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14 OPINIÓN LA FONTANA DE ORO PUEBLA LUNES, 24 DE JUNIO DE 2013 abc. es opinion ABC FÉLIX MADERO OFICIO DE PASEANTE Los españoles no somos menos que otros, pero sí distintos y desmemoriados REO que Vicente del Bosque tiene razón cuando dice en ABC que no tenemos que envidiar a nadie. A nadie, querrá decir, en fútbol y en otros deportes, supongo. Sí, no es cuestión de compararnos ni de ir por ahí repitiendo esa estupidez de que es español aquel que no puede ser otra cosa. Aquellos que piensan que visto lo visto lo normal es que las palabras siesta y fiesta fueran un invento español, tan español que otras lenguas las han hecho suyas, hemos de explicarles lo mucho que hemos hecho en los últimos treinta años. Somos un pueblo de trabajadores que esconde en su tripas a seis millones que quieren trabajar y no pueden. No somos menos que otros, pero sí distintos. De memoria andamos mal. La memoria, que tantas veces nos espanta, nos sitúa en ocasiones al borde del ridículo. Suelo ir a ver a un amigo que sin que él lo pretenda me regala siempre un argumento para escribir esto que ahora, amable lector, le ocupa. En fin, que iba yo a ver a José Manuel Pazos- -de la misma manera que Umbral iba a comprar el pan- cuando volví a reparar en un enorme solar que hay entre las calles Juan Bravo y Lagasca. Sin duda es uno de los más caros de España porque es zona exclusiva a unos metros de las tiendas más caras de Madrid. No tendría mayor importancia el descubrimiento si no fuera porque me planté ante el solar y la memoria me avisó de que el sitio siempre está igual: sin obreros, sin movimiento, sin el ruido propio de una gran construcción. El terreno está pulcramente vallado, circunstancia que no puede esconder que está tan vacío como una piscina sin agua. La publicidad anunciaba viviendas de lujo y de forma implícita no se recataba en avisar que sin dinero mejor no pedir información. Se lo cuento a mi amigo y me dice que algo pasa porque ya no hay grúas y han desmontado toda la maquinaria propia de una gran obra. Sí, le digo, pero la publicidad ahí sigue. Pero mi amigo no hace lo que yo, que leo hasta las pintadas de los grafiteros, y le cuento que el enorme cartel anuncia esto: Edificio XXX. Está en construcción y ya es un mito Ocurre que no hay nada construido y ningún mito que contar. El creador de la publicidad debía ser un ignorante, o no tanto. Puede que supiera que hay cosas imposibles tras la burbuja inmobilaria y se ajustó al significado de la palabra mito, o sea: ficción alegórica. Bien José Manuel, no nos machaquemos como españoles, asumamos que otros administran su memoria mejor que nosotros. Qué bien haría el promotor del mito en quitar el anuncio. Sobre todo porque alguien se va a morir de un ataque de risa al leerlo. Además de pretencioso, tonto. O sea, un disparate. Junio de 2013, y ahí sigue el mito. Recuerdo ácido de lo que un día fuimos. C EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA JAVIER TOMEO El gran tema monográfico de Tomeo era la soledad; sólo que bajo ese manto se cobijaban todas las angustias que merodean al hombre MPECÉ a leer a Javier Tomeo allá a mediados de los ochenta, cuando la editorial Anagrama lo dio a conocer al gran público, con títulos como Amado monstruo o El castillo de la carta cifrada. Para entonces, Tomeo ya era cincuentón y llevaba muchos años escribiendo; en las fotografías de sus libros aparecía su rostro totémico, con algo de ariete embestidor y algo de mascarón de proa, como tallado a golpe de hacha, ocupando todo el objetivo de la cámara. Durante años lo imaginé como un hombre hosco e impracticable, acaso colérico, encerrado como un minotauro en su laberinto de fantasías misantrópicas; cuando al fin me lo presentaron, me pareció por contraste bienhumorado y tímido, muy dulcemente ingenuo, como un ogro bueno que hubiese perdido, por falta de uso, la facultad para amedrentar a los niños. Escribía novelas muy compendiosas y claustrofóbicas, también cuentos minimalistas, poblados siempre de criaturas monstruosas que se daban topetazos contra las paredes de su soledad, hasta descalabrarse. Siempre me pareció que en aquellas historias había un fondo de dolor supurante; pero Tomeo mitigaba ese dolor con las vendas de un humor satírico y surreal, una sorna subterránea y negrísima que se iba decantando hacia el absurdo, logrando instalar al lector en un clima de plácida irrealidad que al final saltaba hecho añicos, dinamitado E por la sombra de una tragedia. Alguien dijo con malevolencia que los libros de Javier Tomeo eran como un plato de croquetas: un manjar acaso suculento para los paladares que supiesen disfrutarlo, pero en cualquier caso un manjar que siempre se repetía, hasta hacerse tedioso. A mí nunca llegaron a aburrirme aquellas historias que, en efecto, merodeaban siempre las mismas obsesiones, tal vez porque descubría en ellas la lealtad a un universo personal e intransferible; y porque creo que la grandeza de un escritor es inversamente proporcional al tamaño de su universo. Siempre hay que sospechar del escritor que prueba a mostrarnos muchos universos, pues en la versatilidad hay algo de impostura; y, en este sentido, Tomeo era el escritor menos sospechoso del mundo. El gran tema monográfico de Tomeo era la soledad y la incomunicación; sólo que bajo ese manto se cobijaban todas las angustias que merodean al hombre: el miedo a la muerte, el miedo al sexo, el miedo al prójimo, y las aberrantes taras que tales miedos encubren. Tomeo contemplaba tales taras con una lente de aumento, deformante y caricaturesca; y lo hacía con una socarronería que alcanzaba momentos de comicidad insuperable, en contraste con una escritura que mantenía siempre la impasibilidad del entomólogo. Sus personajes eran siempre excéntricos; y sus excentricidades- -físicas o morales, con frecuencia ambas- -habían ido colonizando poco a poco sus almas, como una gangrena callada, hasta convertirlos en lacayos o en tiranos: lacayos en busca de un tirano que los sometiese; tiranos en busca de un lacayo a quien poder someter; lacayos y tiranos íntimamente abrazados en su ansia nunca colmada de redención. Toda la obra de Javier Tomeo debe leerse como una parábola- -sin pretensiones moralizantes, pero extremadamente moral- -sobre la condición humana; una parábola de fondo amargo, a menudo habitada de secretos horrores y patologías confusas, que sin embargo sabía aliviarse de un humor discretamente cazurro. Vuelvo a mirar las fotografías de sus libros: en su gran rostro totémico, con algo de ariete embestidor y algo de mascarán de proa, creo descubrir, como suele ocurrirles a los ogros buenos, un anhelo de ternura.