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18 OPINIÓN POSTALES PUEBLA DOMINGO, 23 DE JUNIO DE 2013 abc. es opinion ABC JOSÉ MARÍA CARRASCAL OBAMA El presidente Obama se halla bajo el fuego cruzado de ambos extremos del espectro político. Pero puede ser la forma de gobernar hoy B ARACK Obama se encuentra en una situación inédita para un presidente norteamericano: la de ser de izquierdas para la extrema derecha y de derechas para la extrema izquierda. Y lo más curioso es que sus actos avalan ambas censuras. Obama no ha cerrado Guantánamo, ha despachado drones para liquidar a peligrosos terroristas (o comandos, para eliminar a Ben Laden) ha autorizado barridos electrónicos de conversaciones privadas que, de haberlo hecho Bush Jr. le hubieran llamado nazi, y ha reducido los gastos sociales por debajo de presidentes tan conservadores como Nixon, Reagan y los Bush. Pero al mismo tiempo ha revitalizado la economía USA con estímulos cuyo solo anuncio de retirada ha tumbado las bolsas europeas y emprendido reformas en emigración, sanidad e investigación con las que nadie se había atrevido. O sea, que tanto puede acusársele de progre como de ultra ¿Qué es realmente el presidente norteamericano? Pues, algo que una Europa anclada en los viejos esquemas ideológicos no acaba de entender: un hombre que desborda el área tradicional de su partido y adopta posiciones contrapuestas para mantener el paso en un mundo cada vez más complejo y resbaladizo. Puede incluso clasificársele como un hombre de centro. Ser un político de centro tras el tsunami económico y la revolución informática que ha convertido nuestro planeta en una aldea global, significa tirar por la borda las orejeras ideológicas y encarar la nueva realidad, que nada tiene que ver con la salida de la Segunda Guerra Mundial ni con el pulso mantenido por Moscú y Washington por la hegemonía. Pulso que terminó con el desplome de la Unión Soviética, pero del que los Estados Unidos salieron tocados por el enorme esfuerzo que tuvieron que hacer para ganar. Es más, tras ganarlo, los norteamericanos se dieron cuenta de que su victoria había sido pírrica, pues quedaron empeñados hasta las cejas, con China como la mayor poseedora de deuda USA, hasta el punto de que, si decidiera cobrarla, se quedaría hasta con la Casa Blanca. Claro que no lo hace porque Pekín fue el primera en adoptar una conducta bipolar: liberal en economía, conservadora en política. Obama está haciendo lo mismo, sólo que al revés: en el exterior, mantiene la única guerra que le interesa, contra el terrorismo, sin hacer mucho caso de los derechos civiles, mientras en el interior reduce gastos individuales y multiplica los generales, que activan la economía. Con ello enfada a ambos extremos, con acusaciones de socialista noruego por parte republicana y de segundo Bush por parte demócrata. Pero tal vez sea la forma de gobernar en el siglo XXI. Un líder no tiene que temer a estas alturas las críticas de los suyos ni, menos, las de la oposición, ya que los problemas actuales desbordan las angostas fronteras de unos y de otros. Un líder hoy ha de trascender las bases de su partido y utilizar sin rebozo las fórmulas del rival si es necesario. En Europa, esto suena a chino. Y, en efecto, lo es. PROVERBIOS MORALES JON JUARISTI PRIVILEGIOS Los conciertos económicos no deben ser utilizados por el Gobierno como recurso para la negociación política ON la trifulca que se ha armado desde Cataluña en torno a los conciertos económicos, ha vuelto a salir a flote la cuestión de la excepcionalidad vasca, que no se agota, ni mucho menos, en el aspecto fiscal. Los tiempos no son propicios al privilegio, y hay partidos que plantean la actual crisis como una coyuntura favorable a la nivelación de las diferencias regionales, lo que, dicho así, no suena a disparate pero puede serlo. No es casual, por otra parte, que la impugnación del régimen de conciertos haya surgido del sector federalista del PSC (aunque UPyD, que no se caracteriza por simpatías hacia el federalismo, la incluyera desde el principio en su programa máximo) El federalismo ha sido en España una ideología artificial y perniciosa, sobre todo para la propia izquierda que lo impulsó. Se cargó la Primera República y tuvo bastante que ver con el fracaso militar y político de la Segunda. Su desdén por la Historia resulta verdaderamente escandaloso (como mucho, ha invocado incomprobables divisiones prehistóricas para justificar su obsesiva necesidad de hacer tabla rasa de la nación histórica) Ha tirado siempre de lo más tonto y perezoso de la parroquia, o de lo más pedante, y con gusto nos devolvería a Atapuerca para empezar de cero y convertir España en un mosaico caprichoso y tribal, cuando lo cierto es que, con toda su variedad, España tiene C menos de mosaico que cualquier otra nación europea, como muy acertadamente observó Julián Marías. Iba a decir que el federalismo es la otra cara del centralismo estéril, arbitrario y estúpido, pero no sería exacto. Es la misma. Un federalismo en España, por la sencilla razón de que la nación histórica ha sido agregativa y unitaria, sólo podría mantenerse desde un Estado central autoritario e hipertrofiado (como ha sucedido en las repúblicas federales latinoamericanas, por cierto) Otra cosa es que el régimen de conciertos y, en general, la relación del Estado con la autonomía vasca necesiten ser encauzados y apartados de derivas insolidarias y secesionistas. Pero para eso no es necesario cargarse diferencias legítimas. Entre sacar los tanques a la calle (como parecen estar deseando, más que temiendo, los nacionalistas vascos) y mantener la política de concesiones que ha convertido medio País Vasco en feudo de la izquierda abertzale, hay una tercera vía razonable y justa, que es la de una responsabilidad nacional que ha brillado por su ausencia desde los orígenes mismos de la Transición. Porque las concesiones de todo tipo, y en particular las hechas en las negociaciones del cupo, aunque se hayan justificado como tentativas de atraer al nacionalismo vasco hacia la lealtad constitucional, han tenido mucho más que ver con los intereses coyunturales de los partidos del Gobierno, necesitados de alianzas con los nacionalistas. Resultaría absurdamente tautológico reprochar a éstos un comportamiento oportunista y desleal (por definición, el nacionalismo es ambas cosas) cuando se han limitado a aprovecharse de que desde el ejecutivo se hayan antepuesto los intereses de los partidos gobernantes a los de la nación. El resultado está a la vista: por una parte, el eclipse en el País Vasco de los partidos de ámbito nacional, cuyos votantes se han cansado de dar su apoyo a formaciones más deferentes con los nacionalistas que con sus propias bases electorales, y por otra, la apropiación por el nacionalismo vasco de unas peculiaridades institucionales que formaban parte del legado histórico del Estado liberal. Quizás haya llegado el momento de recuperarlas y devolverles su sentido original. Por algo hay que empezar.