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ABC VIERNES, 26 DE JULIO DE 2013 abc. es Los fallecidos PRIMER PLANO 35 Tragedia en Santiago Juana Aranda (Ávila) 64 años De Ávila a Ferrol con el único objetivo de ver a su hija P. T. SANTIAGO Esas mantas daban a las espantosas imágenes un aire familiar, de solidaridad casera, de calor Una vecina de Navaluenga (Ávila) de 64 años, también se sumaba a la trágica lista. Juana Aranda viajaba destino a Ferrol para ver a una de sus hijas, acompañada por su marido, Antonio Rodríguez, a quien los familiares consiguieron localizar rápidamente. No hubo tanta suerte con ella. Residentes en Toledo, aunque tenían casa en Navaluenga, donde vive parte de la familia de la fallecida, el marido de la víctima mortal tuvo que ser intervenido tras el accidente e ingresado en la UCI. Lo anunciaba el regidor de la localidad, Armando García, quien aseguraba haber conocido el fatal desenlace poco después de las seis de la tarde. Como muestra de apoyo, el Ayuntamiento decretó que las banderas ondearan a media asta, en señal de duelo, y el alcalde avanzó que el municipio rendirá un homenaje a la fallecida. Santiago y Manta España ROSA BELMONTE SANTIAGO A Yolanda Delfín Ortega (México) 22 años Estudiante Erasmus en la Facultad de Derecho P. ABET C. PICHEL SANTIAGO Veracruzana de 22 años, Yolanda Delfín Ortega pasaba sus últimas semanas de vacaciones en España tras terminar su programa de intercambio en la Facultad de Derecho de Santiago. Esa a la que accedió en enero junto a su compañera de departamento, Karla Ramírez, quien ayer la buscaba a la desesperada junto a su madre y a una de sus profesoras, Doralinda Vives entre las listas de heridos colgadas en el Hospital Clínico Universitario de la capital gallega. No hubo suerte. La joven mexicana relataba a ABC que su amiga regresaba de Madrid tras despedirse de su madre y su hermana en el aeropuerto, que volaban ese mismo día rumbo a México. Por su parte, Karla y su madre decidieron ir hasta Barcelona y terminar allí sus vacaciones, interrum- pidas por el fatal accidente. Como únicas amigas de Yolanda, cogieron el primer vuelo hacia Santiago e intentaron buscarla por todos los rincones. A ratos movidas por la desilusión, a ratos por la esperanza. Esperanza que se desvanecía finalmente en el hospital, cuando Karla entraba en la sala donde se encontraba la última persona por identificar, una mujer cuya descripción se acercaba a la de Yolanda. Quince minutos más tarde salía, entre llantos. No era su amiga. En el recuerdo queda el último mensaje que esta veracruzana mandó a su novio, vía Facebook, minutos antes de la tragedia. Le decía que estaría pronto en su casa de Santiago, pero la promesa se rompió al tomar la curva. A su verdadera casa, en Veracruz, regresará en los próximos días, una vez que sus familiares vuelvan a tocar suelo español. las diez y media de la mañana de ayer, el silencio sobrecogía en la catedral de Santiago. También el calor, aunque fuera llovía. El templo abarrotado de peregrinos y civiles esperaba la celebración de la misa solemne, el único acto que se mantuvo el 25 de julio tras el accidente del tren. Una misa celebrada por el arzobispo pero desprovista de todo tipo de nota festiva. Ni botafumeiro ni ofrenda. Era la de Santiago una catedral iluminada para la televisión pero oscurecida por la tragedia. Arrumbados en un rincón, los gigantes que no saldrían en pasacalles. La noche anterior hubo cierto desconcierto (y desconocimiento) en la plaza del Obradoiro, que nunca perdió ese orden que la ciudad consigue por muchas multitudes que le echen. Si poco antes de las nueve empezaron a escucharse las sirenas, a las diez la gente todavía esperaba los fuegos del Apóstol. La gente sentada en el suelo hacía botellón (con la cerveza trasvasada previamente a botellas de plástico porque no se permitía la entrada a la plaza de las de cristal) comía bocadillos gigantes, jugaba a las cartas, al scrabble, a lo que fuera mientras esperaba el espectáculo de luz y sonido. Es verdad que hubo quien se enteró del accidente por sus móviles, pero hasta las diez y veinte no se avisó por megafonía de la suspensión por causa de descarrilamiento de un tren Y ni aun así se enteró todo el mundo. Por el idioma. Pero la mañana del 25 de julio era casi imposible no tener noticia de la desgracia. Aunque siempre hay algún despistado, como el señor que se acercó el jueves al policía nacional que hacía guardia delante del Hostal de los Reyes Católicos, donde se esperaba a las autoridades, y le preguntó si el Apóstol estaba allí dentro. Altruismo Muchos peregrinos llevan una camiseta donde se lee You ll never walk alone (nunca caminarás solo) El lema de la canción de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein sirve para cantar en Anfield y para el Camino de Santiago. También para unos días tan difíciles como estos. No vais a estar solos dijo ayer Mariano Rajoy a las familias de las víctimas. Tampoco estuvieron solas las víctimas del accidente en Angrois cuando el tren descarriló en la curva poco antes de llegar a Santiago. Antes de que las ambulancias tuvieran la oportunidad de llevar las brillantes mantas térmicas, las Sirius, las que vemos habitualmente en las catástrofes o en los maratones, los vecinos habían sacado las suyas. Con estampados de piel de tigre, de leopardo, de dibujos de todo tipo y color. Cubriendo muertos y vivos. Esas mantas daban a las espantosas imágenes un aire familiar, de solidaridad casera, de calor en la tragedia de las vías. Como las hachas, las radiales o los tablones que hacían de camillas. Habían sacado todo lo que tenían para esos invitados imprevistos. En otros puntos de Santiago, más ciudadanos colapsaban los centros de donación. Gallegos con mucha sangre en las venas. Santiago y Manta España. Un grupo de familiares consolándose REUTERS