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ABC DOMINGO, 27 DE OCTUBRE DE 2013 abc. es opinion OPINIÓN 17 EL RECUADRO UNA RAYA EN EL AGUA ANTONIO BURGOS BANDERAS DE NUESTROS BISABUELOS ¿Qué demonios pinta una bandera de 1931 en una manifestación de chavales de 2013? V EO la foto en ABC. En ABC de Sevilla, naturalmente. Es de la cabeza de la manifestación de los estudiantes contra la Ley Wert. ¿Contra la Ley Wert o cumpliendo la consigna que dice que a este Gobierno hay que derribarlo en la calle? El caso es que me inquieta esa foto de la cabeza de la manifestación estudiantil, que curiosamente no terminó ante el Palacio de San Telmo, sede de una Junta que tiene transferidas la Educación, sino en la Delegación del Gobierno. Me inquieta porque es la primera Manifestación con Abanderado que veo, y no me refiero a la marca de calzoncillos que citar suele Albert Boadella. Como si fuera un desfile militar, la manifestación va encabezada por un alférez por lo civil. Un estudiante porta y enarbola la bandera. Seguramente lo han elegido en un casting para que dé bien en la tele. El chaval es alto, con buen porte. Tiene el pelo lorquianamente ensortijado, modelo Zerolo. Lleva una camiseta verde de propaganda. Sí, estas camisetas verdes tengo entendido que las dan de propaganda, como las de la Coca Cola que reparten en la playa. Y viste pantalones vaqueros. Así como gastados y rotos, cual se llevan, pero inequívocamente americanos. Me encanta la coherencia de esta chavalería que suele gritar yanquis no, bases fuera y despotrica contra los Estados Unidos. Hacen tal protestación de fe antinorteamericana perfectamente uniformados con ropa de los Estados Unidos, con zapatillas deportivas americanas. No, de contradicciones van bien despachaditos. Cuarto y mitad. El alférez por lo civil lleva una bandera abriendo marcha. Como esas banderas ante las que no se levantaba Zapatero ni aunque lo cogieran entre dos, igual la lleva este chaval. Una bandera histórica. Ah, claro: será que es estudiante de Historia, y por eso lleva tal bandera. Ya está: lo han escogido como alférez por lo civil de la manifestación porque como estudia Historia, sabe lo que se trae entre manos, y nunca mejor dicho lo de entre manos porque la porta enhiesta, desplegada al viento, para que dé bien en la foto, todo muy en la estética de Novecento Y veo al chaval abanderado y contemplo la enseña que hace ondear al viento de las noticias filmadas con las que, sumisa al qué dirán, abrirá TVE los telediarios. Es una bandera que he visto, en efecto, en muchos libros de Historia de España Contemporánea. ¿Será entonces un homenaje póstumo a don Vicente Palacio Attard, que catalogó la frondosa bibliografía de la guerra del 36? Es una bandera que, claro, como entonces apenas había fotografía en color, no se distinguen en esas fotos antiguas. Ahora sí puedo comprobar sus colores en la foto de ABC. Tiene arriba una franja roja, en el centro otra amarilla y debajo una morada. Quisiera ser vexilólogo para determinar de qué país africano, o asiático es esta bandera. Porque sudamericana no creo yo que sea, me conozco la de Venezuela, que con lo de Chávez y Maduro les podría encantar simbólicamente a estos jóvenes señores. Pero no, no es la venezolana. Y me extraña el cambio de bandera de manifestación. Estas manifestaciones estudiantiles, o sus homólogas perrofláuticas y antisistémicas, suelen llevar enseñas por todos conocidas, de frecuente uso: la bandera del Polisario, la bandera de los palestinos, la bandera arco iris, la bandera de Cuba, la roja bandera de la hoz y el martillo a cuya sombra perpetró Stalin su genocidio... Pero esta bandera no la conocía yo. Y vuelvo a mirar en los libros de Historia y por fin la identifico. Ah, ya está: es la bandera de la II República Española. Y me pregunto yo, en mis cortas luces, porque soy del Arenal: ¿y qué demonios pinta una bandera de 1931 en una manifestación de chavales del 2013? ¿Por qué les gustará tanto sacar la bandera de sus bisabuelos? (De los que cayeron en zona roja, claro, no de los que estuvieron en zona nacional) IGNACIO CAMACHO CONTRA EL DESAMPARO La justicia no es una abstracción. Es una razón que ordena la convivencia y cuando fracasa produce una honda quiebra moral N un país donde las cosas se hacen siempre contra alguien, hasta el elogio, parece que cuesta trabajo encontrarle un sentido a la manifestación convocada para hoy por las víctimas del terrorismo porque carece de una diana de la protesta, un sujeto concreto al que dirigirle los reproches. Que si el Tribunal de Estrasburgo por cargarse la doctrina Parot, que si el Gobierno por tibio, que si los socialistas por no haber modificado el Código Penal durante la larga hegemonía del felipismo. Y tal vez todo sea mucho más sencillo. Tal vez se trate sólo de pedir justicia. La justicia no es una abstracción. Es una razón que ordena la convivencia y se expresa a través de las decisiones de un aparato administrativo. Cuando esa razón falla, y ha fallado de un modo clamoroso que irrita la sensibilidad de cualquier ser humano con principios, se produce una quiebra moral que debilita la confianza de la sociedad en su propio equilibrio. Eso es lo que ha ocurrido con la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos, un veredicto garantista emitido desde una sideral lejanía con el dolor de una nación democrática atacada durante años por un designio de violencia y de sangre sin precedentes en la Europa moderna. La resolución jurídica, último trámite procesal de una larga cadena de desaciertos, imprevisiones, chapuzas, olvidos y enmiendas, ha provocado con su gélida falta de empatía emocional una fractura entre las garantías del derecho y sus objetivos de equidad, un desengaño trastornado que descompensa el concepto de reparación justa y deja a las víctimas de gravísimos crímenes sumidas en un pozo de frustración y desamparo. Los responsables de este estado de cosas son muchos porque muchos han sido los errores, pero el desconsuelo aflige de manera unilateral, unívoca, a los protagonistas del sufrimiento. Ofende a los muertos, humilla a sus familias y desprecia el esfuerzo de resistencia civil de un país entero que se enfrentó con nobleza a la agresión fortalecido por la certidumbre ética de hallarse en el lado correcto. Cuando los asesinos sonríen y sus víctimas lloran es porque la ley ha naufragado en su obligación de proteger la integridad moral del sistema. Durante los años de plomo, las víctimas del terrorismo etarra aglutinaron su heroico sacrificio en un triple lema que confortó su desconsuelo como un fuego sagrado: memoria, dignidad y justicia. Hoy tienen, tenemos todos motivo de sobra para creer, con desazonador pesimismo, que la justicia ha fracasado. No se trata de desacatar nada; la protesta es, simplemente, contra el desistimiento, contra el conformismo, contra la resignación. Y a favor de nuestra propia autoestima cívica, de la cohesión que ha sostenido la conciencia democrática. Lo que importa, a estas alturas, ya no son tanto las condenas individuales de la cárcel como la pena colectiva del olvido. E JM NIETO Fe de ratas