociedad es un cóctel de compleja disolución. La desaparición de Abbado sólo añade tristeza ante el desastre y la duda de si todo lo que él hizo pudo servir para algo. Quienes tuvieron la oportunidad de compartir unos minutos de mú- sica con él no tendrán duda. Cuando era joven porque sus versiones estaban cargadas de una aleccionadora viveza, de una cálida expresividad, de una contagiosa mediterraneidad anclada en la idiosincrasia de su Italia natal. En los últimos, cuando el cáncer ya había dejado su huella indeleble, porque cualquier acción adquiría una magnitud trascendente a la que sólo unos pocos directores han sido capaces de acceder. Es fácil entenderlo para quien ha visto al público salir del concierto con lágrimas en los ojos, para quien ha respirado el silencio congelado en el que él se disolvía la música tras la interpretación, para quien, tras miles de horas acumuladas escuchando, creyó que jamás podría asistir a una interpretación que le dejara definitivamente conmocionado. En el bagaje de Abbado es imprescindible la juvenil adscripción a Musica- Realtà, el compromiso social junto a Grassi, Nono y Pollini. Los conciertos en fábricas y escuelas promoviendo la virtudes socializadoras del arte. En la madurez, siendo capaz de la mayor de las filigranas, de fabricar el detalle para multiplicarse en una totalidad indiscutible concretada en ensayos en los que pedía, una y otra vez, que unos escucharan a otros, como si hicieran música de cámara, que compartieran una misma idea y la afirmaran juntos. Siempre actuando desde el convencimiento que emanaba una personalidad de contagiosa afabilidad, una sabiduría musical excepcional y una calidad artística formidable. Eran las razones de alguien dialécticamente comprometido. Sin duda, todo lo hecho por Abbado ha merecido la pena. ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE ES CRÍTICO MUSICAL H ace días que ya no podía hablar con él, pues pasaba mucho tiempo dormido. Aún así le mandé a través de su hijo Daniel, con el que hablaba muy a menudo, una foto en la que estabamos juntos. Claudio y yo hemos pasado momentos maravillosos. Colaboramos en numerosas óperas Carmen Cenerentola Las bodas de Fígaro Con él aprendí mucho, y creo que él también algo conmigo. Nos llevabamos muy bien porque teníamos la misma filosofía hacia la música: respetar la partitura hasta la última semicorchea. Aunque pasamos momentos muy divertidos con la pandilla, en la que estaba también Luigi Alva, a la hora de trabajar era muy serio. Tenía una mirada que te fulminaba, pero no conmigo, yo sabía siempre lo que quería solo con mirarle. En lo personal era muy culto y extremadamente tímido, pero se reía mucho conmigo que no lo era tanto. Lo quería y lo admiraba mucho. Tenía 80 años, como yo. Cuando se te muere un ser querido, sientes la muerte más cerca y te das cuenta que se te van yendo los amigos. En los últimos días tenía la intuición de que Claudio se estaba marchando. Eso sucede cuando quieres mucho a alguien. Nunca le voy a olvidar porque ha sido uno de los seres más queridos de mi vida. Se me ha ido mi Claudio. Era el último de los grandes ANTONIO MORAL U Abbado, rodeado por músicos de la Orquesta Mozart, en Segovia en 2011 cuando recibió el premio Juan de Borbón de Música ABC no de los mejores recuerdos que guardo de mi paso como director artístico del Teatro Real es la colaboración con Claudio Abbado. Una colaboración que se produjo gracias a su hijo Daniele, director del teatro Regio Emilia. Abbado estaba entusiasmado con su debut operístico en el Real, mientras nosotros sentíamos la espada de Damocles ante la posibilidad de que cancelara por su frágil salud. De Abbado yo destacaría su humildad. Era un antidivo que le gustaba ser un músico más de la orquesta. También la transparencia de sus versiones, tanto en óperas de Verdi y Rossini, como en Mahler. Con él se ha acabado la era de los grandes directores, como Giulini, Celibidache y Kleiber. Tampoco quiero olvidar su apoyo indiscutible a los jóvenes, con la creación de orquestas como la Mahler Jugendorchester, de la que salió la Mahler Chamber, o la Orquesta Mozart. Nos ha abandonado uno de los grandes.