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ABC SÁBADO, 4 DE ENERO DE 2014 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA LOS FRUTOS DEL CONSENSO Si en lo esencial están tan de acuerdo como los ventrículos y aurículas de un mismo corazón podrido, ¿a qué viene esta rebatiña? A rebatiña que han montado los partidarios del aborto libre por plazos y los partidarios del aborto libre por supuestos también tiene su miga. Con este anteproyecto se volverá al consenso del 85 se afirma desde el Gobierno; y, desde la oposición, sostienen que el anteproyecto nace sin consenso o que quiebra el existente. Y todo este tiberio por un quítame allá esos plazos o supuestos, porque en lo sustantivo el consenso político se mantiene inalterado: aborto libre (esto es, impune) en la ley vigente, al menos en la práctica; y aborto libre en el anteproyecto, tanto en la teoría como en la práctica, pues especifica que ninguna mujer que aborte podrá ser castigada. Entonces, si en lo esencial están tan de acuerdo como los ventrículos y aurículas de un mismo corazón podrido, ¿a qué viene esta rebatiña? Nos lo explica la propia razón de ser del consenso político, que no es otra sino destruir el consenso social. Un orden político sano tiene como misión garantizar el mantenimiento de ese consenso social; del mismo modo que un orden político enfermo tiene el empeño de destruirlo, para que la propia sociedad se desintegre. De esta desintegración social, lograda a través del consenso político, es de donde saca su pujanza la partitocracia, como el moho saca su vigor del alimento putrefacto. La primera condición para que exista consenso político es que se borre de las L conciencias la noción de bien común, sustituida por la más utilitarista del interés general que en el fondo es el interés real o presunto de las mayorías. El siguiente paso consiste en falsificar la realidad, de tal modo que el interés de las mayorías sea sustituido por los intereses oligárquicos de los partidos que las representan: para ello, el consenso político recolecta las opiniones más variopintas de esa sociedad destruida que ha extraviado el sentido de bien común como el doctor Frankenstein recolectaba miembros de los más diversos cadáveres para fabricar su monstruo y, a través de engaños y manipulaciones, elaborará una síntesis caprichosa y la presentará como opinión canónica ¡opinión pública! erigiéndola en pensamiento único que, por supuesto, admitirá discrepancias menores (en la cuestión del aborto, por ejemplo, se dejará que la gente dispute con el Macguffin de los plazos y los supuestos) para que la discusión sobre esos matices, convertida en gatuperio aturdidor, degenere en demogresca. Así se matan dos pájaros de un tiro: por un lado, se logra que el meollo del consenso político cuyo fin último es el control oligárquico del poder, y su reparto por turnos o parcelas permanezca intacto, pues la riña de gatos se mantiene siempre en terrenos suburbiales; por otro, se consigue que los últimos vestigios del consenso social sean reducidos a fosfatina, de tal modo que la convivencia social degenere en mera coexistencia desconfiada, para mayor esplendor del moho que la parasita. Para comprobar que el fruto del consenso político no es otro sino la destrucción del consenso social podemos comparar las reacciones de los católicos a la ley del aborto de 1985 y a este anteproyecto, que recupera su marchoso consenso ochentero. En 1985, el catolicismo español todavía terne, aunque ya había sido desplazado a un gueto se opuso sin fisuras a la ley, porque todavía el consenso político no había logrado destruir su consenso social, ni tampoco ofuscar su comprensión de la doctrina. Treinta años después, el catolicismo español, reducido ya a fosfatina y con la doctrina más olvidada que el catecismo de Ripalda, aplaude mayoritariamente ¡y según quiénes, hasta con las orejas! este anteproyecto de ley, permitiéndose incluso tildar de integristas a los sectores residuales que lo rechazan. Tomad y comed los frutos del consenso. IGNACIO CAMACHO LA MÍSTICA DEL DESASTRE El nacionalismo catalán va a lanzar en 2014 una ofensiva de propaganda mitológica en torno a una efeméride adulterada ARA ambientarme en el aluvión conmemorativo que nos espera sobre el centenario de la Primera Gran Guerra he rescatado de un anaquel Los cañones de agosto de Barbara Tuchman, el libro que Kennedy estaba leyendo cuando estalló la crisis de los misiles de Cuba. El presidente americano contó luego cómo le influyó esa lectura en la ansiedad por evitar una catástrofe universal: se trata de la terrible historia de los meses iniciales de la conflagración en los que se derramó el vaso de Pandora. Los días de verano en que la opinión pública europea se precipitó hacia la hecatombe envuelta en la euforia bélica de una mística de agitación nacionalista que en cada país parecía prometer un conflicto corto, heroico y victorioso. En este 2014 acabaremos tal vez hartos de la revisión histórica de aquella gigantesca matanza que convirtió la civilizada belle epoque en un cementerio inundado de barro y de sangre. Bien estará el atracón si sirve para hacernos entender hasta qué punto las naciones son capaces de suicidarse en su propia ofuscación, en los delirios ensimismados que propician misiones autodestructivas de enajenada obcecación devastadora. Pero mientras el mundo aprovecha la efeméride para mirar hacia sus sombras retrospectivas más siniestras, en Cataluña las élites gobernantes se aprestan a convertir el año en la coartada intelectual de una de esas supercherías que casi siempre acaban en un desastre que ahora no será bélico pero sí social y económico. El nacionalismo quiere montar sobre el tricentenario del sitio de Barcelona una monumental ofensiva emocional de exaltación separatista basada en la habitual manipulación de la Historia. Con la potencia de una enorme maquinaria propagandística unilateral con cargo al déficit que sufraga el Estado opresor, la dirigencia catalana va a lanzar una operación de trucaje simbólico en torno a una conmemoración adulterada. El ingrediente esencial de esa falsificación es, como siempre, el victimismo: los gruesos brochazos de historicismo sesgado dejarán en el subconsciente ciudadano, mayoritariamente desaficionado a la verificación del estudio, la confusa conclusión de que en el siglo XVIII Cataluña era un Estado cuyas instituciones y libertades fueron barridas a fuego por el imperialismo español. Un ficticio bucle melancólico sobre el que colgar las banderas de la alucinación separatista. Con esta clase de fantasmagorías y mistificaciones, tan parecidas en su fondo y estructura a los entusiastas desvaríos de 1914, se conduce a los pueblos a abismos de enajenación irreparable. El de Cataluña apunta a una fractura civil y a una quiebra económica. Ya no hay cañones que empujar con la eclosiva mitología del furor nacionalista pero en la sociedad de la comunicación las sociedades se destruyen y se arruinan con embustes masivos, artificios políticos, enredos emotivos y quimeras falaces. P JM NIETO Fe de ratas