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12 OPINIÓN LA FONTANA DE ORO PUEBLA LUNES, 28 DE OCTUBRE DE 2013 abc. es opinion ABC FÉLIX MADERO EN LA CALLE, OTRA VEZ Pons, Arenas y Floriano no merecen el oprobio de las víctimas. Sucede que ellos, los de entonces, ya no son los de ahora ASI todos los males que empequeñecen a España tienen su origen en el desencuentro que con animosa devoción practican PP y PSOE. No hay mayor irresponsabilidad que ignorar la capacidad para hacer determinadas cosas y no hacerlas. Aunque, bien mirado, puede que haya una superior, saber que se puede cambiar la realidad y ponerse de perfil. Pasar, no hacer nada. Este país no sabe y, probablemente no sabrá qué sería del desafío catalán si hubiera firmada una declaración entre populares y socialistas diciendo basta, hasta aquí hemos llegado; no sabrá cómo sería si en sus parlamentos no hubiera sitio para aquellos calificados por la Justicia de imputados; este país no conocerá ya los efectos de una reforma laboral pactada, o una ley de educación acordada y duradera que haga ciudadanos a las personas. Este país tiende a repetir sus errores y frustraciones y, como ocurrió ayer en Madrid, sus manifestaciones. ETA ya no mata con pistolas, pero arruina la vida de los vivos y la memoria de los muertos sin apretar el gatillo. Sigue siendo un insulto confirmar que los malos ganan, con munición y sin ella. Y como siempre, la falta de claridad no es otra cosa que la ausencia de valentía y rigor. El Gobierno no estuvo, pero envió a principales del PP, a los que llamaron traidores y vendidos. Palabras mayores. El PSOE no mandó a nadie, quizá porque ahí no haya nadie con ganas de ser mandado a un sitio en el que les iban a recordar el infame trabajo de Zapatero en el llamado proceso de paz. Resulta inquietante imaginar esta mañana al expresidente leyendo la prensa y viendo las fotos de la manifestación desde su sillón en el Consejo de Estado. En realidad, creo que sólo la desmemoria, la distancia y el agotamiento de los ciudadanos hacen que alguien que menospreció tanto al Estado esté sentado en su Consejo. Tontos y paniaguados hubo desde los Reyes Católicos que gobernaron esta nación en contra de los intereses del pueblo. Gentecilla, poca cosa, incapaz de distinguir que el debate no se establece entre derrota y victoria, por mucho que algunas víctimas así lo proclamen. Se trata de tener la razón o carecer de ella, y en este caso el que sufre, el que pierde la vida, el asesinado, el torturado, el chantajeado y humillado es el único que puede y debe pedir justicia y respeto. Y no ser ignorado. Pons, Arenas y Floriano no merecen el oprobio de ayer, pero sabrán entenderlo porque ellos, los de entonces ya no son los de ahora. Las víctimas ocuparon ayer el centro de Madrid sin que del Congreso haya salido un papel, una declaración, algo, que les diga que no están solas; que hemos de cumplir con la ley porque es la Constitución la que nos obliga a respetar los tratados internacionales. Siempre me resultó repugnante esa invocación que empieza con un nosotros lo demócratas derrotaremos a ETA Ya estamos viendo quiénes ríen, quiénes lloran. Qué fáciles son las palabras cuando el dolor es ajeno y camina sólo por la calles de Madrid. C EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA INJUSTICIA Y TERRORISMO Si es punible infligirle un daño al prójimo, ¿cómo no ha de serlo infligírselo a la comunidad? SCRIBÍA Castellani: Los que tienen deber de luchar por la justicia son los jueces y los gobernantes. Desgraciadamente, la época moderna ha transformado a los jueces en máquinas y a los gobernantes en economistas Reclaman las víctimas del terrorismo justicia; pero, ¿quién podrá dársela? Sospecho que nadie; y esa injusticia no reparada no hará sino abundar la iniquidad, lo que a la larga terminará destruyendo nuestra convivencia. Una injusticia no reparada es un veneno inyectado en la sangre del cuerpo social que acaba llegando a su corazón, gangrenándolo o endureciéndolo sin remedio. La cruda realidad es que la injusticia infligida a las víctimas no puede ser reparada, por la sencilla razón de que nuestro orden político y jurídico no la reconoce en su naturaleza más profunda; la doctrina Parot, en el fondo, no fue sino el aspaviento vergonzante con el que se trató de maquillar esa cruda realidad (e inevitablemente fue un dislate jurídico, pues una injusticia no reparada sólo se puede tapar con otra injusticia) Pero no quiero hablar aquí de la doctrina Parot, sino de la razón por la que la injusticia infligida a las víctimas no puede ser reparada en las presentes circunstancias. En la antigua Roma existía un crimen contra la patria, llamado perduellio, que era el más grave de todos, después del sacrilegio; bajo tal crimen, que hoy denominaríamos alta traición se compren- E dían todas las maquinaciones y deslealtades contra la patria, todo intento de dañar o destruir la comunidad política. Y los romanos tenían razón en considerar este delito el más grave de todos, pues si es punible infligirle un daño al prójimo, ¿cómo no ha de serlo infligírselo a la comunidad? Este crimen gravísimo del perduellio fue retirado de los códigos y aun de la conciencia colectiva en la fase democrática de la historia, que no sólo dejó de considerarlo punible, sino que lo reputó plenamente legítimo, siempre que no se acompañase de métodos violentos. Esta perversión filosófica y moral, según la cual todas las ideas pueden ser defendidas incluso las que atentan contra la supervivencia de la comunidad política siempre que se defiendan por vías democráticas hace inviable cualquier convivencia; y es una aberración jurídica que imposibilita la reparación de la injusticia. Mientras la idea que impulsa al terrorismo etarra no sea considerada en sí misma criminal y criminal en grado máximo, como hacían los romanos el castigo que reciban los asesinatos y violencias terroristas será siempre insuficiente e injusto, porque será siempre un castigo atenuado por la creencia de que la idea que motivó ese crimen es legítima. La cruda realidad es que el terrorista, a los ojos del orden inicuo que no castiga el perduellio, es como el señor que, por proteger a una mujer que está siendo violada, mata a su violador: lo que mueve a ambos al homicidio es un impulso que la ley protege; y por lo tanto tal homicidio ha de ser castigado necesariamente de manera benévola. La injusticia infligida a las víctimas del terrorismo no podrá ser reparada mientras no se reconozca que toda idea que trata de disolver la comunidad política debe ser considerada gravemente criminal y castigada con las penas más severas. Pero mientras tales ideas sean asimiladas por el consenso democrático y quienes las profesan acogidos en las instituciones y sufragados por el erario público no habrá posibilidad alguna de justicia; y, entretanto, se avanzará en el proceso de disolución de la comunidad política, que tal vez sea el propósito secreto que hermana a asimilados y asimiladores. Pero, ¿qué puede esperarse de una época que ha transformado a los jueces en máquinas y a los gobernantes en economistas?