Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO, 23 DE MARZO DE 2013 abc. es opinion OPINIÓN 15 UNA RAYA EN EL AGUA EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA JESUITAS Una Iglesia en la que la Compañía de Jesús permanece relegada es una Iglesia enferma A elección del Papa Francisco ha devuelto a los jesuitas un protagonismo del que no disfrutaban desde hace décadas. De momento, es un protagonismo mediático (resulta, en verdad, divertido ver cómo se disputan su presencia en sitios donde hasta hace unas pocas semanas no los querían ver ni en pintura) pero estoy seguro de que, vueltas las aguas mediáticas a su cauce, la Compañía de Jesús volverá a cobrar- ¡incluso a su pesar! -el puesto de relieve que por justicia le corresponde. Para mí es un motivo de inmensa alegría- -gaudium maximum- porque considero que el relativo ostracismo en que han sido confinados los jesuitas ha sido uno de los fenómenos más empobrecedores para la Iglesia de las últimas décadas. No negaremos que la Compañía de Jesús haya padecido una profunda crisis, como en general la han padecido las órdenes y congregaciones religiosas, fruto de las convulsiones postconciliares; tampoco negaremos que, por ser la Compañía de Jesús la orden más numerosa e influyente, tal crisis se haya revestido de expresiones más dramáticas. Pero una Iglesia en la que la Compañía de Jesús permanece relegada es una Iglesia enferma; no hace falta sino volver la vista atrás y analizar las épocas en que la Compañía de Jesús padeció disoluciones o pretericiones para comprobar este aserto. En los últimos años, he dirigido un programa te- L levisivo, Lágrimas en la lluvia, por el que han desfilado muchos jesuitas. Al principio me costaba mucho arrastrarlos hasta el plató; pero, poco a poco, sus reticencias (de las cuales seguramente mis propias intemperancias eran en gran medida culpables) fueron cediendo y acabaron por convertirse en uno de los puntales del programa. Admiro mucho a los jesuitas: su carisma, su espiritualidad, su formación, su apostolado educativo y social, su originalidad en el modo de afrontar las grandes cuestiones de nuestro tiempo, a la luz de una fe que se encarna de las formas más variadas y apasionantes; admiro mucho también su probidad intelectual y su sabiduría, que no se queda en erudición ornamental, sino que penetra en la médula misma de las cosas, y que es fruto por igual de la contemplación y del estudio. Humanamente son personas que, en un primer contacto, pueden parecer un tanto impenetrables, incluso hoscas; pero cuando se brindan lo hacen con todas las consecuencias, con una generosidad sin alharacas en verdad conmovedora; y con una vocación de servicio apabullante. Quiero mencionar, entre los muchos jesuitas que he tenido el gozo de conocer en los últimos años, a tres que me han dejado un huella muy honda: el padre Alfredo Verdoy, historiador y director de la benemérita revista Razón y fe, un hombre recio que exuda coraje y autenticidad en cuanto dice y en cuanto hace; el padre Manuel Carreira, astrofísico, una de las inteligencias más pasmosas y abarcadoras que he conocido en mi vida; y el hermano Raúl González Fabre, filósofo y economista, una mente lucidísima, irónica y cordial, capaz de hacer transparentes los conocimientos más abstrusos. Antes hablaba de la originalidad jesuítica. Creo que lo más hermoso del carisma ignaciano es que aquilata a los hombres de un modo único: les robustece el esqueleto del alma, a la vez que nutre su musculatura; y esa musculatura, potentísima, se expresa de los modos más fecundos y diversos. No hay dos jesuitas iguales, aunque todos se nutran de una espiritualidad común; y esto da a la Compañía una riqueza sin parangón. Que esa riqueza tenga ahora una oportunidad de volver a brindarse en plenitud, sanando heridas viejas y enconadas, es una gran noticia para la Iglesia. IGNACIO CAMACHO EL EFECTO BARRABÁS La vida política española se ha vuelto rehén de su pasado y vive pendiente de una cuerda de sospechosos habituales ENÍA razón Rubalcaba con lo del ataque de sinceridad: así no se puede gobernar. Ni en Madrid, ni en Andalucía, ni en Cataluña, ni... En uno de los momentos más dramáticos de su Historia, la democracia española vive pendiente de que a un puñado de ladrones, comisionistas o traficantes de influencias les dé un arrebato de memoria y saquen de la trastienda del poder todos los demonios que hay encerrados en sus armarios y hasta en sus zulos desde la época feliz de los pelotazos, las burbujas y el esplendor de una prosperidad disipada. En los periódicos casi no hay noticias políticas; las primeras planas y los telediarios llevan semanas atravesadas de jueces, presidiarios, imputados y demás sospechosos habituales. No se vislumbran signos de vida inteligente. La vida parlamentaria funciona al trantrán y la clase dirigente gobierna mirando de reojo a los tribunales y a la policía. Hasta la Corona parece en un impasse a la espera de lo que se ventile en un juzgado. La vida pública española se ha vuelto rehén de su pasado. De aquel tiempo no tan lejano de impunidades presentidas en el que nadie creía que se iba a morir de hambre la gallina de los huevos de oro. De esa época despendolada vienen los manejos de Bárcenas, los trucos de los EREs, los trajes de Camps, la gasolinera de Blanco, el aeropuerto de Fabra, las ITV de Pujol, las hipotecas abusivas, los convenios de Urdanga. Algunos de estos casos pisaron ya la frontera dudosa de los primeros síntomas de la crisis, como si sus protagonistas hubiesen creído de veras las minimizaciones dolosas de Zapatero. Simplemente, no había conciencia de futuro ni ética de la responsabilidad; todos pensaban que éste era un alegre país de eterna dicha, una economía de crecimiento irreversible, una tierra prometida de leche y miel. Lo creyeron también los ciudadanos, los que firmaban los créditos vitalicios con trabajos eventuales, los que sacaban a los hijos de la escuela para alicatar cuartos de baño. La gente que nunca se siente culpable porque siempre puede delegar en la falta de ejemplaridad de unos dirigentes enajenados en su falsa utopía. Ahora todo aquel delirio acumulado de postizas grandezas parece un pantano sobre el que flotan los endebles palafitos de una democracia en estado crítico. Y una cuerda de delincuentes protagoniza el libreto de la política más denostada de la democracia. Hemos llegado a un punto en el que el pueblo concede más credibilidad a los ladrones que a sus propios representantes, y está deseando oír el relato de sus fechorías para proporcionarse una catarsis. Un perverso efecto Barrabás que ha dejado el destino de la nación y de sus autonomías en manos de una caterva de capataces deshonestos que tienen ahora el poder de desnudar al régimen que les dio carta blanca para manejar, en su provecho y en el de sabe Dios quién más, el cortijo de sus intereses. T 110 AÑOS DE HUMOR GRÁFICO EN ABC Chumy Chúmez (02 12 1990)