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ABC SÁBADO, 2 DE NOVIEMBRE DE 2013 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA GILIWEEN De estas creencias caricaturizadas por el mamarrachismo yanqui la gente ha dejado de tener noticia hace ya bastante tiempo S I quedase en el mundo un sociólogo con sentido teológico y sentido del humor (pero ya sabemos que estamos pidiendo peras al olmo) podría escribir un ensayo en el que estudiara las últimas invasiones del mamarrachismo yanqui como sucedáneos paródicos u oligofrénicos de la escatología cristiana: así, por ejemplo, la pululación de superhéroes que salvan in extremis a la Humanidad de las asechanzas de archivillanos protervos suplantaría la creencia en la segunda venida en gloria y majestad de Cristo y consiguiente derrota del Anticristo; las visiones seudoapocalípticas de catástrofes y hecatombes nucleares donde sólo se salvan unos pocos elegidos suplantaría la creencia en el Juicio Final; las plagas de zombis serían algo así como una versión chusca y sombría de la creencia en la resurrección de la carne y conversión de nuestro cuerpo mortal en cuerpo glorioso; y la fiesta de Giliween vendría a llenar el hueco dejado por la creencia en la comunión de los santos. De todas estas creencias caricaturizadas por el mamarrachismo yanqui la gente ha dejado de tener noticia hace ya bastante tiempo; y no me refiero tan sólo a los paganos, a los que se les antojarán marcianadas, sino también a los propios cristianos, a los que nadie se las enseña. Cuando se dejaron de explicar los paisajes de la vida futura se pensó que de este modo se evitaría que los fieles se entrega- sen a fantasías extravagantes; y lo que en realidad ocurrió fue que los fieles se hicieron paganos y se entregaron a fantasías infinitamente más extravagantes. Y es natural que así ocurriese, porque en el ser humano hay una esperanza escatológica irrefrenable; y cuando esa esperanza no encuentra una levadura sana que la alimente acaba buscando los más pintorescos fermentos morbosos que exciten su imaginación. A la gente le quitaron los apoyos en los que se sostenía su creencia en la vida de ultratumba; e, inevitablemente, esa falta de apoyos acabó degenerando en ilusión supersticiosa a la que el mamarrachismo yanqui enseguida vino a alimentar con su alfalfa idiotizante. Hay quienes ven en el Giliween una fiesta con tintes satánicos, porque en sus mascaradas aparecen representados demonios y gente endemoniada. Pero lo cierto es que en nuestra tradición siempre hubo celebraciones jocosas donde indefectiblemente aparece el demonio (y donde, indefectiblemente, resulta zaherido) desde las danzas de la muerte medievales a las fiestas de zangarrones de mi tierra. Pero aquellas mojigangas y carnavaladas fueron concebidas por gente que le había perdido el miedo al demonio, gente con sentido teológico y sentido del humor que sabía que el demonio es una figura pomposa y megalómana que se toma a sí mismo demasiado en serio; y que, por ello mismo, el mejor modo de combatirlo consiste en tomárselo a broma. En el Giliween el proceso es exactamente el contrario: la gente primero pierde (o le hacen perder) el sentido teológico, olvidándose de celebrar su comunión con los muertos que disfrutan de la contemplación beatífica y con los que se purifican para disfrutarla; y, a continuación, pierde el sentido del humor y se toma al demonio demasiado en serio, imaginando a sus muertos como zascandiles endemoniados, en trasiego constante entre el más acá y el más allá. Delirio que no se le habría ocurrido al demonio ni aun en sus arrebatos más pomposos y megalómanos; y que sólo es concebible entre gentes gilis que, lejos de haberle perdido el miedo al demonio, le tienen demasiado, tanto como para creerlo todopoderoso. Y que disimulan ese miedo infinito al modo histérico, memo y hortera que les enseña el mamarrachismo yanqui. IGNACIO CAMACHO OLAKEASE Espiar lo que decimos es un inmenso esfuerzo melancólico. Asomarse a la banalidad del Ola wapa ke ase, toi yegando SMERÁOS, compatriotas. Si las orejas de Obama, que no son pequeñas, andan a la escucha de nuestros teléfonos deberíamos cuidar un poco la expresión oral, más que nada por decoro de la célebre marca España. Ya se han sonrojado bastante los inspectores de la OCDE con las pruebas escritas de los informes PISA para que ahora trascienda al otro lado del Atlántico la pedestre rutina conversacional de los biznietos de Castelar, el descorazonador lenguaje de arrieros en que ha devenido la dialéctica orteguiana. Lo alarmante del espionaje masivo no es que escudriñen la intimidad de nuestras charlas sino que los espías lleguen a constatar que en 60 millones de llamadas no encuentran nada de interés ni a título de cotilleo. La degradación de la estirpe de Cervantes retratada en la multitudinaria banalidad del olakease. Explican los técnicos que en el rastreo telefónico se utiliza un sofisticado programa selectivo que discrimina entre la maraña aleatoria de llamadas una gavilla de palabras clave. Si eso es así los funcionarios encargados de desbrozar ese tráfico oral de Celtiberia inspiran más lástima que cólera; se habrán encontrado con una apoteosis de vulgaridad, un paroxismo de chabacanería envuelto en muletillas entrecortadas, un piélago de murmullos suspensivos, cascadas de juramentos triviales, más tacos que verbos y más interjecciones que sintagmas. Ése es el castellano real del siglo XXI, la jerga de la postLogse, el lenguaje alicorto de los realities televisivos, la halitosis verbal de un idioma envilecido por la desidia y la ignorancia de sus hablantes. Si las élites culturales y políticas descoyuntan por sistema la sintaxis da miedo pensar en la coherencia del fraseo de esos sesenta millones de diálogos pinchados por la inteligencia yanqui. Más que inteligencia es intuición lo que habrán necesitado los traductores para descifrar el caos anodino, hueco y desarticulado del galimatías expresivo que es el español contemporáneo. Y si lo han entendido es aún peor porque habrán comprobado la desoladora insustancialidad que late en la cháchara nacional por debajo del descuido formal y del desorden lingüístico. Está sociológica y científicamente demostrado que la inmensa mayoría de las conversaciones cotidianas son intrascendentes, mera quincalla conversacional la función fática, la llamaban los estructuralistas incrementada por la universalización de los portátiles y retorcida en la brutal economía de los mensajes. Hablar por hablar. Ola wapa kease, toi aki, toi yegando. Espiar lo que decimos es tener ganas de un inmenso esfuerzo melancólico, por más que se lo encarguen a las máquinas. La ley española dispone que un magistrado del Supremo supervise las intervenciones telefónicas del servicio secreto. Si van a seguir siendo masivas al menos habría que adscribir también al CNI un académico de la Lengua. E JM NIETO Fe de ratas