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14 OPINIÓN COSAS MÍAS PUEBLA SÁBADO, 7 DE DICIEMBRE DE 2013 abc. es opinion ABC EDURNE URIARTE EL PANTALÓN NACIONALISTA Nada menos que un tercio de los españoles se ha cansado de alargar el pantalón siempre al mismo niño medida que el niño crece el traje le queda corto y los pantalones hay que alargarlos es la manera en que el nacionalista y padre de la Constitución, Miguel Roca, argumentaba este lunes la necesidad de reforma constitucional en una entrevista en El País. Como nacionalista exquisito que es, intentaba convencernos de que las culpas de la insatisfacción de los suyos están repartidas y obviaba que el niño encaprichado con el traje nuevo es nacionalista, que, más que crecer, lo que hace es engordar de tanto apetito que tiene, y que, como siga comiendo, va a hacer estallar los muros de la casa donde convive con los demás españoles. Y cuando le preguntaban si el presidente de la Generalitat estaba obligado a cumplir la Constitución, eludía responder. Dando por supuesto el derecho al niño glotón a saltarse las normas si no se le da todo lo que pide. También afirmaba Roca algo en lo que coincido plenamente, la inexistencia de diferencias entre Estado federal y Estado autonómico: Es que alguien me tiene que explicar la diferencia entre el Estado federal y el Estado autonómico. Yo no la sé Afirmación relevante en boca de un nacionalista que quiere hacerle un traje a medida a su niño glotón porque muestra lo que tantas veces hemos repetido. Que este niño no quiere comer federalismo porque eso lo come todos los días con otro nombre. O que la reforma constitucional defendida por el PSOE como supuesta solución al problema de convivencia de Cataluña así lo llama Rubalcaba, es uno de los mayores cuentos políticos de los últimos tiempos. Porque está dirigida exclusivamente a los nacionalistas, y, sin embargo, no ofrece interés alguno para tales nacionalistas. Quizá porque está dirigida más bien a los nacionalistas de sus propias filas, a los del PSC, que encuentran en la palabra federalismo una manera, al menos nominal, de diferenciarse de los defensores de la unidad de España y, sobre todo, de la derecha. Pero este empeño en alargar el pantalón a los nacionalistas se encuentra con otro problema al que el PSOE no parece prestar mucha atención. Y es que el resto de niños que conviven con los nacionalistas y que tradicionalmente han sido tan obedientes y conformistas y siempre prestos a satisfacer los caprichos de los glotones, comienzan a irritarse. Y aumentan llamativamente los que también quieren otro traje, pero muy distinto, en forma de un Estado sin autonomías o con menos descentralización que ahora. Nada menos que un 34,3 de españoles apuesta por una de esas dos opciones en el Barómetro del CIS publicado esta semana. Frente a un 21,6 que quiere más autonomía o posibilidad de independencia y un 30,5 satisfecho con el modelo actual. Nada menos que un tercio de los españoles se ha cansado de alargar el pantalón siempre al mismo niño. Lo que da una idea de los efectos políticos que tendría esa reforma constitucional del PSOE que tampoco quieren los nacionalistas. A VIDAS EJEMPLARES LUIS VENTOSO BROTES VERDES El despuntar de la economía visto desde una madrugada psicodélica QUELLA cena, concurrida y de mucha solera, exigía cierta etiqueta. Era obligado acudir de smoking. Pajarita, terno negro, gemelos, zapatos levemente festivos. La velada discurría gratamente. Pero como al día siguiente había que trabajar, me marché a hora cauta, renunciando al placer de departir copeando. A la una menos veinte de la mañana ya enfilaba hacia casa. Era un martes de noviembre. El frío aún no azotaba Madrid, pero ya avisaba. La vivienda estaba cerca. Un cuarto de hora caminando. Al llegar, busqué las llaves frente al portón de casa. No las encontré y reparé en que me las había olvidado antes de salir. Era la una menos diez de la madrugada. Para entrar, tenía que despertarla. Ella se levanta muy temprano. Pero no quedaba otra que arriesgarse a un gruñido por plasta intempestivo. Primero opté por un cauto guasap: Me he olvidado las llaves. ¿Puedes abrirme? Luego envié otros diez guasaps. Silencio. Ya era la una y decidí dar un paso adelante: los timbrazos. Primero fue un pitido leve en el portero automático. Luego otro más incisivo, y otro, y otro... Al quinto empecé a intuir dos cosas: la primera, que si seguía montando bulla, los vecinos me iban a homenajear; la segunda, que ella dormía con unos tapones en los oídos, de esos que anulan todo ruido. A la una y veinte asumí mi derrota. El frío apretaba. La situación era ridícula: aterido y aparcado de pajarita frente al portón. No quedaba más solución que un hotel. Den- A tro de la desgracia, había una ventaja: un hotel funcional a solo 200 metros. Cuando timbré era la una y media. Me abrió un conserje legañoso. Querría una habitación aventuré expectante. Lo siento. Completo zanjó el tío con displicencia, añorando su sueño interrumpido. Caminé medio kilómetro hasta otro hotel cercano, ya de más caché. Atravesé su pulido hall de mármol con la pajarita y el traje brillante. Estamos completos. Pero si baja por la primera a la izquierda, hacia el polígono industrial, verá un hotel grande. Allí, seguro Me interné en el polígono. Vi el hotel grande un búnker tipo Alcatraz, que a esas horas me parecía Xanadú. Estamos completos por un congreso Eras ya las dos de la mañana. Observé las naves y los edificios de oficinas durmientes. Empezaba a sentirme un poco náufrago en la grisura de la madrugada suburbial. Entonces una luz se abrió hueco en mi difusa cabeza post- party. No muy lejos, al lado del periódico, había un hotel enorme. Busqué en San Google, llamé... tenían habitación. A las dos y media, un recepcionista, que para mí era como un cruce entre Teresa de Calcuta y Vicente Ferrer, me tendía la llave de plástico del cuarto. Estaba pelado de pelete, ridículo en mi etiqueta y más bien abochornado, imaginando que el recepcionista interpretaría la extemporánea aparición con imagen festiva como una cana al aire con una gachí. Llegué a la habitación. Las lentillas perecieron en el baño, pues no contaba con el líquido que las preserva. Me introduje en una cama helada, y por un momento sopesé la posibilidad de dormir de smoking. Amaneció. Desde la ventana del hotel veía mi puesto de trabajo. La salida fue rápida, huidiza. La pajarita iba en el bolsillo. Pero el traje, la camisa de fiesta y el careto sin afeitar y soñoliento me delataban como un crápula en retirada. Surqué las calles cabizbajo y miope, medroso de toparme con algún conocido. Llegué a casa. Le pedí las llaves al portero. Le conté la historia que ya le había contado ella. Atisbé en su mirada una pícara complicidad masculina, su indulgencia ante lo que creía una noche de cumbia. Martes. Noviembre. Todos los hoteles llenos. Habían llegado los brotes verdes.