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12 OPINIÓN LLUVIA ÁCIDA PUEBLA MARTES, 4 DE JUNIO DE 2013 abc. es opinion ABC DAVID GISTAU PERDER EL MAR Debemos congratularnos de que el Rey no tuviera con su barco la misma relación que Belmonte con su caballo L mar apenas lo conozco sino como paisaje, casi siempre contemplado desde esas playas norteñas, elegantes, que aún no se han repuesto del impacto del topless la noticia de un pecho puede propagarse por las calles como antaño la de las velas vikingas avistadas en el horizonte. Comprendo, sin embargo, la fascinación de los que navegan, y la melancolía de los que dejan de hacerlo. Conrad escribió una tristísima novela acerca de lo que queda del pirata cuando se jubila en una casa de tierra adentro. Tuve un tío que se pasó treinta años añorando el mar en una cadena de montaje de Valladolid. Y eso que él trabajaba en la sala de máquinas de un mercante, es decir, que su concepto de estar embarcado no se parecía al de Valentino cuando en cubierta lo acompaña Elle McPherson. Debemos congratularnos de que el Rey no tuviera con su barco la misma relación que Belmonte con su caballo. O de que no lo usara como aquel bote en el que Arthur Cravan, el sobrino poeta y boxeador de Oscar Wilde, se adentró en el mar de México para no regresar jamás. Con menos dramatismo, en este caso, la aceptación de la finitud sólo ha desembocado en un aséptico anuncio según el cual se suspende el uso del Fortuna. Recuerda a cuando Chanquete sacó del agua su propio barco, que no sé si luego lo quemaron con él dentro por dar la tabarra con el acordeón o si es que, en el recuerdo, se me han mezclado las motos de Hijos de la anarquía y las bicis de Verano azul El Rey no pierde un barco, pierde el mar. Y la pérdida se añade a otras, como la de África, que han ido mondando todo cuanto en su personaje evocara a Hemingway, hasta dejárnoslo convertido en un alto funcionario con una vida más aburrida que la mía. Y más desnaturalizada por las renuncias. Todas, concebidas como parte de un ciclo penitente en el que coincidieron la discusión personal que el Rey entabló con su posteridad y el colapso de un tiempo fundacional que no era sólo suyo, sino también de sus contemporáneos. Los supongo a todos igual de atónitos ante esta prematura sensación de fracaso colectivo en un país que hace poco se sentía flamante. El Rey va perdiendo complementos, como un Ken con tan sólo un traje. Y exhibe la disposición a vivir lo que Hughes llamó el último trueno de la edad como un personaje sin apenas digresiones que aún pudiera lograr la hazaña en la que nadie cree: volver a ser, el país y él, sincronizados en el declinar, tal y como se recuerdan cuando se alumbraron mutuamente. Casi entristece comprobar que semejante esfuerzo ni siquiera consigue, al menos no aún, rescatar la Corona, objeto de esa furia que establece la temperatura de nuestro tiempo, y que ya ha franqueado incluso las puertas de las óperas, donde era pecado que te timbrara el móvil. E COSAS MÍAS EDURNE URIARTE LOS INTELECTUALES IMPECABLES Con esa pretensión de las primarias obligatorias, los intelectuales dan por supuesto que los mecanismos de democracia indirecta de los partidos no son democracia OS intelectuales siempre han tenido ese problema, pero la crisis lo ha exacerbado. Me refiero a esa tentación de situarse por encima del bien y del mal, a esa apuesta por los ideales y los principios, pero sin preocupación excesiva por los datos de la realidad o sin responsabilidad alguna por la práctica política. Que es lo que le pasa a la campaña que han emprendido algunos contra los partidos con el manifiesto por la reforma radical de la ley de partidos. El concepto de impecable es de un gran politólogo español desaparecido antes de tiempo, Rafael del Águila, que publicó en 2000 un magnífico libro sobre las razones de Estado (La senda del mal. Política y razón de Estado) En él reflexionaba, entre otras cosas, sobre el ciudadano impecable y sobre el discurso moralista e impecable que hace a los políticos o a la política responsables de todas las tensiones y escisiones o de todos los problemas, mientras convierte a intelectuales, jueces y periodistas en los nuevos héroes. Unos héroes que, por cierto, no han de responsabilizarse por las consecuencias de los consejos que dan, lo que facilita que piensen en términos de princi- L pios, pero hace difícil su encaje efectivo en el mundo político A la propuesta de reforma de los partidos políticos hecha por los intelectuales le pasa lo anterior y algunas cosas más. Todo suena muy bien, quién va a decir que no a eso de que los partidos sean más democráticos y transparentes, pero encaja de muy mala manera en la realidad. Comenzando por la propia lógica del análisis, la que elude el dato de que, si también los nuevos partidos, UPyD o Ciutadans, por ejemplo, sufren de los mismos males denunciados, eso querrá decir que quizá no haya muchas alternativas reales a su funcionamiento. Y siguiendo por el concepto de democracia. Con esa pretensión de las primarias obligatorias, los intelectuales dan por supuesto que los mecanismos de democracia indirecta de los partidos no son democracia. Y si se acepta lo anterior, habrá que concluir que no existen los sistemas democráticos, que son un fraude, puesto que todos están basados en la democracia indirecta, en la elección de representantes. O que no es cierto que las elecciones sirvan precisamente para que los ciudadanos acaben con los partidos que no les gustan y formen y fortalezcan otros. Pero los intelectuales impecables olvidan otras dos cuestiones aún más básicas de la política ciudadana real. La primera, que menos del 3 por ciento de españoles milita en partidos políticos, quizá porque no llega al 10 por ciento (en ninguna encuesta del CIS) el porcentaje de ciudadanos muy interesados por la política y la gran mayoría (el 65 por ciento) dice estar poco o nada interesada. Y la segunda, que un partido, lo mismo que un departamento universitario o un periódico, necesita ser eficaz y lograr objetivos. Y eso requiere de organización, disciplina y jerarquía, como dan fe todos y cada uno de los que han sobrevivido en el planeta. Quien dice organización dice oligarquía sentenció Robert Michels en su clásico sobre los partidos. Sí, pero la única oligarquía democrática de las sociedades actuales. Es bien sencillo combatirla. Formando otro partido, impecable, y presentándote a las elecciones. Sólo falta una cosa, que te voten.