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42 ABCdelDEPORTE Fórmula 1 Gran premio de Malasia LUNES, 25 DE MARZO DE 2013 abc. es deportes ABC Red Bull en llamas Vettel y Webber no se miran ni se hablan en el podio después de que el alemán incumpliera las órdenes y le arrebatara el triunfo al australiano JOSÉ CARLOS J. CARABIAS ra, ya no estaba Fernando Alonso, y en Mercedes se planteó un dilema similar. El recién llegado Hamilton era más lento que Nico Rosberg y éste pidió permiso para adelantar a su compañero y amigo. Ross Brawn, perro viejo de la F- 1, ideólogo de los éxitos de Schumacher en Ferrari, bajó el pulgar. Negativo, Nico Y a regañadientes, el alemán asumió el mandato. Soberbia de Vettel La soberbia venció a Vettel. Pudo y debió contenerse puesto que le advirtieron que no adelantase. Él se colocó en una gradación superlativa. Por encima de todos. Mantuvo una magnífica pugna con Webber sobre la pista, dos colosos frente a frente brindando un espectáculo magnífico. Webber trató de cerrarlo contra el muro, Vettel replicó con maestría y logró su objetivo. Otra victoria en su casillero que derivó, sin embargo, en un nuevo capítulo de relaciones sociales en el podio y en las ruedas de prensa. Al bajar del coche, no sintió ningún remordimiento. Hubo una lucha y gané yo dijo después de llamar estúpido a Webber por la radio y de que éste le dedicase una peineta. En la entrega de trofeos, Red Bull era un funeral, amargo sabor de victorias que generan malhumor e incomprensión. Y solo reaccionó muy al final tal y como se reacciona últimamente en muchos ámbitos. Pedir perdón sale casi gratis. Me he equivocado. Lo siento, Mark expresó Sebastian Vettel. Un gesto espontáneo lo dice todo. Retrata relaciones, define conciencias y fija jerarquías. Sirve para explicar la realidad cuando se abandonan las actitudes políticamente correctas. Supone desprenderse de la careta, abrir las ventanas y oxigenar el ambiente. Mark Webber llegó a la sala que precede al podio del circuito de Sepang, una estancia desnuda: dos hombres, Sebastian Vettel y Adrian Newey, una mesa con las gorras Pirelli preceptivas para la entrega de trofeos y material de consumo para combatir el bochorno de Malasia, toallas, refrescos, agua... Webber no saludó a su compañero piloto y a su ingeniero jefe, merodeó de un lado a otro como un oso hambriento y enjaulado y solo cuando tomó asiento transmitió su estado de ánimo a través de una contorsión del rostro. Con las televisiones de medio mundo apuntándolo, lanzó una sarta de reproches encendidos hacia Vettel y Newey. El gran premio de Malasia, que Fernando Alonso no terminó por un toque en la primera vuelta, provocó un cisma en Red Bull. Ganó Vettel saltándose a la torera la orden de su equipo de no adelantar a Webber. El doblete tuvo aire de entierro. Los vínculos que se enquistan no suelen mejorar salvo manifiesto cambio de actitud de una de las partes. Vettel y Webber llevan tiempo condenados a una relación de conveniencia. El alemán es el niño bonito de Red Bull, criado en la escuela de marines del doctor Marko, un jefe con modos sádicos que separa al fuerte del débil y lo empuja a la F- 1. El australiano es el escudero perfecto, un piloto veterano que garantiza profesionalidad a cambio de un salario potente. El mejor equipo de los últimos tres años lo tiene claro: Vettel es el elegido. Tres veces conquistó el Mundial. Parece mejor piloto y más rápido que su compañero. Pero a Vettel le asiste un intangible del que carece Webber, la confianza. Hamilton, en McLaren Hamilton se dirigió al garaje de McLaren a cambiar ruedas, pero no lo esperaban. Ya no trabaja allí. Siguió hacia Mercedes, su nuevo hogar. Esa sensación perceptible en cualquier relación laboral que permite más o menos atrevimiento al obrar. El germano ya provocó una histeria similar en Red Bull hace unos años en Turquía, al atacar el liderazgo de Webber y destruir el doblete seguro. Los dos se retiraron. No hubo reprimenda o sanción pública para él. Y ayer, amparado en la seguridad que le otorgan los títulos y la estima de sus jefes, Vettel lo volvió a hacer. Era más veloz en pista que Webber, pero Red Bull ordenó un statu quo. Se había consumido la mitad de la carre-