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12 OPINIÓN VIDAS EJEMPLARES PUEBLA SÁBADO, 2 DE NOVIEMBRE DE 2013 abc. es opinion ABC LUIS VENTOSO EL SÍNDROME PUNSET Lleva 17 años viviendo de Televisión Española, pero se pone de perfil UIÉN no conoce a Eduardo Punset? El afable divulgador del pelo leonino campa por la televisión pública desde hace 17 temporadas. Es una celebridad bien valorada por los españoles. Hasta nos vende yogures y pan de molde. Muchísima gente adora a Punset, nacido en 1936 en Barcelona. Les conforta su tono sosegado, profesoral, y la pasión con que aborda los temas científicos más abstrusos, intentando aportar luz, más luz que exclamó Goethe en la agonía. Redes, su programa, supone un oasis de reflexión en medio de un carajal de concursos, marujeo cañero y cañí y discusiones políticas de faca en mano. Con la frialdad de los datos, no parece que Punset le salga muy rentable a su cadena. Su cuota de pantalla está en el 1,3 la mitad de la media de La 2. Pero Punset prestigia. Cierto que también tiene detractores. Los más zafios hablan de muermazo y ven Redes como el mejor pasaje a los pagos de Morfeo. Los más sutiles señalan que el formato es cansino, que hay más paja que grano y que roza los peores tics de la autoayuda fútil. Pero convengamos que a un canal público le sienta bien alguien como Eduard. El público tiende a contemplar a Punset como un gran científico. Newton, Einstein, Perelman, Higgs, Lovelock, Hawking... y Punset. En realidad Eduard estudió Derecho en la Complutense y luego apuró un máster de económicas en Londres. A lo que se ha dedicado el grueso de su vida adulta es a la política, exactamente desde 1977 hasta 1994: diputado autonómico y nacional, consejero de la Generalitat, ministro, y desde 1987 a 1994, eurodiputado en la cámara- spa bruselense. Siglas hubo varias: UCD, independiente por CiU, retorno con Suárez al CDS y luego un efímero y fallido partido propio, Foro. Tras fracasar en su último intento para reenganchar en Bruselas, en 1996 creó Redes. Ahí sigue. Más de 600 programas, siempre con audiencias pírricas, producidos por el Grupo Punset, su propia compañía. Además, Redes podría lograr el hito de ser el primer programa hereditario de la historia, pues Eduard ya ha subido a bordo a su hija Elsa. Todo está bien. Punset nos presta un servicio (su programa, para muchos magnífico) y los españoles se lo pagamos con nuestros impuestos a través de TVE. Pero, oh fatalidad, resulta que el lío catalán obliga a retratarse. El divulgador, que vive desde hace 17 años de España y su televisión, ¿está a favor o en contra de la independencia? Un diario separatista, Ara, se lo ha preguntado a bocajarro: ¿Votaría sí o no? El divulgador se escaquea. Farfulla que preguntar al pueblo siempre es bueno, pero que es muy pronto para saber qué votaría él. Es decir: Punset, al que todos los españoles pagan y admiran, el tipo en quien confían tanto que hasta le compran sus yogures, es incapaz de decir algo tan sencillo como que no quiere que Cataluña se independice. ¿Por qué? O porque en realidad desea la independencia y no se atreve a decirlo para no dañar su negocio; o porque no la quiere, pero se cuida de no molestar al atosigante nacionalismo catalán. El síndrome Punset atenaza a muchos empresarios catalanes. Me lucro gracias a España. Pero yo no me pringo por ella, no vaya a ser... Decepcionante. Porque el afecto es un camino de ida y vuelta. ¿Q LLUVIA ÁCIDA DAVID GISTAU EN OCASIONES VEO ESPÍAS La capacidad de Centella de existir en términos anteriores a la caída del Muro me recuerda el argumento de Goodbye, Lenin E S una sensación fea, la de haber nacido demasiado tarde para vivir en una época idealizada. Umbral siempre hablaba de la nostalgia de lo no vivido para definir esa frustración que a veces es de índole literaria y que en su paroxismo desemboca en la locura del Quijote: un falso Amadís en un tiempo sanchopancesco, avillanado, que veía en la nobleza andante una patología. Sin llegar al extremo de la enajenación, este cronista a veces lamenta que le hayan escamoteado el París de la generación perdida, o los años sesenta de Norman Mailer. Entiendo que, llegada la vejez, lo que se termina añorando es a uno mismo cuando estaba pletórico y ni siquiera lo sabía. Como comprendo esa melancolía, no voy a hacer mofa de José Luis Centella. Ni aunque diga que se siente muy espiado por los servicios secretos norteamericanos por el solo hecho de ser comunista, como en la Guerra Fría, antes de que Fukuyama decretara un final de la historia revocado en Manhattan por Bin Laden. Si la envergadura de un hombre coincide con la de sus enemigos, comprendo que Centella fantasee con la imagen de una fotografía suya prendida con una chincheta en un corcho de Langley. Comprendo que le duela haberse perdido las milicias del Frente Popular, o los veraneos subvencionados por Ceaucescu, o la clan- destinidad conectada con Moscú durante el franquismo, o una romántica captación por la KGB que haría de su vida un trance mucho más emocionante que la de un simple parlamentario español aferrado a los residuos de un totalitarismo barrido por el siglo XX. Lo que hace Centella es compensar su anacronismo ideológico con una fabulación. Nada menos que una furgoneta de la NSA aparcada discretamente delante de su casa. Es verdad que, al imaginar, no hay más límites que los que nos imponemos. La capacidad de Centella de existir en términos anteriores a la caída del Muro de Berlín me recuerda el argumento de Goodbye, Lenin Una ferviente militante comunista de la Alemania del Este sufre un accidente y entra en coma. Mientras duerme, ocurre el colapso soviético, los berlineses se suben al Muro con picos en la mano y Alemania es reunificada. De pronto, en el barrio destellan los neones de la Coca- Cola y los vendedores de antenas parabólicas se forran gracias al Mundial 90. Las estatuas de Lenin son derribadas. El checkpoint Charlie se convierte en una atracción para los turistas. Cuando la mujer despierta, el médico advierte de que una emoción fuerte puede matarla. Entonces, su hijo le fabrica una gigantesca ficción para que crea que sigue viviendo al otro lado del telón de acero. Centella trata de eludir la emoción fuerte de todas las extinciones a las que aún rinde servicio. No se ha enterado ni de que en los corchos de Langley todas las chinchetas son para la Yihad, de que el 11- S determinó una bipolaridad diferente por la que un diputado por Sevilla de IU difícilmente figurará en los naipes del Wanted A lo mejor en casa le ponen informativos en los que aún salen Ronald Reagan, a lo mejor acaba de enterarse de la puesta en órbita de Yuri Gagarin, a lo mejor guarda en el armario un traje ignífugo por si entramos en Def Con Dos. Si se lo cruzan por la calle, y ven que lleva barba postiza y mira hacia atrás por si alguien lo sigue, no lo saquen del coma. Fínjanse espías de la CIA y pregúntenle dónde están los microfilms, que al hombre le hará ilusión y le parecerá menos tediosa la rutina del escaño, menos acuciante la nostalgia de lo no vivido.