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ABC VIERNES, 5 DE JULIO DE 2013 abc. es opinion LA TERCERA 3 F U N DA D O E N 1 9 0 3 P O R D O N T O R C UAT O LU C A D E T E NA PRAGMATISMO EN EGIPTO POR SERAFÍN FANJUL En los largos años de dictadura de Sadat y Mubarak se pudieron poner las bases para una reorientación de la economía. Y no se hizo. Y, sobre todo, se permitió el crecimiento de los Hermanos Musulmanes, la mancha de aceite pringándolo todo con dinero saudí, la extensión del pietismo y de su presión inmisericorde sobre los contados egipcios que le hacían frente tistas) Era y es muy difícil en los barrios populares de El Cairo (el- Guriyya, Sayyida Zeynab, el- Gamaliyya, Shubra) permitir que tus hijas no se encasqueten el hegab (lo que les pase es culpa suya... cocinar durante el día en ramadán (hasta los coptos que no tienen por qué someterse sufren graves problemas) o tomarte una humilde cerveza ante un vecino. La dictadura perfecta: todo el mundo sabe cuáles son y dónde están los límites. No es preciso ni decirlo. Así hemos llegado al momento presente, antes de Mursi y después de Mursi. Los jefes del movimiento (Badi Bayumi, Baltagi) siguen indemnes; su dominio y control social, también. Con la llegada al Gobierno, su toma de todo el poder era catastrófica para Egipto. El contrapoder y reequilibrio del Ejército pareció terminarse al destituir a Suleyman y Tantawi y nombrar a Abd el- Fattah es- Sisi, que, a la postre, ha reaccionado con la mera lógica de la supervivencia: no se trata sólo de conservar el control económico y político, sino los apoyos exteriores que precisa para recibir armamento, servicios de mantenimiento, autorización de uso, renovación tecnológica, repuestos, información. Y en otro orden de cosas, sostén diplomático exterior; corrientes de opinión favorables que favorezcan el turismo, ahuyentado por los Hermanos al hacer a la sociedad egipcia cada vez más hermética e irrespirable, al no ahorrarse ya, con disimulos, gestos de hostilidad y opresión inadmisibles contra los cristianos. En el plano estrictamente funcional, romper o dañar la alianza con Estados Unidos era un dislate, pues el país carece del dinero necesario para reorientar sus compras en otros mercados. CURRIÓ lo menos malo. Y es duro admitir y explicar que un golpe de Estado militar sea preferible a la subsistencia de un Gobierno salido de las urnas, aunque estas fueran de poco fiar. Claro que el subterfugio legalista, tan del gusto de juristas e inhibidos varios, puede atrincherarse en la distinción entre legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio, con lo cual toda arbitrariedad encuentra su asiento. En nuestro país así se está argumentando, sólo por armar bulla, pero se hace, al exigir la dimisión del actual Ejecutivo: si no cumplen, se les derroca. Por fortuna, las diversas plataformas contra esto y aquello no disponen por ahora de tanques y fusiles con los que salvar al pueblo de nuevo. Ni tampoco en España sufrimos una situación parangonable a la de Egipto; ni existe la disposición y presteza de innumerables gentes para protestar jugándose la vida. Reunir 300.000 personas en El Cairo dispuestas a reclamar y pelear en la calle es relativamente fácil, en tanto que en Madrid salir a la calle es un mero fósil lingüístico sin significado real. Con excepción de minúsculas bandas antisistema, casi nadie entre nosotros acepta correr riesgos por defender sus convicciones, caso de tenerlas. Pero Egipto no es así. Desde tiempo inmemorial pongamos desde el Protectorado inglés, para no irnos demasiado lejos hay una tradición de manifestaciones violentas reprimidas de muy mala manera. Las hubo en los convulsos tiempos anteriores al establecimiento del poder militar en 1952; siguieron produciéndose intermitentemente durante la dictadura de Abd enNaser (lo que no era ninguna broma) que, en sus años finales (aquella malhadada harb al- istinzaf, o guerra de desgaste concebida para desgastar a Israel y que consiguió dejar exangüe a Egipto) prohibió hasta los partidos de fútbol multitudinarios para evitar grandes concentraciones de gente que acababan en bronca por motivos más sociales y económicos que políticos: el alza del precio del pan, o del arroz, en el modelo más clásico de revuelta popular, provocaba cataclismos en el centro de El Cairo, en Mahalla elKubra, Mansura, las ciudades del Canal. Y así fue con Sadat y en el largo reinado de Mubarak. El país vivía y vive de crédito. Y pagando tarde, mal y nunca sus compras, que más bien son regalos a fondo perdido por parte de países que buscan y obtienen, o no, según los casos influencia política y diplomática. Fue el caso de la URSS y de China; es el de Estados Unidos, Arabia Saudí, los estados europeos... España, por ejemplo, condonó la deuda de El Cairo por aquellas fa- O bulosas ventas de armamento que Felipe González nos anunció como operación envidiable. Pero lo que más importa Egipto son alimentos: en un territorio como Valencia se apiñan ochenta millones de personas (en 1970 eran treinta millones) que no producen lo que consumen. Tampoco generan la energía suficiente (los beneficios de la Alta Presa, con la que tanta lata daba la propaganda, hace mucho que se absorbieron por la natalidad desbordada) Y las otras fuentes económicas (petróleo, bastante para el autoconsumo; peajes en el canal de Suez; turismo) se vuelven de día en día más insuficientes ante el desequilibrio demográfico. Nada de esto se resuelve en uno o dos años, aunque se quisiera. E n los largos años de dictadura de Sadat y Mubarak se pudieron poner las bases para una reorientación de la economía. Y no se hizo. Y, sobre todo como he señalado en otras ocasiones se permitió el crecimiento de los Hermanos Musulmanes, la mancha de aceite pringándolo todo con dinero saudí, la extensión del pietismo y de su presión inmisericorde sobre los contados (y en verdad valientes) egipcios que le hacían frente, la infiltración del partido ¡que no cofradía ni hermandad por favor, entérense en todos los niveles y áreas sociales. No hubo oposición ideológica ninguna ante la intolerancia rampante y cada vez más crecida y excluyente (recuerda mucho a lo que está sucediendo en Cataluña y Vascongadas, sin nadie articulando un imaginario y unos objetivos nacionales frente a los separa- P ero queda el dominio del imaginario colectivo, ese campo que, desde la muerte de Abd en- Naser, los gobiernos sucesivos- -paradójicamente tachados de herejes e impíos- -han cedido a los Hermanos Musulmanes, quienes no necesitan ganarse a la sociedad egipcia por la sencilla razón de que la han ganado ya. Las nutridas manifestaciones de estos días son fáciles de conseguir en Egipto, por aguerridos y respetables que sean muchos de sus componentes: en El Cairo, de día hay casi veinte millones de almas y el Parlamento lo componía más de un 70 por ciento de islamistas, incluso más extremistas que los Hermanos. Mal futuro el de Egipto: echaron a Mubarak y Mursi y los periodistas occidentales se dieron el gusto de vivir la épica de derribar a dos tiranos (lo eran) Ahora sólo falta aclarar quién pagará la cuenta para la reconstrucción económica y social y cómo se va a dar marcha atrás en la reislamización enloquecida en que habían metido a un país de por sí muy islamizado. Si el régimen que salga tras corregir la Constitución y celebrar nuevas elecciones consigue algo de esto, habrá servido el pragmatismo de admitir un golpe militar. SERAFÍN FANJUL ES MIEMBRO DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA