Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
12 OPINIÓN POSTALES PUEBLA MIÉRCOLES, 12 DE JUNIO DE 2013 abc. es opinion ABC JOSÉ MARÍA CARRASCAL LA HORA DE URDANGARÍN O acepta Urdangarín las responsabilidades que le correspondan en las sociedades o arrastrará con él a su esposa LEGA la hora de la verdad para Iñaki Urdangarín. De hecho, le llegó en el momento mismo en que se le abrió causa, pero prefirió darle largas, y ahora se encuentra frente a ella como ante las astas afiladas de un toro. Las últimas declaraciones de Mario Sorribas, su apoderado en la empresa Aizóon, en la que figuraban como empleados sus servidores domésticos en el chalé de Pedralbes, le dejan sin escape. No sólo a él, sino también a su esposa, copropietaria al 50 por ciento de Aizóon. Sin que le valga la maniobra que intentó en el Instituto Nóos: echar a su socio, Diego Torres, todas las culpas de que obtuviesen dinero de las más diversas administraciones sin ofrecer a cambio poco más que aire y pompa social. Ya entonces, el juez instructor dijo que no era creíble que el papel del duque fuese tan limitado. En Aizóon, la empresa creada con igual propósito cuando desde la Zarzuela le indicaron que debía abandonar Nóos, ni siquiera tiene ese escape. Porque en Aizóon su socio es su esposa, la Infanta Cristina. Y una de dos, o él asume entera, personal y plenamente la responsabilidad de las actividades de ambas sociedades, asegurando por activa y por pasiva que su esposa no tenía en los Consejos de Administración de los que formaba parte otra función que la meramente decorativa o continúa en su empeño de que era él quién vivía ajeno a las tramas montadas en dichos Consejos de Administración. Las dos cosas al mismo tiempo, repito sin ser jurista, por mera lógica, no. Es más, ya ha visto a qué le ha conducido: a que aflorasen e- mails que ponían en entredicho el papel de su esposa en la toma de decisiones en las compañías sin ánimo de lucro que habían creado, pero de las que todo apunta se lucraron personalmente, aunque eso tendrán que decidirlo los tribunales. Ahora, la cosa es mucho más grave al declarar sus más estrechos colaboradores que su papel en el entramado estaba al mismo nivel que el de Diego Torres. Confirmando, además, que las cantidades cobradas por conseguir unos Juegos Europeos en Valencia (382.204 euros) y fomentar unos Juegos Olímpicos y Paraolímpicos en Madrid (140.000 euros) fueron auténticos regalos, al no haber apenas contraprestación. En situaciones tan desesperadas suele pensarse en el milagro o en la salvación desde las alturas. Pero el caso ha ido demasiado lejos y el clima en España está para todo menos para eso. La exculpación extrajurídica sólo puede venir de un acto de clemencia del Gobierno o de generosidad de la Jefatura del Estado. Y bueno está el Gobierno para dar indultos en casos de corrupción, mientras que fue el propio Jefe de Estado quien dijo en su alocución navideña de hace dos años que la Justicia en nuestro país es igual para todos. Lo que menos necesitan ambas instituciones es un acto de favoritismo tan evidente. Asumir la responsabilidad de los propios actos es uno de los fundamentos de la democracia, si no el principal. Iñaki Urdangarín no puede eludir esa responsabilidad por más tiempo. Lo único que puede es arrastrar a su esposa con él o asumir la responsabilidad de lo ocurrido en Noós y Aizón, y esperar que, esta vez, la Justicia le crea. L CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC HORA DE CIERRE Las crisis son mecanismos de depuración. No destruyen, potencian. Es lo que está pasando en otros horizontes. No en Europa ASADO el tiempo de tensión y conflicto, las sociedades ven llegar el sueño plácido de la decadencia. A todos cuantos han meditado en lo humano les sorprende esa paradoja. Yo la releía ayer en un pensador del siglo XVII que dice estar haciendo sólo un Tratado político y que está armando la espoleta de un artefacto letal para la política: En los tiempos de paz y una vez pospuestos sus miedos, los hombres se vuelven fofos e indolentes Y así cruzan el umbral de la servidumbre. Y su esplendor precede a su caída. Y es su causa. Los matemáticos llaman fractales a ciertas estructuras, descritas por Mandelbrot en 1974, cada nódulo de las cuales da la red completa. Venimos llamando Europa, desde el año próximo hará con exactitud un siglo, al fractal de una muerte. Infinitesimalmente repetida en los puntos que dan eco a su sueño después de extinta. Lo único claro, en este amanecer del siglo XXI, es que no va a resucitar. No hay amante de la literatura de entreguerras que no tenga hoy la certeza de estar viviendo lo que ya leyó. La resquebrajadura el crack- up de los héroes tan frágiles de Scott Fitzgerald narra nuestra historia. Y el Charlie Wales de Regreso a Babilonia, acodado en la barra del bar, ahora vacío, que vio el esplendor de una juventud dorada, ¿quién no lo está viviendo hoy, a su pobre y nada P poética manera, en los gestos de quienes hemos perdido el mundo estable que creímos nuestro? No se exige la alcohólica nostalgia del Ritz de la plaza Vendôme, para saberse en el tobogán que lleva a ninguna parte. Cada cafetería cerrada, cada tienda que echó para siempre su cortina metálica en las calles por las que caminamos, habla en nosotros la elegíaca lengua de Charlie y Marion. Lo idéntico de la repetición no es tan sólo el repetido ciclo de la crisis: la del 29 entonces, ahora la de 2008. Las crisis son mecanismos de depuración y regulan el mercado. No destruyen, potencian. Cruelmente, desde luego: cruel es todo cuanto concierne a los humanos. Pero potencian. Es lo que está pasando en otros horizontes. No en Europa. Pero, ¿es que existe Europa? Un hombre, en el huracán del año 1914, respondió a esa pregunta: no, Europa, la fantasía que en torno a esa palabra alzó el último tercio del siglo XIX, había ardido. Con todo el teatro de cartón piedra, tras cuya solemnidad creyó abrigarse. Ese hombre se llamaba Sigmund Freud. Y su diagnóstico terminal era demasiado duro para ser aceptado. Luego vendría 1939. Y la Gran Guerra quedaría en nada. Los últimos escombros fueron barridos: hablo de escombros morales. No hay cultura ni geografía que haya sobrevivido jamás a dos tempestades de muerte tales en menos de medio siglo. Llegó entonces la ficción. Eran los tiempos de la Guerra Fría, para cuyo durísimo despliegue se hacía preciso, entre 1948 y 1989, alzar un repetido escaparate de riqueza que se contrapusiera al muro sin disfraz del otro lado. Y en la línea de frente, el contraste entre la luz más destellante y el más gris de los cementos jugó su función simbólica. Con eficacia. Y Europa, al lado occidental del muro, fue trocada en una esplendorosa aldea Potemkin ya saben, uno de aquellos decorados de opereta que un ministro avispado iba colocando en las orillas del río por el cual navegaba una emperatriz convencida de haber hecho de Rusia un paraíso. Cayó el muro en el otoño de 1989. Y el escaparate carísimo perdió todas sus funciones. Nadie iba a seguir pagándolo: tras el fingido esplendor, la decadencia. Es la hora ya de ir echando el cierre.