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12 OPINIÓN LA FONTANA DE ORO PUEBLA LUNES, 12 DE AGOSTO DE 2013 abc. es opinion ABC FÉLIX MADERO LA NIÑA DE CUATRO AÑOS La niña de cuatro años de la que les quiero hablar no tiene nombre o no lo sabemos ECONOZCO que con semejante título como llamada de atención las expectativas para el lector son pocas. Niñas de cuatro años hay muchas en España, y hasta puede que la niña de la que hablara Rajoy tuviera esa edad. Aquella niña del entonces candidato era una apuesta a futuro y por ahí debe de andar tan campante con sus siete u ocho años. Sin duda que vive en un mundo con dificultades pero con algunas seguridades que desde la cuna vienen dadas sin reparar en su existencia. De la misma manera que nuestros hijos no imaginan la falta de libertad porque nacieron con ella, se sienten incapaces de imaginar un mundo que no empiece por la mañana con un desayuno y termine con una cena. Saben, además, que familia significa lo mismo que certeza. Algunas de esas certezas se tambalean, y cuando llegan las incertidumbres necesitamos culpables, y en eso gastamos nuestras mejores energías. Y sin embargo hay junto a nosotros millones de personas que no buscan lo que nosotros, seguramente porque en la frente creen llevar el signo de la culpa, como si fuera la marca negra que tanto temen los personajes de R. Louis Stevenson en la Isla del Tesoro. La niña de cuatro años de la que les quiero hablar no tiene nombre o no lo sabemos. Llegar de otro sitio y hacerlo sin nombre puede que sea la más agria invocación a la pobreza. No se me ocurre otra más atroz. En su corta biografía ya ha catado lo peor de la vida, porque el sábado fue rescatada en aguas del Estrecho junto a dos mujeres en avanzado estado de gestación y 93 subsaharianos más. Pero fue ella, la niña de cuatro años, la que peor llegó a tierra española afectada de una hipotermia severa. Fue rescatada por operarios de Salvamento Marítimo, esos ángeles que no saben que lo son. Y lo son, al menos para esta criatura que jamás sabrá que cómodamente alguien con el Mediterráneo delante escribió su más dura singladura un día del mes de agosto. Y no, no trato de ponerme transcendente. Si he de ser sincero hasta me cuesta ponerme en su lugar- -empatizar que dicen ahora- porque para una mentalidad como la mía es inimaginable una travesía como la que esta niña de cuatro años ha culminado. Cuento lo sucedido, y no extraigo más conclusión que la de saber que su historia está felizmente lejos de los míos. Tan lejos que sería inimaginable. Pero a mí su existencia me ha parecido que merecía en los periódicos más atención. Y no se sorprendan si les digo que la niña de cuatro años me quita el sueño. Y la paz. Y hace que la justicia de Dios y la de los hombres sean palabras huecas. Es una pena que miremos cabreados una piedra, Gibraltar, y durmamos con tanta facilidad la siesta estos hermosos días de verano. Lo tuvimos tan cerca que no supimos verlo, dice Quique González en una de sus canciones. Tan cerca, tan lejos, tan interesadamente lejos de nuestra seguridad. R POSTALES JOSÉ MARÍA CARRASCAL CADENA MORTAL El accidente de Santiago de Compostela nos recuerda que una serie de pequeños fallos puede originar una catástrofe de amplias dimensiones R ECUERDO que cuando la compañía Boeing nos invitó a los corresponsales españoles en Estados Unidos a visitar sus instalaciones, tras haber encargado Iberia su primera flota de aviones Jumbo, un ingeniero nos iba dando cuenta de las peculiaridades de aquel gigantesco aparato, capaz de transportar hasta 400 pasajeros. Uno de nosotros quiso saber cómo andaba de seguridad, pues sólo elevar aquella mole parecía imposible. No puede ser más completa. Piense que puede volar con sólo uno de sus cuatro motores, sino los otros tres le fallan fue la respuesta, rubricada por una sonrisa. Pero, ¿puede tener un accidente? insistió el colega, que para eso era periodista. Esta vez, el ingeniero se lo meditó. Su respuesta, sin embargo, fue no menos contundente: La seguridad absoluta no existe en los transportes ni en casi ninguna otra actividad humana. Pero les advierto que un accidente no se debe nunca a un fallo. Se necesita que se den simultáneamente una docena o más de ellos para que el accidente se produzca. Y ya que en este caso prácticamente todas las emergencias están previstas, con su correspondiente sistema auxiliar de apoyo, tendría que darse una extraordinaria acumulación de ellas para que el aparato dejase de volar Me he acordado de este intercambio mientras escuchaba estos días a la ministra Ana Pastor y a los presidentes de Renfe y de Adif, la compañía encargada de velar por nuestras vías férreas, explicar ante el Congreso de los Diputados qué pudo ocasionar el accidente que el 24 del pasado julio costó la vida a 79 personas cuando un Alvia estaba a punto de llegar a Santiago de Compostela. Si el maquinista había salvado aquella misma mañana todas las pruebas para poder llevar a cabo su cometido; si el tren había pasado su última revisión el día anterior sin detectársele defecto alguno; si las vías estaban en orden y la señalización era la prevista cuando se inauguró el trayecto, ¿por qué descarriló? Pues por la acumulación de pequeños o grandes, según se mire fallos: porque al maquinista se le fue el santo al cielo sin que él mismo pueda explicárselo; porque el interventor le hizo una inoportuna y, además, innecesaria llamada telefónica justo en ese momento; porque no estaba instalado un sistema de frenado automático, al suponerse que el tren iría a los 80 kilómetros por hora previsto en aquel tramo. Aunque tampoco de estar instalado hubiese servido de nada, pues el frenazo se dispara cuando se va a más de 200 kilómetros por hora, y el tren iba a 179. Incluso pudo haber otros imponderables, aún no descubiertos. ¿Quiere ello decir que el accidente era inevitable? No, era perfectamente evitable. Pero para eso no hubieran tenido que darse todas esas coincidencias, empezando por el despiste del maquinista. Al fondo de la tragedia, lo que veo es la prisa por poner en servicio un tramo del AVE, el Orense- Santiago, con la vista puesta en las próximas elecciones gallegas y el ahorrar en esto y lo otro, porque el presupuesto no daba para más. A José Blanco, entonces Ministro de Fomento y aspirante a la Presidencia de la Xunta le toca algo de esa responsabilidad, aunque el maquinista carga con la mayor parte de ella. Pero no él solo, ya que la culpa anda muy repartida entre cuantos olvidaron que por mucho que corra el tren, no va a llegar antes el punto de destino. Y, a veces, corriendo demasiado, ni siquiera llega.