Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO, 11 DE MAYO DE 2013 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA ALFREDO LANDA Desbordante de una humanidad que le reventaba las costuras del traje, con el corazón siempre en mangas de camisa ON Alfredo Landa compartí secuencia en una película de José Luis Garci, Historia de un beso, donde el maestro interpretaba a Blas Otamendi, un escritor barojiano que renunciaba al amor, después de haberlo saboreado fugazmente. En Historia de un beso yo hacía un cameo como gacetillero petimetre que entrevistaba al protagonista; y aunque mi papel quedó despachado en una sesión, me pasé varios días por los estudios, por disfrutar de aquel ambiente a la vez fraterno y desquiciado. Así pude asistir al rodaje de una secuencia en la que Otamendi, sólo ante la cámara, explicaba en un largo soliloquio las razones de su renuncia: era un parlamento particularmente bello; y al encantamiento de las palabras se sumaba el talento de un actorazo que lograba desvelar los jeroglíficos más confusos del corazón, con una voz agrietada de dolor, antes del esguince humorístico final. Por aquellos años traté bastante a Alfredo Landa, un navarro bronco y tierno, tumultuoso y socarrón, y a su maravillosa mujer, Maite, que tenía una gracia descacharrante y juvenil, como de personaje de Jardiel Poncela. Acababa yo por entonces de escribir un guión para Garci, en el que se recreaba la peripecia de los últimos de Filipinas aquel destacamento militar que siguió defendiendo la posición de Baler cuando ya España había entregado sus últimas posesiones ultramarinas; y en el C que Landa debía interpretar el papel de un fraile trabucaire que le venía como pintiparado. Alfredo Landa estaba muy contento con el papel, con el que quería poner el broche final a su carrera; pero adversidades diversas hicieron imposible la producción de aquella película. En su lugar rodó, también a las órdenes de Garci, la fordiana Luz de domingo sobre un relato de Pérez de Ayala, cerrando así el círculo iniciado con Las verdes praderas que fue la obra con la que Landa logró escapar al encasillamiento del género al que puso nombre, el landismo Landa, que no renegaba de aquellas películas que le habían brindado popularidad y dinero, estaba muy agradecido a Garci, que había sido el director que le había permitido reinventarse en la madurez, probando sus cualidades dramáticas en títulos como El crack o Canción de cuna Toda la segunda carrera de Landa, con hitos como Los santos inocentes o El bosque animado no habría sido posible si Garci no hubiese descubierto en él, bajo la fachada histriónica y estereotipada, al Spencer Tracy español. En cierta ocasión, al calor de los dry martinis, Landa me confesó que Garci era el director que lo había hecho actor verdadero; entre ellos la amistad fluía desconcertante y agreste, como un río de montaña en el que la exultación se entreveraba de remansos melancólicos, ironías chispeantes y raptos coléricos, en humanísimo y cordial mogollón. Así era Landa, desbordante de una humanidad que le reventaba las costuras del traje, con el corazón siempre en mangas de camisa, palpitando en el pecho y en los ojillos que a veces se esmaltaban con la sombra de una lágrima. Lo recuerdo perorando- -alta madrugada sin reloj- -en la cocina de su casa, donde preparaba unos dry martinis antológicos que, según escribiera Garci, introducen dentro de tu alma todo Melville: relámpagos, truenos, viento, oleaje, salitre y fuegos de San Telmo Y toda aquella agitación atmosférica se congregaba en su voz, lúcida y atropellada, en pugilato constante contra el sueño y el aburrimiento. Descansa en paz, maestro. Allá en el cielo, donde te imagino enseñando a los ángeles a mezclar el vermú y la ginebra, rodaremos Los últimos de Filipinas IGNACIO CAMACHO EL SECRETO DE SUS OJOS Landa tenía el poder de convocar en su mirada el registro exacto de la lealtad, la ira, la ternura y el sufrimiento N España ha habido y hay actores tan buenos como Alfredo Landa o aún mejores, pero ninguno ha logrado acuñar un género con su nombre. Lo paradójico es que el landismo era un fenómeno más bien cutre, de mensaje casposo y estética deplorable, al que su protagonista supo dotar de la dignidad necesaria para transformarlo en el símbolo sociológico de una época. Alrededor de ese popular cine de paleto costumbrismo surgieron muchos otros productos similares que se disiparon en la memoria nacional porque no tenían dentro el talento, la profesionalidad y el arrollador desparpajo de este gigante al que su amigo Garci supo encontrarle el secreto que definía su estilo, su impronta y su genio: la inmensa, abismal, conmovedora profundidad de su mirada. Landa era nuestro Ugo Tognazzi, nuestro Alberto Sordi. Cuando el landismo se disolvió en el dinamismo de la sociedad española junto con el subdesarrollo económico e intelectual que eficazmente retrataba, el gran Alfredo se reinventó en el enorme actorazo que llevaba dentro: un intérprete hondo, enérgico, con un nervio formidable para extraer el registro de la ternura y de la cólera, de la ansiedad y del fracaso. Tenía el poder de convocar en sus ojos la expresión exacta, simbólica y humanísima, de la lealtad, del sufrimiento, del cariño, de la derrota. Era- -lo fue de hecho en una serie de TV- -la encarnación del sanchopanza que lleva dentro el español medio, el arquetipo de un hombre pragmático y medroso capaz de un heroísmo sublime y trágico. Su arte interpretativo estaba impregnado de una potente emocionalidad que atravesaba la piel del espectador para generarle un inmediato escalofrío de empatía que lo identificaba como uno de los nuestros; el retrato de una cierta españolidad sentimental, densa y emotiva. Todo eso lo fundió en su papel cenital, casi mágico: aquel Paco el Bajo de Los santos inocentes que trasminaba en su mirada perruna, desolada, de perdedor todo el dramatismo íntimo de la resignación y la injusticia. Con directores de rango como Borau, Cuerda, Bardem o Gutiérrez Aragón supo sacar de sí mismo una creatividad versátil, sensible y sólida, pero fue Garci el que le mejor le arrancó la hondura de aquel gesto de nobleza y de piedad que erigió en santo y seña de su identidad artística. Landa liquidó el landismo con su propia mirada; lo empaquetó como un vestigio de la sociología, una reliquia documental, y lo enterró bajo toneladas de la tierna humanidad que desparramaba con su estampa de hombre cercano, franco y algo vencido. Aquel rijoso ligón de suecas, aquel sempiterno adúltero frustrado, se convirtió mediante un portentoso ejercicio de dignidad en el médico consolador, en el padre afligido, en el detective solitario, en el amigo fiel. Y sobre todo en el campesino humillado de Delibes, que le deja en la Historia con la grandeza moral de un soberbio paradigma literario. E 110 AÑOS DE HUMOR GRÁFICO EN ABC Antonio Mingote (30 06 2001)