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16 OPINIÓN POSTALES PUEBLA DOMINGO, 27 DE OCTUBRE DE 2013 abc. es opinion ABC JOSÉ MARÍA CARRASCAL ESPIAR A LOS AMIGOS Lo más probable es que los tres envueltos lleguen al acuerdo de caballeros de no espiarse mutuamente Q UE los norteamericanos hayan escuchado las conversaciones de mandatarios europeos es tan embarazoso para Obama como para Merkel y Hollande, que han pedido explicaciones. Seguro que se las dan. Que sean convincentes ya es otra cosa, pues los norteamericanos alegan que necesitan conocer cuanto ocurre en el mundo por su seguridad y por la de sus aliados. Que los servicios de inteligencia USA mantienen un sistema de escucha global es de sobra conocido. Se estableció bajo Bush, para saber si Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Le dijeron que sí, fallando estrepitosamente, pues precipitó la invasión de aquel país, que ahora dejan detrás envuelto a una sangrienta guerra civil. El sistema, sin embargo, se mantuvo e incluso amplió, primero a todos los enemigos. Luego, a los semiamigos, como Brasil y Méjico, con escuchas a sus presidentes. Por último, como vemos, a los amigos más íntimos. Aunque era de suponer, pues estas cosas, una vez que empiezan, ya no hay forma de pararlas. ¿Acaso el Cesid español no captó las conversaciones del Rey en los años de plomo de ETA? La excusa es siempre la misma: para combatir el terrorismo hay que utilizar todas las armas, incluidas las ilegales. Algo que la gente comprende cuando se trata de evitar los atentados, como acepta los molestos controles antes de subirse a un avión. Lo malo es que la cosa no se queda ahí y, paso a paso, se termina espiando al jefe de gobierno de un país aliado, que nada tiene que ver con Al Qaeda. La sospecha de que se había traspasado esa línea roja surgió cuando los documentos filtrados por Edward Snowden revelaron que en la Cumbre de los 20 en Londres de 2009, se habían intervenido conversaciones privadas entre los asistentes. Eso ya no era espionaje de seguridad, sino comercial y político. Se dejó pasar, sin embargo. Pero ahora se trata de aliados tan importantes como Francia y Alemania, que aunque sólo sea por el qué dirán exigen excusas. Y, repito, van a dárselas, como van a ser aceptadas, pues la colaboración entre los servicios de inteligencia es esencial para la seguridad de los países, y los norteamericanos tienen los más amplios y efectivos sistemas de escuchas del mundo, lo que significa que sus colegas franceses y alemanes tendrán que acudir a ellos para comprobar si tal individuo es peligroso, si tal asociación requiere vigilancia o si tal sospecha es fundada. Quiero decir con ello que pese al revuelo armado, la sangre no llegará al río. Ni a la piel siquiera. Lo más probable es que los tres envueltos lleguen al acuerdo de caballeros de no espiarse mutuamente. Sabiendo que en el espionaje no hay caballeros. Mientras en Moscú, Snowden prepara su próxima bomba fétida para vengarse de no poder salir de aquel invierno e incluso puede que algún dignatario de esta parte se sienta discriminado al no verse entre los espiados. PROVERBIOS MORALES JON JUARISTI EXÉGESIS La nación es un producto de la historia, pero también de la rebelión contra el determinismo histórico O fascinante del libro que probablemente constituya el acontecimiento editorial de la temporada, Historia de la nación y del nacionalismo español (Galaxia Gutenberg) es su carácter sinfónico. Casi medio centenar de especialistas historiadores, geógrafos, filólogos, musicólogos coordinados por los profesores Antonio Morales Moya, Juan Pablo Fusi y Andrés de Blas, abordan a lo largo de 1.500 páginas la formación histórica de la nación española y los distintos discursos sobre España desde la Edad Media hasta nuestros días. La mayor virtud de esta compilación reside en su pluralismo. Prácticamente están representados en él todas las tendencias y enfoques presentes en el ámbito académico durante el último medio siglo. Al contrario que en la mayor parte de las obras de autoría colectiva, no se ha buscado una homogeneidad ideológica, de modo que el lector se ve obligado a asentir y discrepar, a oscilar entre la aprobación y la indignación, según sus gustos y convicciones. Porque esto es lo que hay más allá del acuerdo básico sobre la existencia de una nación común: diferencias de intereses en los ciudadanos y divergencias en las interpretaciones y valoraciones de los hechos a través de los cuales se ha ido construyendo aquélla. Como afirman sus autores, este libro es el resultado de una investigación múltiple que comenzó antes de que el nacionalismo catalán plantease su L actual desafío independentista, pero es innegable que responde a una crisis de la idea de la nación española que arranca de muy atrás, y que a lo largo del pasado siglo se manifestó en sucesivas controversias: las que Ortega mantuvo con los nacionalismos populistas del fin de siglo, la de Menéndez Pidal con Bosch Gimpera, la de Américo Castro con Claudio Sánchez- Albornoz, etcétera. Aunque acaso sus raíces lejanas se hallen en el XIX, y en la primera polémica interna de la generación de 1898, la que mantuvieron en el verano de ese año Unamuno y Ganivet. La nación como comunidad política es un producto de la historia, pero también de una rebelión contra los determinismos históricos. Menéndez Pidal advirtió, con áspera lucidez, que no hay nación sin tradición, pero tampoco sin insurgencia contra la tradición. Lo que hay que procurar es que ambas, tradición y revolución, sean razonables, algo verdaderamente difícil cuando el sentimiento de españolidad solamente parece aflorar, como se indica en este libro, en momentos aparentemente banales (aunque la banalidad, al contrario de lo que pensaba Unamuno, sea preferible en todo caso a la guerra civil) El mayor problema que arrastra esta vieja nación que llamamos España desde su origen mismo en la Edad Media es su incapacidad para integrar las diferencias, su resistencia al reconocimiento del Otro como conciudadano. Es cierto que, en determinados momentos de su historia, los españoles han mostrado una voluntad mayoritaria de entenderse, pero pasa el tiempo y aparecen nuevas generaciones que no conocieron a Moisés. Por eso, a mi juicio, es importante esta Historia de la nación y del nacionalismo español (quizás el título habría debido precisar que se trata de la nación española) porque ofrece una exégesis plural y pluralista del hecho nacional y del nacionalismo realizada por gentes que tienen en común su pertenencia a una de las contadas generaciones españolas que creyó que la nación debe perpetuarse sobre el diálogo entre las alteridades y no sobre la exclusión de los discrepantes. En una época de devaluación del saber histórico, constituye una excelente contribución desde los medios académicos al conocimiento de nuestros demonios familiares.