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ABC DOMINGO, 29 DE DICIEMBRE DE 2013 abc. es cultura CULTURA 65 Se cumplen 35 años de aquel 27 de diciembre en que el Rey sancionó la Constitución Constitución de 1978 España recuperó el puñado de principios que permiten que una nación exista como idea y sentimiento peninsular y la consideración material de unas posesiones que abarcaban buena parte del mundo conocido. La empresa imperial se propuso agrupar los pueblos de Europa en la defensa de una herencia cultural común. En las guerras de religión, la posición de España no fue la de la mera resistencia ante el cambio, sino la de impulsar una reforma espiritual fiel a los valores universales del cristianismo, siendo la libertad el primero de todos ellos. Frente al protestantismo y con la indispensable participación de los teólogos españoles, Trento aprobó la radical autonomía del hombre y abrió el camino a la plena congruencia entre el humanismo renacentista y la renovación del pensamiento católico. Esa misma defensa de la libertad y la dignidad del hombre se encuentra en la crítica a la razón de Estado sobre la que las monarquías absolutas levantaron un edificio de despotismo. Cuando por toda Europa se halagan los oídos reales con argumentos divinos del poder coronado, las meditaciones de los pensadores españoles aguan la fiesta monárquica y ponen los fundamentos del derecho internacional. El Rey sólo será considerado legítimo si actúa de acuerdo con la moral, si busca el bienestar de sus gobernados en quienes reside el origen de la autoridad. las doctrinas de la Ilustración pudiera afrontar la construcción del régimen liberal. En su propia tradición halló los recursos para proyectar una defensa radical de la libertad del hombre y la fortaleza para luchar por un gobierno representativo que se identificó, en la primera de sus constituciones, con la independencia y la unidad de la nación. Un siglo de guerras civiles muestra hasta qué punto fue en España, más que en cualquier otro lugar, donde la lucha por la libertad política y la soberanía nacional exigió un mayor compromiso. Por ello, al acabar aquel siglo, en momentos en los que el país parecía resignarse a una posición marginal tras el desastre de 1898, una soberbia pléyade de jóvenes inconformistas se dispuso a la gran tarea de la reforma de España. Guerra y reconstrucción Sin haber participado en la Gran Guerra, la crisis de civilización que devastó Europa nos alcanzó también, frustrando aquellos planes de regeneración y lanzando a España al más desolador de los abismos, el que hace imposible un proyecto nacional que integre a todos los ciudadanos. La Guerra Civil sacó de su espacio imaginario el mito de las dos Españas y decretó la intolerancia de quienes se enfrascaron en una alevosa tarea de mutua aniquilación. En su exilio desesperanzado, Cernuda llegó a escribir que España era ya solo un nombre. En la conciencia de aquella tragedia inútil, los españoles reconstruyeron el camino de la dignidad del hombre y la libertad esencial sobre las que pudieron afirmar, en los inicios de la modernidad, el carácter de un proyecto nacional propio y basado en valores universales. La Transición fue mucho más que la recuperación de las libertades constitucionales. Fue el regreso de España a un hilo moral conductor, la recuperación de un significado permanente que late en el fondo de su viaje en el tiempo, ese puñado de principios que permiten que una nación exista como idea y sentimiento en la razón y el corazón de la Historia. Denuncias de corrupción La literatura barroca española no dejó de elaborar guías de príncipes y ásperas denuncias de la corrupción de los mandatarios mientras el verismo justiciero de sus pintores se deleitaba en el aspecto hondamente humano y hasta vulgar de los reyes. En tal exigencia de la moralidad del Estado y de los derechos fundamentales del pueblo se encontraría el terreno más propicio para que una España algo desatenta a ABC EL DESASTRE DEL 98 LA GUERRA CIVIL LA TRANSICIÓN Una nación para un pueblo En el cruce de los siglos XIX y XX, España vivió, junto a Europa, una grave crisis cultural que las generaciones de 1898 y 1914 habían de convertir en un brillante ejercicio de toma de conciencia nacional. Unamuno, Maeztu, Ortega y Azaña se formaron en aquella briosa elite de intelectuales que expresaron su confianza en una nueva vertebración política y moral de España que debía depender de las mejoras económicas y la eficacia de los gobiernos. Pero había de basarse, sobre todo, en los incorruptibles valores cívicos de gobernantes y gobernados, en el afán cultural y la responsabilidad. La tragedia de las dos Españas España vivió el enfrentamiento entre libertad y totalitarismo que caracterizó la crisis europea de los años treinta en su versión más trágica. Una contienda fratricida detuvo el curso de las ambiciones nacionales sembradas a comienzos de siglo y las anegó en la sangre de la guerra civil. El sombrío mito de las dos Españas volvió a ahogar la posibilidad de la concordia y permaneció en el orgullo de los vencedores y el resentimiento de los vencidos. España llevó a la historia universal el severo ejemplo de una catástrofe nacional y la torva advertencia contra el radicalismo totalitario que narcotizó a una generación europea. Hacia una nación de ciudadanos Las dimensiones de la tragedia de 1936 dieron a España la oportunidad de una respuesta original al desafío de la reconciliación. Nuestra nación volvió a disponer de una proyección ejemplar, al ser capaz de organizar una transición a la democracia cimentada en la conciencia de su grave responsabilidad histórica. Con el doloroso recuerdo de una guerra civil se construyó una moral cívica más alta, que sólo podía concebir la cohesión de la sociedad sobre la libertad de todos y el respeto a cada uno. La aprobación de la Constitución no fue sólo la conquista de un régimen parlamentario, sino también el triunfo de una nación de ciudadanos.