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26 PRIMER PLANO Papa Francisco Opinión MIÉRCOLES, 20 DE MARZO DE 2013 abc. es ABC El Papa Francisco no dudó en romper el protocolo para saludar a los fieles durante el recorrido que hizo por San Pedro antes de la Misa REUTERS ANÁLISIS IGNACIO CAMACHO LOS CAMINOS DE ROMA Quienes le conocen sugieren que a este Papa no le va a temblar la mano para hacer cambios ENÍAN andando deprisa, bajo la fresca del alba, desde todos los puntos cardinales marcados por una rosa de los vientos sobre el pavimento de la plaza de San Pedro. Desde el oeste por la Via Aurelia, desde el Norte por el elegante barrio de Prati, desde el sur por la Via delle Fornacci, desde el este, cruzando el río, por la emblemática Via della Conziliazione. Fieles romanos, curiosos, turistas, peregrinos de todas las razas y religiosos, muchos religiosos: frailes de hábitos austeros, monjas de mil congregaciones, obispos de tocados púrpura, clérigos con las blancas estolas en la mano. Blindado por un enjambre de guardias, el recinto vaticano era de nuevo ayer el eje de todos los caminos de la fe, el solemne centro universal de la catolicidad, el viejo corazón de la historia del orbe cristiano. A eso de las nueve de la mañana, el papamóvil arrancó a moverse por entre los pasillos de los cuadrantes de una plaza llena, aunque no abarrotada. Sobre el jeep descubierto, en pie vestido de blanco, alto y de expresión afable, el Papa Francisco parecía la estampa de un redivivo Juan XXIII al que un dibujante hubiese añadido la sonrisa de un personaje de Mafalda. El coche pasaba y repasaba entre la gente para que nadie se quedase sin su perspectiva cercana, y el Santo Padre repartía saludos, gestos, guiños, mohínes. De vez en cuando se paraba a besar un niño, levantaba el pulgar ante un grupo de compatriotas con sus banderitas albicelestes o se detenía a bendecir a un discapacitado. A Francisco le gusta la gente y se le nota tanto como que a la gente le gusta él; le gusta tocar y que le toquen, la cercanía física como expresión de empatía moral. En esos momentos preliminares aún era el cardenal argentino recién llegado a Roma desde el fin del mundo, el forastero algo desubicado que se agarra al contacto humano para no perder pie en su nueva responsabilidad. Luego subió despacio la escalinata de la inmensa basílica, entró a la sacristía que hay junto a la Pietà de Miguel Ángel y salió de ella con el rostro concentrado de un Papa. Allí empezó otro segmento, el más solemne, el nuclear, de la ceremonia inaugural. Bajaron los patriarcas eclesiásticos a la cripta de San Pedro, bajo el baldaquino de Bernini, y Francisco surgió de ella como si acabase de recoger el testigo. Cantaban los cardenales, con sus casullas doradas, el Laudes Regiae en un templo vacío, y al salir la comitiva al atrio exterior, ante los mandatarios de la Iglesia y del mundo, ya estaba desplegado el escenario de un ritual histórico, de enorme potencia estética y avasallador magnetismo visual. Con todo, Bergoglio había mandado simplificar el ceremonial diseñado por su antecesor Benedicto XVI, despojar- V la de cierta magnificencia rígida, abre- rrado todos sus discursos desde el miérviar algunos protocolos como el de la coles: Pregate per me rezad por mí, expresión de obediencia de los carde- como una declaración de lo que se le ha nales, aligerar el ritmo de la liturgia, ate- venido encima. nuar la severa gravedad del momento. Y eso fue todo, o casi. Luego la EucaEra su toque de estilo: más sobrio, más ristía, consagrada en latín, los cánticos, discreto, menos aparatoso dentro del las plegarias en griego y en árabe, la coesplendor de un rito pensado para im- munión repartida a pie de plaza por depresionar por su grandeza simbólica. El cenas de clérigos mezclados entre la mismo sello llevaba su homilía, que sor- multitud. Y las campanas, las campaprendió por su brevedad y su sencillez nas de la fachada de San Pedro volteanparroquial, alejada de la profundidad do junto a todas las de Roma como en teológica y de la esperada y convencio- la noche de lluvia de la fumata blanca. nal alocución programática. Y la suave, lenta retirada del nuevo PonNo fue ni de lejos un discurso de in- tífice escaleras arriba, con su rostro ya vestidura al uso. O sí, en la medida en sin sonrisa expuesto al primer plano de que pudo dar a entender que su progra- las pantallas colocadas ante la doble coma es su propio estilo. Resultó más bien lumnata mientras la gente se empezauna plática humilde de misa dominical ba a dispersar sin prisa, hormigueando, en la que entreveró algún compromiso haciendo fotos, demorándose para apucontundente, como su concepto del po- rar la experiencia. Seguían sonando las der el poder del Pontificado y el poder campanas cuando los dignatarios enpolítico de las decenas de gobernantes traron a la basílica para honrar al Ponallí concentrados como servicio. Ha- tífice y se quedó vacío el escenario de bló, como suele, de la bondad y de la ter- Guido Marini, con sus alfombras rojas nura, como lo haría un predicador fran- y sus centros de flores, y Conziliazione ciscano glosando la figura de José, el sanabajo desaguaba la riada humana miento del día. Y sin salirse esta vez de las tras por una puerta lateral, junto al cuartillas quizá pensaba que no era Aula Paolo VI, salían los cardenamomento inflexionó la voz y el les y los estadistas en larga coademán para poner énfasis en mitiva de coches con cristalos más pobres, los más débiles tintados. Con un llamales y los más pequeños con tivo vestido de colores y un evidente subrayado touna sonrisa de piano, una nal que arrancó de la plaza diplomática ghanesa se el mayor aplauso de la masoltó del brazo de un ñana. También declamó obispo para resumir con vehemencia retóen dos palabra su rica una frase de conimpresión sobre la tenido moral sobre la mañana. Comu Parecía un Juan limpieza de espíritu: nica esperanza XXIII al que un dibu El odio, la envidia y Aún no era mediola soberbia ensucian día, hacía un sol tijante hubiese añadido la vida Dijo sporcabio entre nubes y la sonrisa de un perre, en italiano, que sonó Roma se volvía otra sonaje de Mafalda fuerte y seco como un vez centrífuga, caótialegato de nobleza. Y terca, dispersa y alborotaminó con la súplica que ha ceda. Viva. La estampa