Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
12 OPINIÓN LA FONTANA DE ORO PUEBLA LUNES, 6 DE MAYO DE 2013 abc. es opinion ABC FÉLIX MADERO LA PATA Y LA MANO Pero, ¿cómo vamos a eliminar la corrupción si somos incapaces de reconocerla? NTONIO Basagoiti es persona sensata a quien se le entiende con facilidad. Le acompaña a veces una pátina de ingenuidad que lo convierte en el Peter Pan de los populares. Cuando asegura que puede haber políticos que hayan metido la pata o la mano, pero esa no es la política de su partido está diciendo una obviedad que, por serlo, no significa nada, y menos ante compañeros que guardan silencio o se lían balbuceantes y tartamudos cuando les preguntan por Bárcenas. Para su desgracia sabe de gente que ha metido la pata con la misma intensidad que la mano. Por lo general el metepatas político transita los mismos terrenos que el ladrón. Y así suele ocurrir que cuando los pillan digan sandeces como que ellos no sabían, que no se dieron cuenta. Toda esta gentuza muchos cargos públicos renovados por el voto lanar engordan los más de 1.600 casos de corrupción que hacen imposible una Justicia moderna y rápida. Jueces y fiscales se afanan en cerrar instrucciones que siempre están engordando. Pura tautología judicial. Meten la pata y la mano en el Ayuntamiento sevillano de Pomares, donde bajo la bicoca de los llamados gastos de protocolo caben lechazos, mariscadas, vinos, tabaco y gin tonics que se beben en copa de balón a base de marcas de ginebra desconocidas y mezcladas con raras marcas de aguas tónicas a las que ponen trozos de pepino. Los muy horteras, qué pronto aprenden. Pero, ya se sabe: para pasar de la mortadela al refinamiento de los licores hacen falta algunas menesterosas generaciones. Enfrente de los populares sevillanos están los socialistas de Orense, que pagaron la juerga con fondos públicos para homenajear al alcalde Francisco Rodríguez. El hombre lo estaba pasando mal, entiéndanlo, y había que hacerle una fiesta antes de que lo detuvieran. Así lo explica alguien que bebió y comió: Teníamos que mantener la unidad personal y de criterio. Y por eso metieron la mano en la partida con la que a base de dinero público se subvenciona al PSOE local. Y de ahí salieron fiestas, alcohol, marisco y copas en chiringuitos de playa. A nadie se le ocurrió la idea de quitarse la depresión con el dinero de su bolsillo. ¿Para qué, si lo permite el protocolo? Desde 2007 escucho a gente sensata decir que no saldremos de la crisis si no rebajamos los casos de corrupción; casos que imposibilitan cualquier rehabilitación de la marca España en el exterior. Pero, ¿qué vamos a rebajar y cómo si somos incapaces de reconocerlos? Imposible salir así de una crisis que ha degenerado en tres, la económica, la institucional y la política. Así es sinsentido hablar de pactos, los pida o no el Rey. Hasta que no terminemos con la corrupción seremos incapaces de llegar a pactos por el empleo y otros de mayor calado. En política sorber y soplar al tiempo es imposible, pero meter la pata y la mano no. Aquí se hace con esmero. Y, además, el protocolo lo explica y justifica. A EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA EL DISCRETO ENCANTO DE LAS AUTONOMÍAS Las autonomías, además de ser fuente de despilfarros, se han revelado como una formidable máquina de demogresca U NO de cada cuatro españoles abomina del Estado de las autonomías, según una de esas encuestas con que periódicamente nos apedrea el CIS; y siete de cada diez piensan que ha funcionado regular, mal o muy mal. Jaime G. Mora, comentando ayer estos datos estadísticos, observaba muy perspicazmente que el descrédito del régimen autonómico discurre paralelo al deterioro de nuestra economía: mientras duraron las vacas gordas, las autonomías molaban a (casi) todo hijo de vecino; ahora que las vacas flaquean, parecen haberse convertido en la bicha que conviene asfixiar. Es triste que los españoles guiemos nuestro aprecio o desprecio de las instituciones políticas por razones tan mostrencas, olvidando que la finalidad última de toda institución política es la consecución del bien común. Y el caso es que el régimen autonómico del Estado es una de las mayores lacras que sufrimos los españoles; mas no porque incremente el gasto público. Hay que reconocer que el modelo de organización territorial diseñado en la Constitución de 1978 es un apaño chapucero, empezando por esa confusa distinción entre nacionalidades y regiones que establecía dos vías de acceso a la autonomía, pasando por el batiburrillo en el reparto de competencias y terminando por el dislocamiento que el régimen autonómico ha introducido en el sis- tema electoral. De todos estos errores de origen eran conscientes los llamados padres de la Constitución como luego han revelado en multitud de declaraciones, orales y escritas; y para justificar tales errores siempre se ampararon en una coartada que se ha revelado inane, cual era la de aquietar la voracidad nacionalista. Pero, dando por válida esa coartada, tratar de contentar a quienes nunca están contentos es un error craso, sobre todo si ese intento se hace a costa del bien común. Algunos ni siquiera aceptamos que tal coartada fuera la razón verdadera de tan craso error; por el contrario, pensamos que en el Estado autonómico los partidos políticos tanto los nacionalistas como los nacionales vislumbraron una suculenta oportunidad para engordar sus burocracias y parasitar los recursos públicos. Pero, fuera cual fuese la razón última de aquel error, la triste realidad es que las autonomías, además de ser fuente de despilfarros, causa de embrollos administrativos y pitanza para el parasitismo de los partidos políticos, se han revelado como una formidable máquina de demogresca. Decía Aristóteles que el objeto de un gobierno sano es la consecución del bien común; y que el objeto de un gobierno corrompido es la consecución de intereses particulares. El sistema autonómico está diseñado para satisfacer una constante demanda de intereses particulares, logrados a costa del bien común; y la satisfacción de dichos intereses, además de generar procesos totalitarios en el ámbito de cada región inmersiones lingüísticas, mitificaciones históricas, etcétera ha creado desde el primer momento una cadena de agravios entre regiones, poniendo en peligro la concordia de los españoles, que desposeídos de la noción de bien común, dejan de ser una mancomunidad de almas para convertirse en multitud de gentes enzarzadas entre sí en una consecución de sucesivos intereses particulares que, aun colmados, nunca sacian del todo (como ocurre siempre con los caprichos que se conceden a un niño emberrinchado) Y mientras crecía la demogresca alimentada por el Estado autonómico, crecían también las burocracias de los partidos políticos, que hallaron en la división creciente de los españoles su caldo nutritivo. Esto es lo que en verdad hace detestable el Estado de las autonomías.