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14 OPINIÓN LLUVIA ÁCIDA PUEBLA VIERNES, 1 DE NOVIEMBRE DE 2013 abc. es opinion ABC DAVID GISTAU LA APARICIÓN Ardo en deseos de saber qué forma elegirá Chávez para su próxima comunicación con Maduro L A apoteosis, o elevación de un humano al rango de los dioses, es una herencia grecorromana que en nuestra cultura aún perdura en la canonización y en el Balón de Oro. La política es más terrenal. Sería extraño, en una democracia europea del siglo XXI, que un candidato a primer ministro tratara de hacerse avalar por un parentesco con lo sobrenatural, como hizo Augusto cuando anunció a Roma que un cometa que surcó el cielo en plenos juegos funerarios era el Divino César dándole su aprobación. Ante cualquier auditorio español, Rajoy provocaría una gran incomodidad si dijera en campaña que él tiene que salir elegido presidente porque Churchill se le apareció en una tostada o en el vaho del cristal del cuarto de baño, después de la ducha. Por eso me pareció extraño que los ciudadanos españoles no gritaran despavoridos después de enterarse, por Boadella, de que tenemos un ministro del Interior convencido de que el muro de Berlín lo tiró la virgen de Fátima. Como una intervención de Atenea en auxilio de los aqueos. En Iberoamérica, aunque no en Cuba, donde hay socialistas en serio, aún conserva vigencia una concepción redentora de la política que acude a la superstición para fabricarse coartadas y legitimaciones. Versiones desprovistas de imaginación del cometa de Augusto. Incluso en una sociedad tan sofisticada intelectualmente como la argentina, Cristina Fernández jugó un poco a eso, después de enviudar y de consagrarse como Pantoja peronista. Una vez, reunió a todo el justicialismo en un salón de Olivos para anunciar quién sería su vicepresidente con un suspense como de entrega de los Óscar. Ganó Boudou. Mientras la presidenta hablaba, una corriente de aire abrió a su espalda una puerta que daba al jardín, y ella dijo: ÉL acaba de entrar, está entre nosotros, lo noto Y la gente aplaudió en lugar de llamar a un médico. Con todo, el que más recurre a las credenciales expedidas por el Más Allá es Nicolás Maduro. A quien primero Chávez se le apareció como pajarito, metamorfosis que probablemente fuera un guiño a su incansable actividad en Twitter, siempre entre puntos de exclamación. Ahora, no en una tostada, pero sí en las obras del metro de Caracas se ha conformado un rostro de Chávez que recuerda al que hay de Belmonte en una baldosa de la Plaza Nueva de Sevilla. Maduro, que en un test de Rorschach sólo vería a Chávez, lleva un tiempo tratando de fabricar con su mentor un culto que se deposite sobre la osamenta espiritual arrebatada al catolicismo. Ayer, al presentar pruebas de la aparición, dijo a los asistentes al acto que Chávez está dentro de cada uno de ellos. O sea, que la muerte del comandante, aun faltándole la lanzada de un centurión, fue en realidad un tránsito apoteósico hacia la eucaristía bolivariana. Ardo en deseos de saber qué forma elegirá Chávez para su próxima comunicación con Maduro. MONTECASSINO HERMANN LOS SONÁMBULOS Perder la batalla de la política nos lleva como sonámbulos a conspirar en favor de una tragedia evitable, que para nosotros hoy es el Estado fallido SÍ se titula, The Sleepwalkers, el que puede considerarse el mayor acontecimiento editorial relacionado con la gran efemérides que se acerca con el verano de 2014. Conmemoraremos los cien años de las fechas que supusieron una profunda quiebra en la historia y la civilización humana. El centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial se abre el 28 de junio con el día de San Vito, cuando se cumple el siglo desde que un joven nacionalista serbio asesinaba en Sarajevo, al heredero del trono imperial y real de Austria- Hungría, archiduque Francisco Ferdinando. Después llegará el centenario del ultimátum a Serbia el 23 de julio, del llamamiento a filas en los diversos países implicados y el comienzo de la guerra el día 1 de agosto. Cuatro años y 17 millones de muertos después, el mundo en nada se parecía a aquél que había comenzado esta guerra como si fuera una más. En el transcurso de aquella, la primera y larguísima carnicería moderna, desapareció la civilización del orden y la jerarquía tradicional. Y surgió otro, el mundo de las masas en rebelión, de las tiranías totales, de las ideologías redentoras y del crimen absoluto. Cuando callaron las armas en noviembre de 1918, estaban ya sembradas en las tierras batidas por la artillería y anegadas en sangre, todas las condiciones para el más brutal y asesino de los siglos de la historia de la humanidad, el XX. El libro de Christopher Clark es, todos coinci- A den, una gran obra. Al nivel del clásico de John Keegan, los propios escritos de Churchill sobre la Gran Guerra o La Historia de la Primera Guerra Mundial de David Stevenson y otros. Pero si es líder en ventas en todo el espacio cultural alemán en Europa es por una originalidad a añadir a su calidad innegable. Y es que Los sonámbulos es el primer libro dentro de la inmensa bibliografía anglosajona sobre aquella contienda, que no atribuye a las potencias centrales toda la culpa de la guerra. Clark hace una muy impresionante descripción de la evolución política y geoestratégica europea desde la unificación alemana 1871. Salta con virtuosismo desde la microhistoria de acontecimientos diplomáticos, políticos y militares a la macrohistoria de los corrimientos de poder y descompensaciones de intereses. Y teje Clark una realidad, en la que todos los actores, con mayor o menor buena fe y acierto, pasiones más bajas u objetivos más excelsos, entran en una especie de terrible rondo histórico en el que nada está o estuvo predeterminado, pero en el que una fatalidad terrible e implacable va ajustando todas las piezas en la posición terroríficamente adecuada. Para encajar en una situación que al final hace lógico, sin haber sido nunca inevitable, el dramático resultado habido, la guerra, la carnicería, la inmensa tragedia humana y el naufragio cultural. La fatal concatenación de contingencias en aquel inmenso pantano de fatalidad acumulado en años previos a los disparos de un insignificante nacionalista serbio. Que rompe diques y arrasa en cuatro interminables años de infinita crueldad con una generación entera de jóvenes de los países contendientes. Y deja todo el continente anegado para que durante el siglo casi entero no se pudiera salir del lodazal de odio, fanatismo e ideologías criminales. Nadie lo esperaba, nadie lo podía esperar. Lean nuestros políticos Los sonámbulos. Léanlo los que juegan con fuego y agitan las peores pasiones y los instintos más bajos, los que hacen arriesgados cálculos para arañar algo más de poder, los insensatos y delincuentes que reactivan ideologías fracasadas y criminales. Y los indolentes, ciegos y sordos. Perder la batalla de la política, igual que el hundimiento económico, nos lleva como sonámbulos a conspirar en favor de una tragedia evitable, que para nosotros hoy es el Estado fallido.