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ABC LUNES, 12 DE AGOSTO DE 2013 abc. es opinion OPINIÓN 13 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA GIBRALTAR España es hogaño un país de flojos que escriben Girona y Barakaldo y a los que, ni hartos de vino, se les ocurriría proclamar, como antaño: ¡Gibraltar español! S I Freud hubiese nacido en España habría dedicado un ensayo a Gibraltar, presentándolo como un trauma colectivo, cuyo ocultamiento o censura provoca en los españoles un complejo que emerge, de vez en cuando, disfrazado de neurosis. ¡Gibraltar español! se proclamaba antaño, cuando no había declinado nuestro ardor patriótico. Gibraltar era la amputación ¿castración? que hería el orgullo español; y lanzando esta proclama, el español sentía una suerte de alivio en su trauma, aunque supiese que nadie iba a escucharlo. Pero eso ocurría antaño; hogaño el español ya no tiene redaños para reivindicar la españolidad de Gibraltar, porque antes tendría que revindicar la de Gerona o Baracaldo, que ahora le obligan a escribir Girona y Barakaldo Cuando un tío de Cuenca o Albacete escribe mansurronamente Girona o Barakaldo es porque se ha vuelto eunuco de remate; y a un eunuco de remate no hay modo de levantarle el ardor patriótico, ni con el psicoanálisis freudiano ni con la reivindicación gibraltareña. El español siempre lleva las de perder con el inglés, porque el espíritu español es (o era) guerrero, frente al espíritu inglés, que es militar. El espíritu guerrero es un esfuerzo contra la organización; el espíritu militar, un esfuerzo de organización. Por eso los pueblos guerreros, aunque sean mucho más heroicos, pierden todas las guerras, que ganan indefectiblemente los pueblos militares; si repasamos los conflictos bélicos entre España y la pérfida Albión veremos que siempre ocurrió así. En su Idearium español, Ganivet establecía una clasificación psico- geográfica de los pueblos muy apañada. Los pueblos insulares como la pérfida Albión desarrollan el sentido de la agresión, persuadidos de que sólo la audacia y rapidez de la ofensiva pueden mantener incólume su aislamiento; de este modo, adquieren el refinado arte de librar sus guerras ofensivas en cualquier lugar del planeta que no sea el propio territorio. Los pueblos continentales como Francia, acostumbrados a las invasiones, desarrollan el sentido de la resistencia (las guerras napoleónicas, típicamente agresivas, serían expresión de la mentalidad insular de un corso) Los pueblos peninsulares como España, por su parte, desarrollan el sentido de la independencia, y su divisa no es otra sino que cada cual haga lo que le parezca conveniente; de este modo, su historia se convierte en un inacabable rosario de invasiones y de expulsiones: porque en ese que cada cual haga lo que le parezca habrá momentos en que la falta de iniciativa de los flojos favorezca la invasión; y momentos en que la iniciativa de los recios propicie la expulsión. España es hogaño un país de flojos que escriben Girona y Barakaldo y a los que, ni hartos de vino, se les ocurriría proclamar, como antaño: ¡Gibraltar español! Esto la pérfida Albión lo sabe; y aunque hogaño también es un país de flojos, todavía conserva un fachadismo militar puramente retórico, pálida reminiscencia de su militarismo agresivo de antaño, que explica que nos mande la flota a Gibraltar, para intimidar (pero son intimidaciones de mariquita mala y decrépita) La pérfida Albión no va a soltar Gibraltar por una sencilla razón: si para el español de antaño Gibraltar era el símbolo freudiano de una amputación, para el inglés de hogaño constituye el antídoto simbólico contra una amputación, el único vestigio superviviente de un imperio extinto. Ciertamente, es un vestigio insignificante, pero una mariquita mala y decrépita tampoco puede permitirse el lujo de presumir de tamaño. IGNACIO CAMACHO UN CANDIDATO PARA PERDER El bombardeo propagandístico del régimen sobre los recortes de Rajoy se ha impuesto sobre la corrupción de los ERE L PP está a punto de cometer en Andalucía un nuevo error, que es el de no entender que las próximas elecciones las tiene perdidas y empeñarse en buscar un candidato para ganarlas. Misión imposible. Eso no va a suceder y la única estrategia razonable para el centro- derecha andaluz es la de pensar ahora a medio y largo plazo, diseñando con paciencia un proyecto estable que empiece por la reconstrucción de un partido descosido desde que se fue Javier Arenas. En vez de eso todo indica que va a empezar un casting electoral precipitado para cosechar el enésimo fracaso. Pretende remontar un resultado adverso marcando el segundo gol antes que el primero. Por mucho que buena parte de la opinión pública nacional no acabe de entenderlo, el efecto político del escándalo de los EREs está amortizado. Tal vez no en España, donde constituye una rémora para la recuperación del PSOE, pero sí en Andalucía. En marzo de 2012 ya se vio que ni siquiera era suficiente para propiciar un cambio de poder, y además la tocata y fuga de Griñán, su espantada preventiva, ha acabado de desactivar el peligro latente de una probable imputación presidencial. El bombardeo propagandístico del régimen sobre los recortes de Rajoy (sic) ha impuesto un clima de inquietud en el que el ajuste del bienestar importa más que la corrupción autonómica. Y el desgaste del Gobierno central entre sus propios sectores de apoyo ha hecho perder al PP andaluz incluso su condición de primera fuerza en intención de voto. La mayoría absoluta es, sencillamente, una fantasía. Perdida la oportunidad de la alternancia, Andalucía ha restaurado la hegemonía social de la izquierda, en la que el nuevo PSOE susanista, menos socialdemócrata y más radical, lidera su viejo latifundio coaligado con una IU abiertamente inclinada al comunismo bolivariano. Con o sin adelanto electoral ése es el panorama de los próximos años, ante el que el PP necesita un candidato de aliento largo. Un candidato para perder y permanecer en la brecha construyendo un nuevo liderazgo. Improvisar un cartel electoral desembarcando a algún ministro de Madrid o embarcando al actual alcalde de Sevilla supondría un ejercicio de perseverancia en el error, un nuevo paso equivocado. El electorado está disperso y el partido roto, estructuralmente deshilachado. Hace falta un (o una) dirigente joven dispuesto a recomponer un proyecto con la vista más allá no sólo de las próximas elecciones autonómicas sino de las generales. Eso requiere montar un despacho en un coche y pasar años recorriendo provincias, pueblos y ciudades de una región grande como Portugal y con ocho millones de habitantes. No es un trabajo para figurones sino para entusiastas, para estajanovistas y para pacientes. Salvo, claro está, que lo que la dirección popular busque no sea el poder que no tiene en Andalucía sino los votos que le permitan mantener el de España. E JM NIETO Fe de ratas