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ABC JUEVES, 20 DE JUNIO DE 2013 abc. es cultura CULTURA 57 chusma y élite tal vez la definición más estricta de lo que es el nazismo. El profesor de Marburgo da con una componenda confortable para no perturbar su estudioso sosiego: enviar a su discípula y amante a Heidelberg. Allí, el aún amigo Karl Jaspers podrá hacerse cargo de la dirección de su tesis sobre San Agustín. Y mucho más importante el maestro podrá seguir visitándola a escondidas, con menos riesgo de ser descubierto. Es una decisión mezquina. Como casi todas las decisiones personales de Martin Heidegger. Pero eso permite a Arendt abrir su horizonte de pensamiento. En Jaspers encontrará una inteligencia, quizá no tan poderosa como la del de Marburgo, pero incomparablemente más compasiva. En 1929, tiene lugar el matrimonio de Arendt y Stern. Defiende su tesis sobre el amor en San Agustín, prepara su libro sobre Rahel Varnhagen, lee a Marx y a Trotsky... El ascenso de la avalancha nazi la lleva a retornar sobre su condición judía. En el verano de 1933 es detenida brevemente por la Gestapo. Toma la decisión de huir. Y, desde París, contribuye a la defensa de los judíos perseguidos en Alemania: Si te atacan como judío, debes defenderte como judío escribe a Günther Gaus. Son los años del exilio militante alemán en París: los años últimos, en los cuales Walter Benjamin con quien Hannah mantendrá una amistad entrañable elabora sus notas para el inacabado Pasajes y da forma definitiva a sus póstumas Tesis de filosofía de la historia, puede que la más grande reflexión sobre el marxismo en el siglo veinte. Pero tampoco París era ya seguro. Es detenida en 1940. Emprende la huida nuevamente: Lisboa, primero; finalmente, Nueva York y un nuevo mundo. Benjamin perecerá en el camino. Y allí, en los Estados Unidos comienza la gran Arendt. Librada del peso de la jerga heideggeriana no del recuerdo del hombre al cual, de un modo paradójico y oscuro seguirá amando siempre liberada del academicismo muerto. Hannah Arendt rechaza, a partir de ese día, ser llamada filósofa Ella hace cuenta a todos cuantos la entrevistan teoría política Es otra cosa. Puede que en su memoria filosofía y nazismo estuvieran demasiado amalgamadas en el nombre de Heidegger, a quien sin embargo hizo lo que pudo por ayudar cuando todos, tras la caída de Hitler, lo abandonaron. Y llegan los trabajos descomunales. Tres hombres fundamentales MARTIN HEIDEGGER FILÓSOFO Fue para Arendt el maestro y el amante, furtivo porque ella era judía y él asumió el papel que le tenía reservado la Alemania nazi KARL JASPERS FILÓSOFO Dirigió su tesis sobre San Agustín y en él encontró la compasión que no podía hallar en el magisterio de Heidegger WALTER BENJAMIN FILÓSOFO Imagen del juicio a Adolf Eichmann ABC La bofetada OTI RODRÍGUEZ MARCHANTE Hannah Arendt mantuvo con el intelectual una amistad entrañable, la de dos almas gemelas abocadas al exilio Los orígenes del totalitarismo, en primer lugar, que es hasta hoy la reflexión más rigurosa sobre los monstruos de entreguerras de los cuales surgió la más atroz matanza de la historia, la Condición humana de 1958, On Revolution en 1963... Su reportaje sobre el jucio en Israel del último verdugo del nazismo, Adolf Eichmann, la convertirá en objeto de polémica mayor: Eichmann en Jerusalén es un libro brillante y paradójico. Marcado por la grandeza de quien quiere mirar el horror sin que la lucidez se pierda. Aun cuando en esa lucidez puedan abrirse paso destellos ambiguos que, sobre todo, Gershom Scholem criticará amistosamente. Murió en 1975, en Nueva York. Dejó una obra grande. Vivió una vida generosa. Y libre. l cine de la alemana Margarethe von Trotta es de pisada fuerte, plantígrada y tiene el rigor casi disuasorio de eso que se llamó el nuevo cine alemán, hoy tan nuevo como algunas de sus consignas. Retratista de la sociedad de su tiempo y de algunas de sus figuras, Von Trotta se fija aquí en la pensadora y escritora Hannah Arendt situándola en uno de los momentos más complejos y polémicos de su vida: en 1961 asistió al juicio en Israel del nazi Adolf Eichmann y escribió unas crónicas para el New Yorker que contenían, además del libro publicado posteriormente, Eichmann en Jerusalén el germen de una idea subversiva, inquietante y por la que le lloverían palos: la idea de la banalidad del mal, la extrema crueldad no por ser cruel sino por ser útil o eficaz. Adolf Eichmann tenía que ser un monstruo carnicero, y cualquier otra consideración fue un atentado a lo correcto, y las reflexiones al respecto de la filósofa sacudieron el clan como una alfombra de sinagoga. La película se esfuerza en ofrecer una imagen muy enfocada de la figura y el pensamiento de esa mujer pétrea, de su ida y vuelta al área de influencia de su maestro y amante Hei- E degger (al que Von Trotta clava en el corcho de la película para que lo miremos con una pinza en la nariz) aunque quizá no enfoque con tanta precisión el ambiente intelectual y político que rodeaba a la pensadora exiliada en ese Nueva York judeo- alemán al término de la segunda guerra mundial. Y Margarethe von Trotta consigue un producto de máxima calidad, de imagen y estructura clásicas, profundamente reflexivo hasta el punto de que se pueden ver y mascar las ideas del personaje, magníficamente interpretado por Barbara Sukowa, santo y seña en la filmografía de esta directora. Pero lo que de verdad convierte la película en algo especial es la voluntad que pone su directora en (con) fundirse con su personaje, con Hannah Arendt, en compartir con ella la lluvia de palos, pues el bofetón que resuena de nuevo no va realmente contra un Eichmann culpable, sino contra el papel de los consejos judíos en la destrucción de su propio pueblo, sin duda el capítulo más oscuro en toda su oscura historia lo cual queda sórdidamente subrayado en la soledad de su protagonista. Lo que denuncia la película, o su personaje, no es el mal, sea trascendente o banal, del genocida, sino esas otras responsabilidades más cercanas y colectivas. Sobre el mal Fue como si en aquellos últimos minutos Eichmann resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible trivialidad del mal, ante la cual las palabras y el pensamiento son impotentes Sobre los totalitarismos Los movimientos totalitarios debieron gran parte de su atractivo a un vago y amargo talante antioccidental... Hasta el momento de llegar a conquistar el poder pudieron utilizar esta pasión por lo profundo y por lo ricamente irracional