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6 ENFOQUE VIERNES, 26 DE JULIO DE 2013 abc. es ABC La tragedia une a España EFE Apoyo real a las víctimas SusMajestades los Reyes acudieron por la tarde al hospital compostelano Rajoy y Núñez Feijóo, en el epicentro de la tragedia El presidente del Gobierno y el presidente de Galicia recorrieron el lugar del accidente Una sola voz Brazos arremangados DAVID GISTAU El dolor es a veces una versión del miedo. Ocurre cuando, por proximidad, nos duele en otros lo que podría habernos sucedido a nosotros. Por eso es tan profundo el dolor por el accidente de Santiago, aparte de la evidencia primaria del horror. Porque ese tren iba cargado de posibilidades que nos aluden y nos convierten peor aún: convierten a aquellos a los que queremos en simples indultos del azar. Tanto es así que, ayer por la mañana, afectados por la impresión, éramos unos privilegiados por el solo hecho de que alguien respondiera cuando marcábamos los números de ciertos teléfonos móviles, mientras en Santiago, como antaño en Atocha, los equipos de emergencia volvían a hacer el relato de los timbres desatendidos que rompían un silencio espantoso. Admito que me lo estoy tomando de un modo poco periodístico, puesto que debería estar pidiendo a algún testigo que abundara en los detalles más cruentos. Admito también que, emocionalmente, soy un blandengue comparado con los infrahumanos capaces de ver en un accidente como éste una oportunidad política, un motivo de regüeldo ideológico. Ya que hoy escribe la emoción, que ni frases intenta hacer, podemos decir que solo los auxiliadores espontáneos y la cola de los donantes de sangre nos reconcilian con la comunidad de personas en la que también caben repugnantes militantes políticos que sólo tardaron un tweet en atribuir el desastre a los recortes del Gobierno. El pueblo vuelve a morir en los trenes (sic) dijo uno, como si quisiera proponer una asociación de ideas según la cual, otra vez, la culpa la tiene el PP, haya o no bombas. Obsérvese el término los trenes aplicado a Santiago. Algún presentador de televisión incurrió en el mismo error, inducido por el recuerdo del 11- M. Los atentados de Atocha dejaron un paradigma que en parte se ha repetido ahora, al menos en lo que se refiere al intento de aprovechamiento político que, todo hay que decirlo, esta vez sólo han perpetrado personajes residuales. Pero a todos nos volvieron recuerdos de entonces, aunque sólo fuera por la fuerza evocadora de los vagones reducidos a chatarra y de los heridos que vagaban aturdidos por las vías. Por culpa de algunos desalmados con capacidad expansiva, a punto estuvo de repetirse lo peor de aquellos días: la incapacidad de nuestra sociedad para trascender ideologías y fusionarse, durante al menos el tiempo que exige el decoro, antes de volver a demostrar que es capaz de aprovecharlo todo, absolutamente todo, como munición de su constancia tribal y su mezquindad. La buena gente que ayudó y la que se arremangó el brazo. Prefiero quedarme con ella y pensar que así es esta comunidad de gente cuando no la contamina una sórdida intervención política urdida para azuzar odios, haya o no bombas.