Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
64 CULTURA DOMINGO, 29 DE DICIEMBRE DE 2013 abc. es cultura ABC DOMINGOS CON HISTORIA Todo lo que España ha contribuido a Occidente El oportunismo disgregador ignora los múltiples momentos históricos en que la nación española fue ejemplar FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR ¿Qué es una nación si no es un principio? escribió un Ortega enfrascado en los primeros esfuerzos para dar consistencia ideológica a los jóvenes reformistas de la generación de 1914. Aquel grupo de intelectuales obsesionados por la modernización de España se asomaba con inquietud a la Historia, tratando de ver en ella el lugar ocupado por nuestro país y, en especial, su proyección en el devenir de Europa y en el quehacer universal. Esos valores definidores de la nación debían evitar un rancio casticismo para sentir la historia de España como espejo en el que los acontecimientos fundacionales de la cultura occidental se expresaran de un modo ejemplar. Querer modernizar una nación sólo podía entenderse como con- tinuidad de su presencia en el tiempo, como realidad histórica que hoy se niega, al calor de la crisis y en el oportunismo disgregador de algunos insensatos. Hace cien años, quienes mejor muestra dieron de su voluntad de conducir España a la modernidad europea lo hicieron desde el exigente respeto a una trayectoria nacional propia, mediante la que podría abordarse la reforma radical orientada al bienestar del pueblo y a la eficacia del gobierno. España no necesitaba afirmar una voluntad de ser sino la decisión de seguir existiendo. Precisaba señalar el indispensable recuerdo de lo que había aportado a la historia de Occidente y la determinación de permanencia para renovar esa contribución decisiva. Herencia común En los comienzos de la Edad Moderna, el proyecto imperial de Carlos V y la monarquía universal de Felipe II superaron el escueto rango de la unidad EL ESTADO MODERNO ABSOLUTISMO EUROPEO LA ILUSTRACIÓN Un imperio de valores universales La monarquía española se constituyó como el primero de los Estados modernos. El Imperio, ampliado a América, dejó de ser una simple entidad territorial para articular los valores universales de una tradición católica que debía actualizarse. Los reinados de Carlos I y Felipe II buscaron preservar algo más que la hegemonía de una gran potencia. Se propusieron asegurar la unidad religiosa en Europa y proyectar en todo Occidente la imagen del hombre afirmada por el Renacimiento católico y ratificada por el Concilio de Trento: el individuo libre y consciente de la unidad moral del género humano. Una monarquía al servicio del bien común En pleno proceso de fortalecimiento monárquico, en la época de las monarquías absolutas, la teoría española del Estado sólo aceptaba la autoridad política como fruto de la soberanía del pueblo y como ejercicio permanente del bien común. De otra forma la monarquía degenera en tiranía contra la que los súbditos están autorizados a defenderse. La literatura del siglo XVII se colmó de libros dedicados a orientar la labor del Príncipe, cuya legitimidad dependía de la observancia de los fines morales de su autoridad, y de ensayos que identificaban la decadencia española con la corrupción de este principio. El coraje del liberalismo español Las dificultades sufridas por la Ilustración en España se compensaron con el ímpetu desplegado en la conquista del régimen constitucional desde el arranque del XIX. La idea de la nación española se templó en la lucha por la soberanía y en su identificación con las libertades del sistema parlamentario. En España tomó nombre el liberalismo moderno y cobró forma la destrucción del mito de una tradición oscurantista. La nación constitucional se afirmó sobre las raíces de una cultura centenaria, defensora de la libertad del individuo y la limitación del poder real, que habrían de integrarse en un nuevo concepto de ciudadanía.