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62 CULTURA SÁBADO, 7 DE DICIEMBRE DE 2013 abc. es cultura ABC La verdad sobre Jacinta la Pelirroja La auténtica historia de la novia americana de Moreno Villa, un amor imposible en la Generación del 27 MANUEL DE LA FUENTE MADRID Florence Lou chheim, Jacinta la Pel irroja Probablemente era uno de esos bellos atardeceres madrileños en la colina de los chopos, cuando los ojos de aquel poeta ya casi cuarentón se clavaron en los de aquella muchacha norteamericana, pelirroja, guapa, distinguida, culta, una delicia de mujer que había venido a España para aprender español. Él se llamaba José Moreno Villa, y era, además de poeta, fantástico dibujante, crítico, historiador del arte y uno de los miembros mayores de la Generación del 27, buen amigo del grupo malagueño de esta ilustre quinta: Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, José María Hinojosa. Aquel atardecer en la Residencia de Estudiantes, rondando finales del año 1926, estaba naciendo una pasión, un amor entre un ya curtido poeta malagueño de treinta y ocho años y una muy sugerente veinteañera de Filadelfia, criada entre las elites neoyorquinas. Aquella mujer se convirtió en Jacinta la Pelirroja, protagonista de un libro tan hermoso como rompedor que Moreno Villa publicó en 1929, cuando la pareja ya se había separado, a pesar de que el amor nunca sucumbió entre ambos. Le puso nombre de flor Escribía sobre este libro Azorín en ABC el 11 de diciembre de 1929: José Moreno Villa, en su poema de poemas Jacinta la Pelirroja nos ofrece una muestra del nuevo arte, esa estética que se afana en quitar sensibilidad a la poesía. José Moreno Villa alquitara y depura la realidad sensible; llega hasta evitar, proscribir, rechazar todo epíteto, todo adjetivo. El imperio seco y escueto del substantivo; la imagen en su última y más refinada esencia Pero ¿quién era Jacinta la Pelirroja? Sus claves las tiene el hispanista Christopher Maurer, que hace unos días dictaba en la Residencia de Estudiantes la conferencia Imágenes de una musa, Jacinta, Moreno Villa, Nueva York Maurer ha ido tirando de los hilos de la memoria de una sobrina de Jacinta y ha ido poniendo puntos sobre las íes de aquella niña bien que encandiló al poeta, una mujer, según Maurer, que era una apasionante coleccionista de arte con una vida muy interesante La familia de Jacinta eran los Louchheim, unos magnates de Filadelfia. El padre era un agente de bolsa rico y su tío el fundador de la cadena televisiva CBS Educada soberbiamente, Jacinta entretenía sus horas coleccio- nando obras de arte, muchas de ellas de artistas españoles como Miró y Juan Gris En febrero de 1927, la pareja se embarcó camino de Nueva York para conocer a los padres de la muchacha y comentarles su intención de contraer matrimonio. Pero no iban a ser felices ni a comer perdices, porque el padre de Jacinta, Walter Louchheim se opuso a la boda tras cerciorarse de las apreturas económicas de Moreno Villa. Padre e hija discutieron, y prácticamente la desheredó Moreno regresó a España y se puso a escribir dos libros, Jacinta la Pelirroja dedicada a su amor y musa, y Pruebas de Nueva York diario del viaje que había realizado a la Gran Manzana. La vida les llevó por caminos diferentes. Jacinta se casaría dos veces, mientras Moreno Villa, ferviente republicano, tenía que vivir las hieles del exilio. Sin embargo, el poeta, como cuenta Maurer, no la iba a olvidar nunca. Él siempre tuvo la sensación de que la iba a recordar para siempre, solía decir que Jacinta era como tener un puño clavado en las costillas Pero ¿qué cautivó de Jacinta la Pelirroja a José Moreno Villa? Explica Christopher Maurer que le fascinaba su fuerte carácter de mujer norteamericana. Una mujer que se entregaba enseguida, pero que igual de deprisa podía olvidarte, con ella se accedía muy rápido a una intimidad sorprendente, pero luego, inesperadamente, podían surgir la frialdad y la ruptura FRANCIS BR UG UIÈRE Ha llegado por fin el momento de saber quién era Jacinta la Pelirroja. Se llamaba realmente Florence Louchheim y había nacido en 1900. Pero ¿cómo Florence se convirtió en Jacinta? El origen de este bautismo no deja de ser curioso. Como se llamaba Florence, Moreno Villa quería llamarla con un nombre de flor y eligió Jacinta en referencia al jacinto, una flor con mucho simbolismo, pues según la mitología griega cada hoja de esta flor expresa la palabra ¡ay! que representa la sangre derramada de un niño del que se enamoró Apolo Florence Louchheim y Moreno Villa volvieron a verse en los cincuenta, pero el viejo amor estaba ya muy lejos. Florence murió en 1967, Moreno Villa en 1955. Pero Jacinta la Pelirroja sigue viva en los versos del poeta. CRÍTICA DE TEATRO El final de una estirpe MONTENEGRO Autor: Valle- Inclán. Versión y dir. E. Caballero. Escenografía: J. L. Raymond. Vestuario: R. G Andújar. Int. R. Barea, R. Matellán, Y. Ulloa, E. Soto, D. Boceta, J. Topera... Teatro Valle- Inclán. Madrid. JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Valle- Inclán es un festín de palabras, un continente, toda una literatura. Sus Comedias bárbaras esmaltadas de referencias simbolistas y antesala de los estruendos alucinados y estratosféricos del esperpento, son una prueba de fuego para directores y actores. Tres horas y media se prolonga la versión certeramente concentrada por Ernesto Caballero en un montaje poderoso, aunque discontinuo, de estructura circular, pues comienza con una escena de Roman- ce de lobos (1908) la última pieza según la cronología de lo narrado, y se reencuentra con ella al final, de forma que Cara de Plata (cuya acción se sitúa al comienzo de la historia aunque se publicó en 1922) y Águila de blasón (1907) serían una suerte de largo flash- back entre el momento en que don Juan Manuel de Montenegro se embarca desafiando la tormenta para despedirse de su esposa agonizante y la conclusión shakesperiana del colosal retablo, con el caballero en febril peregrinar hacia la muerte convertido en un Lear mendicante. Este texto magmático contiene acotaciones descriptivas tan suculentas que Caballero no ha resistido ponerlas a veces en boca de los personajes. El imponente espacio escénico, magníficamente iluminado por Valentín Álvarez, está presidido por un puente de tres ojos, que sirve de lugar de paso, farallón y muro solariego, amén de manifestación simbólica de la opulencia de una estirpe en gatopardesco y violento declinar que se resiste a desaparecer. Valle hace exclamar al respecto a Montenegro: ¡Así se hubiese acabado! Pero es lo peor que degenera La puesta en escena, cuajada de atrac- tivas soluciones, está siempre atenta a las exigencias del texto: su lirismo plástico, la violencia erótica, el gran asunto axial del conflicto entre el Mayorazgo y su rufianesca caterva filial, las broncas pasiones, el gran aliento épico y sobrecogedor, las urgencias del teatro social que Valle plasmó a su manera... Un pero: en algunos momentos, el espacio sonoro queda empastado por la mezcla de música, voces y sonidos. Ramón Barea es Montenegro en una interpretación llena de autoridad, brío dramático y capaz de sobreponerse a un vestuario que, pieza de piel sobre los hombros, pantorrillas al aire y abarcas con espuelas, lo acerca efectivamente a un soberano bárbaro, pero en la línea de Juego de tronos Excelentes la Sabelita piadosa y sensual de Rebeca Matellán, la carnalidad que imprime a su Pichona Ester Bellver, el gallardo y calavera Cara de Plata de David Boceta, Silvia Espigado en su triple cometido de Jeromita, Juana y la viuda; la Rosalva y un montón de pequeños papeles más que encarna Marta Gómez, el tonante abad de Alfonso Torregrosa, y a ratos el Fuso Negro de Edu Soto.