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ABC LUNES, 28 DE OCTUBRE DE 2013 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL CONTRAPUNTO ISABEL SAN SEBASTIÁN EL PADRE DE IRENE Millares de ciudadanos salieron ayer para pedir al Gobierno que no traicione a los muertos ni a los vivos, que no claudique I RENE Fernández era una picoleta joven y guapa. Una de los tantos, tantísimos agentes de la Guardia Civil asesinados cobardemente por ETA. Llevaba muy poco tiempo en el benemérito Cuerpo cuando una bomba truncó su vida y la de su compañero, José Ángel de Jesús, en Sallent de Gállego. El padre de Irene no la olvidó. Ni tampoco a José Ángel. Revestido de dignidad y hombría de bien, abrazado a un cartel que mostraba las fotografías de esos dos héroes de la democracia portando el uniforme por el que les robaron la vida, acudía a cada manifestación de víctimas del terrorismo y se colocaba en un lugar discreto. No buscaba protagonismo. Nunca le vi gritar ni mucho menos insultar o desear mal a nadie. De cuando en cuando enjugaba discretamente las lágrimas que le rodaban por las mejillas, hundidas de tanto sufrir, y aferraba su particular bandera con más fuerza, como si con ese gesto inconsciente le expresara a Irene todo el amor y todo el orgullo de padre que los asesinos etarras no pudieron quitarle jamás. El padre de Irene falleció hace unos meses, sin hallar un minuto de paz desde que la serpiente enroscada al hacha le amputara el corazón de golpe. Ayer, en la madrileña plaza de Colón, su puesto estaba ocupado por Pepe, el padre de José Ángel, tan noble, tan bueno (en el sentido machadiano de la palabra) y tan azotado por la barbarie etarra como el hombre que ahora se funde en un abrazo eterno con su valiente hija picoleta Los padres de Irene y José Ángel son los padres, madres, hijos, esposos, hermanos, amigos, compañeros de cualquier víctima del terrorismo. No piden venganza ni han tenido jamás la tentación de tomársela por su mano. Exigen justicia y confiaron en un Estado de Derecho que se la niega al permitir infamias como que un asesinato a sangre fría se salde con menos de un año de cárcel. No cuestionan la democracia de la que tantos se llenan la boca sin haber arriesgado jamás un pelo por defenderla. Pagaron por ella el más alto precio que pueda pagar un ser humano: la vida de aquellos a quienes amaban más que a sí mismos. No reniegan de la Ley. Sólo esperan que las leyes que han acatado siempre se encarguen de resarcir a las víctimas inocentes y castigar a los criminales que no conocen la piedad ni tampoco el arrepentimiento. No están politizados ni mucho menos se dejan instrumentalizar políticamente. Demandan al poder político, sea cual sea su color, que cumpla lo prometido y diga la verdad; que no negocie en la sombra con una banda terrorista ni cambie paz por dignidad; su dignidad, la memoria de sus hijos y la justicia a la que son acreedores. Millares de ciudadanos salieron ayer a la calle en Madrid para arropar a los padres de Irene y José Ángel. Para decirles que no están solos ni lo estarán mientras quede un ápice de decencia en esta España que ETA ha tratado de quebrar durante décadas y que ahora pretende poner de rodillas como requisito para perdonarnos la vida. Para pedir al Gobierno que no traicione a los muertos ni a los vivos, que no claudique. Si Mariano Rajoy y sus pretorianos han entendido el mensaje de esas gentes, que constituyen en su mayoría la base social del Partido Popular, enmendarán los errores cometidos y regresarán a la senda de la firmeza incondicional frente al terrorismo. Si, por el contrario, caen en la tentación de culpar al mensajero e infravalorar la magnitud del enfado que se palpa en su electorado ante ignominias como la liberación de Bolinaga o la aplicación instantánea de la sentencia del Tribunal de Estrasburgo sobre la doctrina Parot, sin intentar siquiera ganar tiempo mediante alguna táctica de resistencia, que se preparen para una sorpresa en las urnas. IGNACIO CAMACHO LA OREJA GLOBAL Bush y Obama espiaban a sus aliados porque podían hacerlo. Porque la privacidad ya no existe en el paradigma tecnológico I se puede hacer, se hará. Más pronto o más tarde. Si algo nos han enseñado internet y la sociedad de la comunicación es que todo lo que resulta tecnológicamente posible acaba sucediendo. Por eso es tan difícil luchar contra la piratería o el espionaje digital; no hay leyes ni barreras que logren prever ni abarcar la infinitud de opciones técnicas de saltárselas. Lo acaba de comprobar Angela Merkel, cuyo teléfono encriptado mediante un carísimo programa de última generación ha sido pinchado sin mayor dificultad por el sistema de escuchas estadounidense. Si la han grabado en conversaciones estratégicas o charlando con su marido es algo que la canciller acaso no sepa nunca; lo que sí sabe ahora, en la improbable hipótesis de que lo ignorase, es que la privacidad completa ya no existe. Por tanto, la primera explicación de por qué Bush y Obama espiaban a sus aliados es pragmática: porque podían hacerlo. En política la diferencia entre amigos y enemigos es una simple cuestión de circunstancias o de rango diplomático; mañana tu cofrade puede convertirse en adversario, incluso serlo mientras crees que está de tu parte. Nadie se fía de nadie y acumular información es parte del ejercicio del poder; se espía por competitividad, por precaución, hasta por inercia. Por supuesto que se trata de una traición, pero no menor que la de espiar a los conciudadanos de forma indiscriminada y con la colaboración subcontratista de empresas de telefonía que han violado la elemental confidencialidad de sus clientes. El verdadero cabreo de Merkel, y de sus colegas fisgados entre los que tal vez se encuentren Zapatero y Rajoy, debería dirigirse contra sus propios servicios de inteligencia por incapaces de blindar sus comunicaciones. Porque parece obvio que si los han escuchado los socios también lo habrá hecho gente de menos confianza. Todo depende de que hayan podido disponer de los medios necesarios. El primer caso es embarazoso, incómodo, quizá humillante; el segundo resulta directamente peligroso. En esta ocasión al menos se ha podido conocer y la Casa Blanca está en la fatigosa tesitura de dar explicaciones del escándalo dentro y fuera de su país, pero ignoramos hasta dónde llega el oído de otras potencias más opacas; no parece casual que Rusia esté dando asilo al filtrador del abuso estadounidense. La realidad, sabida o intuida, es que todo el mundo espía al que tiene a su alcance y que unas veces se sabe y otras no. Las reglas éticas han quedado sólo para quienes quieran cumplirlas y en cuestiones de Estado los últimos caballeros fueron los de la Tabla Redonda. Tanto en el ámbito público como en el privado conviene pues adaptar la conducta al nuevo paradigma, a la antiutopía del Gran Hermano que determina la desaparición de la intimidad o su limitación a una estadística aleatoria. Lo que no quieras que se acabe sabiendo, ni lo pienses siquiera. S JM NIETO Fe de ratas