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ABC SÁBADO, 17 DE AGOSTO DE 2013 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA DINERO NEGRO Convocar como testigos a unos señores para preguntarles si cobraron sobresueldos en negro es del género tonto V AN desfilando por la Audiencia Nacional quienes fueran mandamases en la calle Génova y a todos les pregunta el juez Ruz si cobraron sobresueldos en dinero negro, obteniendo siempre la misma respuesta. ¡Por supuesto que no! Yo entiendo que todo procedimiento judicial tenga sus liturgias, pero convocar como testigos a unos señores para preguntarles si cobraron sobresueldos en dinero negro, o si vieron que otros los cobrasen, es del género tonto. Si el dinero negro es, por naturaleza, dinero que no se declara, parece de Perogrullo que sólo al que asó la manteca se le ocurriría declarar que ha cobrado en dinero negro. El dinero negro se pule y santas pascuas, como bien sabía aquel gacetillero sobrecogedor de la anécdota que en cierta ocasión oí referir a Jaime Campmany. Resulta que había un gacetillero que todos los meses recibía un sobrecito del Ministerio de Gobernación con un modesto sobresueldo, en pago a su obediencia lacayuna a las consignas del ministro. Un buen día le entregaron un sobre mucho más abultado de lo habitual; gratamente sorprendido, y a la vez intrigado, el gacetillero se encerró en un retrete para contar la cuantía de su sobresueldo y comprobó que, en efecto, era una cantidad fastuosa, desmesurada para el modesto servicio que prestaba. Por supuesto, entendió enseguida que se trataba de una equivocación, pero decidió que se haría el longui, como se hacía el longui todos los meses, cada vez que le entregaban el sobre, siguiendo la receta de absoluta discreción que le habían dado en el Ministerio. Así que, sin avisar a la familia ni al director de su periódico, desapareció durante unos días, para pulirse el dinero. Cuando por fin regresó a casa, lo aguardaban en el portal un par de guardias, que lo condujeron ante el ministro. Antes de que su benefactor pudiera reprenderlo, el gacetillero sobrecogedor dijo, muy solemne: No puedo devolverle ni un céntimo, señor ministro. Me lo he gastado todo El ministro se llevó las manos a la cabeza, espantado, y gritó: ¡Alma de cántaro! ¿Pero es que no advirtió que esa cantidad estaba destinada a retribuir servicios infinitamente más importantes que los insignificantes que usted nos presta? A lo que el gacetillero, afectando humildad, respondió: ¿Y quién soy yo, señor ministro, para medir su generosidad? Los sobresueldos en dinero negro, como bien sabía aquel gacetillero, nunca se declaran. Bárcenas asegura, fundándose en unas anotaciones contables de andar por casa, que los pagó; pero como no aporte alguna otra prueba más contundente de tales pagos, me temo que con sus imputaciones ocurrirá lo mismo que con el tercer huevo del cuento: Érase un joven que volvía de las aulas universitarias, ansioso de dejar turulatos a sus padres con sus primores dialécticos. Hallándose sentados los tres a la mesa, como viese dos huevos pasados por agua en un plato, escondió uno con presteza e interrogó a su padre: ¿Cuántos huevos hay en el plato? Uno le contestó su atolondrado progenitor. Devolvió entonces al plato el huevo escondido y volvió a preguntar: ¿Cuántos huevos hay ahora? Contestó el padre: Dos A lo que arguyó el sabiondo hijo: Antes había un huevo, ahora hay dos; es así que dos y uno son tres, luego son tres los huevos del plato Se admiraba el padre, porque sus ojos solo veían dos huevos, en tanto que el agudo ingenio de su ilustre vástago le demostraba que eran tres, cuando intervino la madre, mucho más resuelta y avispada, que dio un huevo a su marido, se cogió para sí el segundo y le dijo al sabiondo del hijo: El tercer huevo, majete, te lo comes tú IGNACIO CAMACHO LA PELUCA DE LA TRIBU El fútbol es una pasión tribal, una quimera que lleva dentro el secreto shakespeareano de la materia de los sueños T JM NIETO Fe de ratas IENE razón Mireia Belmonte: su récord o sus medallas gozan de menos impacto de opinión pública que un corte o un teñido de pelo (hortera) de Sergio Ramos. Pero de eso no son culpables ni ella ni Ramos. Ni siquiera la frivolidad de los medios de comunicación. La única culpa de esa desproporcionada atención a los detalles frívolos que posterga los frutos de un esfuerzo de disciplina constante y silenciosa la tiene Su Majestad el Fútbol. Porque, como decía un personaje de Juan José Campanella, no es un juego ni un deporte ni un espectáculo sino una pasión. Y se puede cambiar de trabajo, de ideas, de país, de pareja y hasta de religión, pero no se pueden modificar las pasiones. El pelo amarillo de Sergio Ramos es el icono provisional de una tribu. Y eso no lo será nunca el traje de baño ni el color de las uñas de una fantástica nadadora por la misma razón que jamás saldrán decenas de miles de personas a festejar en las plazas un triunfo en 200 metros mariposa. El fútbol es un delirio sentimental colectivo que recorre con un escalofrío la médula del planeta. Agita emociones, altera humores, levanta banderas, sacude estados de ánimo y hasta construye vagas representaciones patrióticas. El fútbol es arrebato y vehemencia, sufrimiento y deseo, entusiasmo y quimera. El fútbol no sólo es la más importante de las cosas que no son importantes, sino a veces incluso también de las que lo son. Por eso sobrevive a su propia locura. A sus desproporciones, a sus caprichos, a sus espejismos, a sus arbitrariedades, a su absurda lógica de excesos desquiciados, a su hoguera de antojos volátiles y extravagancias pasajeras. Porque lleva dentro el secreto shakespeareano de la materia de los sueños y permite al más desgraciado de los hombres alzarse siquiera un instante, mediante una ilusoria transferencia de identidad, sobre sus frustraciones y sus desengaños. El fútbol crea ilusiones evasivas que no construyen la felicidad pero proporcionan refugios para la esperanza. Se trata de un fenómeno único de psicología social invulnerable hasta a sus desvaríos. Maltrata a los aficionados, abusa de su paciencia y de su dinero, confunde sus costumbres e irrita sus sentimientos, pero sigue ahí, incólume a cualquier corrosión de la rutina y del tiempo. Renovado cada temporada con el seductor maquillaje de una fiesta nueva. El mito del eterno retorno en el que la condición humana resume como un espejo de la niñez el anhelo reconstructivo de todos sus fracasos. Aquí está otra vez, en pleno verano, rutilante en medio de una crisis que disimula con el oropel de su magnético hechizo multitudinario. Cuánto tendría que nadar Mireia para captar siquiera un segundo las miradas de los niños que se quieren teñir el pelo para investirse simbólicamente del poder mágico de un moderno héroe, de un guerrero de la tribu, de un glorioso, iluminado, arrogante, mercenario.