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ABC JUEVES, 20 DE JUNIO DE 2013 abc. es opinion OPINIÓN 13 EL CONTRAPUNTO UNA RAYA EN EL AGUA ISABEL SAN SEBASTIÁN CAPACIDAD, ESFUERZO, MÉRITO, RESULTADO Si España llega a salvarse será merced a una educación distinta, opuesta a la que reciben hoy sus hijos T IENE razón Soraya Sáenz de Santamaría cuando reprocha al Partido Socialista carecer del menor interés en resolver uno de los problemas más acuciantes a los que se enfrenta España: el deterioro galopante de su sistema educativo. Un colapso de proporciones históricas que condena al desempleo al 57 por ciento de nuestros jóvenes, nos sitúa a la cabeza del abandono escolar en el seno de la UE, sólo superados por Malta, y aboca irremediablemente a este país a permanecer anclado en el fondo fangoso de una crisis que nos ahoga. Ante esta situación dramática, fruto de un sistema fracasado, ideado y perpetuado por la izquierda desde comienzos de los ochenta, el PSOE sigue apostando por la demagogia barata. Su discurso es tan burdo, tan antiguo, que cuesta emplazarlo en el siglo XXI. Pero aquí estamos, en el año 2013, oyéndoles hablar de niños ricos, niños pobres como si no fueran ellos los principales responsables de degradar con sus políticas la educación pública hasta levantar una barrera cada vez más insalvable entre quienes pueden pagarse un colegio o una universidad privados y quienes no tienen medios para hacerlo. Ellos, los partidarios de bajar hasta el subsuelo el listón de la exigencia en la enseñanza, con el fin de igualar en la mediocridad y el pretexto de no excluir a nadie, cargan sobre sus espaldas la culpa de haber convertido España en un erial pedagógico. ¿Cómo van a inculcar los maestros en los alumnos la cultura del esfuerzo si el vago siempre encuentra comprensión mientras el aplicado es objeto de chanzas? ¿Dónde va a enmarcar el profesor el mensaje del mérito, de la necesidad de trabajar para alcanzar unos determinados objetivos, si el discurso oficial dominante sitúa en la Administración y el Presupuesto toda la responsabilidad de los resultados académicos? ¿Qué justicia hay en tratar del mismo modo a quien ni acredita igual capacidad ni mucho menos pone el mismo empeño? Produce vergüenza ajena asistir al linchamiento que está sufriendo el ministro Wert a manos de esa izquierda por querer implantar un sistema de becas que exija una nota mínima de 6,5 para renovar la ayuda. ¡Seis con cinco! Un aprobado alto. Ni siquiera un notable o un sobresaliente, como demandan las becas más prestigiosas del mundo. Un punto y medio por encima del mínimo les parece excesivo, porque desprecian el valor de la perseverancia, la constancia, el sacrificio. Porque les aterra el talento, el brillo, la capacidad que tienen algunas personas de despuntar por encima de la media. Porque no creen en el individuo ni en la libertad que nos permite a cada uno de nosotros trazar nuestro propio camino, a la vez que nos obliga a elegir. Pues bien; si España llega a salvarse, si logra salir algún día de este magma grasiento de chapuza, mentira, ineficacia y corrupción en el que chapotea desde hace tiempo, será merced a una educación distinta, distante, opuesta a la que reciben hoy sus hijos. Ésta es evidente que ha fracasado, con las honrosas excepciones que confirman cualquier regla. Y no hay más que ver la deriva en la que estamos para comprender lo sombrío que será el futuro cuando a toda esa generación perdida la del 57 por ciento de parados menores de treinta años víctimas de la Logse, le llegue el momento de tomar el relevo y nutrir las arcas del Fisco... Wert tiene muy poco tiempo y un desafío gigantesco ante sí. Esperemos que reciba el respaldo suficiente para llevar a buen puerto su reforma, porque si no lo consigue todo lo demás será prácticamente nada. IGNACIO CAMACHO CARTOGRAFÍA DEL ENCHUFE El principal privilegio del poder es la máquina de colocar. En España no sobran funcionarios, sino enchufados N España no sobran funcionarios, sino enchufados. Una masa de empleados de confianza (política) desparramada por las instituciones y reclutada con criterios clientelistas. La mayoría de ellos está incrustada en las autonomías, que han clonado, multiplicándola por 17, la Administración del Estado sin incrementar su eficacia. Han creado agencias, empresas, consejos, observatorios y entidades diversas con el doble objetivo de escapar del control de la intervención del gasto y de constituir un aparato burocrático al servicio del gobierno de turno. Los nacionalistas lo han hecho para levantar infraestructuras de estaditos y los dos grandes partidos para consolidar su influencia con el más claro de los privilegios del poder: el de colocar gente en la nómina pública. Ayuntamientos y diputaciones han imitado el ejemplo a escala y a la medida de sus posibilidades, y entre todos se ha ido tejiendo una malla clientelar cuya verdadera extensión escapa al alcance de cualquier auditoría o estudio sistemático. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos asesores existen en el mapa institucional, ni cuántos chóferes, ni cuántos directivos de organismossatélites. Hay televisiones públicas de pueblo cuyos directores tienen hasta jefe de gabinete. De las tres administraciones españolas, la central es la más racionalizada. La dispersión territorial ha generado un magma redundante y desquiciado. Algunas comunidades, obligadas al esfuerzo de ajuste, han preferido suprimir o reducir servicios básicos antes que despedir personal contratado. De los recortes en sanidad o educación siempre se puede culpar a alguien de más arriba pero la máquina de colocar es responsabilidad de quien la pone en marcha. El poder consiste sobre todo en crear mecanismos de dependencia, mercados de favores, y ninguno más directo y explícito que el de acoger a personas concretas bajo el paraguas presupuestario. Por eso el éxito del plan de reforma de Rajoy va a depender de la dudosa buena voluntad de los regímenes autonómicos, sobre los que el Gobierno carece de poderes constitucionales. El presidente podrá limar por decreto el tamaño del Estado central pero ir más allá va a topar con la resistencia de los virreinatos, incluidos los que controla el PP. Para los nuevos señores de taifas, eliminar organismos y adelgazar plantillas equivale a amputarse las manos con las que se agarran a su franquicia decisiva. Tienen coartada política en sus estatutos y no dudarán en llenarse la boca con retóricos principios de soberanía. Para devolverle cierta sensatez a la hipertrofia administrativa, el Gobierno tendría que desplegar una estrategia de pactos que le va a resultar agotadora y tal vez estéril. Empezando por su propio partido. Del informe gubernamental del viernes cabría conformarse con que dibuje, siquiera de forma aproximada, la hasta ahora invisible cartografía nacional del enchufe. E JM NIETO Fe de ratas