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ABC VIERNES, 29 DE NOVIEMBRE DE 2013 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL BURLADERO CARLOS HERRERA COMITÉ DE ACTIVIDADES ANTICATALANAS Bien harían los sectarios miembros del CAC en observar las emisiones más vitriólicas de los medios oficiales de la Generalitat N O soportan la más mínima crítica. Es consustancial a los nacionalistas que pueblan los patios de vecindad autonómica de España. Enfoques como enfoques la discrepancia, hay un resorte indeterminado que les hace hervir la sangre intolerante con la que riegan los intestinos con los que discurren. La discrepancia con los fines y los métodos del nacionalismo periférico tiene un precio que hay que asumir: ser acusado de propagador de odio, ser centro de dianas violentas de individuos que coquetean excesivamente con viejos pogromos bien conocidos en la Europa reciente. Todo está permitido en la defensa de identidades exclusivas y discriminatorias; nada en la lucha por la denuncia de la sinrazón de los nacionalismos más cerriles. La creación del CAC, el Comité de Actividades Anticatalanas disfrazado de regulador mediático fue en su día motivo de inquietud y sospecha: siendo quienes eran sus promotores, impulsores del periodismo de la Editorial Única, era cuestión de días confirmar sus tendencias manipuladoras y sus enjuagues vergonzosos con el poder. Recientemente han confeccionado una lista de periodistas al objeto de que la Generalitat tuviese base argumental con la que proceder contra grupos editoriales determinados, incluidos aquellos que ni siquiera tienen cobertura en Cataluña. Alegan ser víctimas de comparaciones odiosas e injustas tales como ser equiparados a los nazis alemanes que asolaron Europa. Comparto el desacuerdo: los nacionalistas catalanes no me parecen nazis, de serlo les tendríamos miedo y, lo lamento, lo que producen es una mezcla de ira y bochorno. No obstante creo que ni Hermann ni Gabriel Albiac, por ejemplo, individuos dotados de un fuste intelectual y deductivo muy por encima de sus teóricos oponentes, apenas unos cretinos charlatanes como Joan Tardá o Santiago Espot, han pretendido otra cosa que alertar de procesos históricos que guardan similitudes inquietantes. Ni Hermann ni Gabriel alertan de una futura Cataluña plagada de campos de concentración entre Palamós y Torredembarra en los que gasear a españolistas confesos. Ni los separatistas lo pretenden ni nadie lo consentiría. Alertan, en todo caso, de ambientes coincidentes que, con hipérbole incluida, establecería similitudes entre el caldo de cultivo del nazismo germánico en la segunda mitad de los años treinta y la fractura social que ya se adivina en la Cataluña de hogaño. Posiblemente exagerado, pero no infundado. Baste acercarse al sobrecogedor relato de Sebastián Haffner titulado Historia de un alemán Haffner no era judío, ni comunista, ni gitano, ni siquiera pobre; era un alemán acomodado, ario e incluso patriota que lamentó el progresivo aborregamiento del pueblo al que manipuló Hitler sin remedio. En ese tenebroso y desolador relato queda retratado un pueblo que se traiciona a sí mismo, que renuncia a la crítica permanente, a la vanguardia cultural y que cae en el lacerante pecado de la egolatría nacionalista. Entre una realidad como aquella, que desembocó en la tragedia europea de mediados de siglo, y la realidad catalana de este encantamiento general claro que existen concomitancias (y también clamorosas diferencias) aunque ningún transcurso histórico sea calcado a otro. Señalarlo puede ser objeto de disenso, desacuerdo o desavenencia, incluso de debate acalorado, pero nunca de maniobra manipuladora, coercitiva y acusica. Bien harían los sectarios y pasteleros miembros del CAC en observar detenidamente las emisiones más vitriólicas de los medios oficiales de la Generalitat (TV 3, Catalunya Radio, más lo que le cuelga) y los oficiosos que ha puesto a disposición de la causa el señorito Godó, y lamentar hasta la extenuación el fomento del odio a todo lo foráneo (español, por supuesto) que proclaman en sus programas, incluidas exaltaciones sin disimulo de terroristas camuflados de patriotas. No lo harán, ya lo sé y precisamente por eso hay que denunciarles sin descanso. IGNACIO CAMACHO RELATO DE UN NAÚFRAGO A ZP le beneficia el silencio. Fuera de la política parece mucho más responsable porque no tiene nada que romper P JM NIETO Fe de ratas ROCLAMÓ Rubalcaba que el PSOE volvía y de momento el que ha vuelto es Zapatero. Con un libro bajo el brazo, que es la moda de los exgobernantes, y un montón de explicaciones tan confusas, erráticas o insatisfactorias como las que ofrecía cuando era presidente. A este hombre le beneficia el silencio al otorgarle una pátina de discreción que puede confundirse con sensatez. Fuera de la política parece mucho más responsable porque no tiene a mano nada que romper. Siempre fue mucho mejor cuando resultaba inocuo. Dos años después de su salida del poder, sin embargo, continúa dando la impresión de no haber entendido nada. Todavía presenta como un dilema lo que era su única opción. Su relato sobre la epifanía de los mercados en aquel mayo dramático de 2010 revela la pavorosa certidumbre de que estábamos gobernados por un hombre que no sabía lo que hacía. O peor aún, que ignoraba lo que estaba pasando. Aquella triple intervención de Obama, Merkel y el primer ministro chino pareció revelarle de repente quiénes eran los que pagaban su democracia bonita, la caprichosa siembra de regalías, cheques y subvenciones con la que poco antes había blasonado de disponer de una salida socialdemócrata a la crisis; esa crisis que se empeñó en negar hasta cavar en ella su tumba política. Él mismo confiesa que desoyó a Strauss- Kahn cuando le sugería pedir ayuda financiera al FMI; tal vez creía que el dinero era un maná que proveían los ricos del planeta para que él se lo repartiese a los pobres. Los famosos mercados eran el icono del mal, el lado oscuro del sistema que él estaba llamado a iluminar con su sonrisa magnética. Aquella mañana de primavera, despertado de golpe a telefonazos de su sueño de Peter Pan, tuvo sin embargo un indiscutible ataque de responsabilidad que al menos le redime un poco de su intrépido adanismo. Es creencia generalizada en la izquierda española que la caída del zapaterismo se debió a la brusca reconversión al reformismo forzoso; todavía el propio PSOE sigue pensando que la solución consiste en volver a los tiempos del derroche proteccionista. Los dos últimos años de mandato fueron, sin embargo, los únicos en que ZP hizo, aun a medias, parte de lo que correspondía. Lo que lo trituró fue el contraste entre una etapa y otra, el descubrimiento tardío de que no podía levitar inmune sobre las aguas de la recesión ignorando la fuerza del oleaje. Pereció ahogado en la realidad, naufragada la fantasía a la que ahora pretenden retornar unos sucesores empeñados en desaprender la experiencia del fracaso. Cuando él lo trata de explicar, empero, enreda el cuento al insistir en su ensoñada visión de idealismo torpedeado. Por eso está mejor callado, silencioso y ausente como en el verso de Neruda. Su gran papel es el de expresidente porque no le deja al alcance nada salvo la memoria, que ya es inofensiva en lo que hacer destrozo.