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12 OPINIÓN AD LIBITUM PUEBLA MIÉRCOLES, 17 DE ABRIL DE 2013 abc. es opinion ABC MANUEL MARTIN FERRAND COMO VELETAS Es curioso que, como Esperanza Aguirre, la baronesa Thatcher también fuera ministra de Educación ARGARET Thatcher- -no confundir con la decrépita imagen que de ella da Meryl Streep en La dama de hierro- -fue una fuerza de la naturaleza. Una entre la media docena de políticos europeos que marcaron el rumbo y el sentido del siglo XX y que, para disgusto de sus más sañudos críticos, evitó que el Reino Unido se instalara en el pelotón de los torpes del Viejo Continente. Su radicalidad conservadora, tan legítima como su contraria y muchísimo más provechosa para la ciudadanía, quizás pueda resultar excesiva desde una contemplación liberal y, a las pruebas me remito, sigue resultando irritante y hasta provocadora- ¡un cuarto de siglo después del fin de su carrera política! -para todos aquellos que se dicen progres y tienden a confundir la retórica izquierdista con la eficacia redentora de los males sociales. Esta misma mañana, en la catedral de San Pablo de Londres, se celebra un solemne funeral por la que fue primera ministra del Reino Unido y sigue siendo un modelo de ejercicio político cimentado en las propias convicciones y en la coherencia constante entre sus ideas, sus dichos y sus hechos. Esperanza Aguirre, uno de los pocos notables de la política española que asistirá a tan significativo funeral, ha dicho de Thatcher que ningún político de los últimos 60 años ha sido más fiel a sus principios como ella lo fue. Es toda una oración fúnebre que aumenta su valor aquí y ahora, en donde los políticos- -los unos y los otros- -funcionan según el soplo de las encuestas al modo con que lo hacen las veletas por el impulso cambiante del viento. Posiblemente, entre toda la nómica política europea, tan plural como excesiva, no encontremos dos contrafiguras de Margaret Thatcher tan claras y rotundas como Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba. Ambos, cada cual a su modo y con su insignia, se han instalado en el pensamiento variable y, lo que es peor, presumen de ello y quieren presentárnoslo como astucia operativa. Rubalcaba se evapora- ¿se sublima? -y Rajoy, ya gaseoso, ni tan siquiera se toma el trabajo de, después de incumplir en plenitud las líneas básicas de su programa electoral, decirnos dónde vamos y cuáles son las etapas principales que definen esa ruta ignota. Los dos harían bien y aliviarían la tribulación colectiva, que no es poca, si, al menos en lo que respecta a la firmeza ideológica, fuesen capaces de ver en Margaret Thatcher un modelo de conducta. El thatcherismo, si prescindimos de su letra pequeña, es un modelo útil y benéfico para redimir una Nación y evitar la quiebra de un Estado. Es la capacidad de enfrentarse al riesgo y mantener el ánimo hasta convertirlo en certeza de prosperidad. Es curioso que, como Esperanza Aguirre, la baronesa Thatcher también fuera ministra de Educación. M CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC ASIMETRÍA Y TERROR El objetivo toma su eficacia de la ausencia de objetivo: el hombre a asesinar es cualquiera; lo cual quiere decir que es todos ADA, después del 11 de septiembre de 2001, nos resulta inesperado. Es la gran mutación sobre la cual se abría el siglo. A lo largo de los cuarenta años que duró la guerra fría, una lógica del mal menor se impuso. El equilibrio del terror nuclear fue su paradigma: sobre la hipótesis de que aun el hipotético contendiente que ganara arrostraría costes excesivos, se estabilizó el frente mundial. Lo punteaban guerras locales que no incidieran sobre puntos neurálgicos de las dos potencias. La implosión de la URSS acabó con la larga partida. Los más ingenuos pensaron que era el inicio de un amplio paréntesis de calma. Hubo quien hasta proclamó el fin de la historia. Los arrebatos de euforia son cegadores. Y el que siguió al hundimiento a plomo de la ruinosa economía soviética, eximió de analizar hasta qué punto el mundo que de aquel medio siglo de guerra anómala afloraba era cualquier cosa menos armónico. Septiembre de 2001 puso sobre la escena algo muy elemental y muy olvidado: que, en la desesperación sin fondo que genera la miseria, las formas más salvajes de superstición son casi siempre las más seductoras. Y las que, al fin, acaban por conquistar la devoción de las muchedumbres desesperadas. Si a alguien se le hubiera pasado por la cabeza, diez años antes, que un anacronismo bárbaro como el islam podría envolverse N en el manto retórico de la liberación de los humildes, hubiera provocado sólo una homérica carcajada. Hoy, la resonancia de esa locura lo contamina todo. No hay aún, cuando escribo, reivindicación formal del atentado en Boston. Pero su descripción es significativa. Dos bombas estallan simultáneamente en un festivo espacio repleto de ciudadanos comunes. Ni se busca un objetivo militar, ni se personaliza un blanco político. El objetivo toma su eficacia precisamente de la ausencia de objetivo: el hombre a asesinar no tiene nombre ni apellido; es cualquiera; lo cual quiere decir que es todos, sin distinción de edad, género, creencia o ideario. Eso hace el terror que pone en movimiento un terror absoluto: aquel de cuyo acecho nadie, absolutamente nadie, puede soñar saberse a salvo. Puede que las primeras muestras modernas de ese proceder indiferenciado sean las practicadas por los hombres de Hamas en las líneas de autobuses israelíes. Que fueron el laboratorio de lo que iba a venir luego: Nueva York, Bali, Madrid, Londres... Y la pérdida de cualquier presunción de inocencia. Existir- -y existir en un país del primer mundo sobre todo- -es ser culpable. El acto terrorista se limita a ejecutar una sentencia teológica. La guerra asimétrica nace en esa sentencia. No es del todo nuevo, desde luego. Una concepción que tan por completo deshumaniza la figura del ciudadano de la nación enemiga subyacía a las tesis que, en abril de 1967, proponía Ernesto Che Guevara como fundamento para la Tricontinental. Aunque entonces pudiéramos pensar que era retórica, todo estaba ya en su llamamiento al odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal. Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total Total, como sólo puede serlo una teocracia. Y los sueños más locos de la revolución dieron de bruces en el jardín de Alá. Del cual nadie retorna.