Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
12 OPINIÓN POSTALES PUEBLA VIERNES, 15 DE MARZO DE 2013 abc. es opinion ABC JOSÉ MARÍA CARRASCAL EL PAPA QUE IBA EN METRO El Papa Francisco no es hombre de una sola pieza, sino de muchas. El Papa que necesita hoy la Iglesia católica ORPRESA? Yo diría, más bien, despiste. Los vaticanistas, conclavistas, periodistas y expertos de todo tipo se han pegado un planchazo de agárrate. Ni uno solo predijo que el nuevo Papa sería Jorge Mario Bergoglio. ¿Por qué? Pues porque veían la elección de un Pontífice como si fuera la de un jefe de Gobierno, presos de la política diaria, de las intrigas, de las maquinaciones y misterios, que esparcen autores tan pobres de cualidades literarias como ansiosos de hacerse ricos a costa de un público capaz de creer cualquier cosa, con tal de que alguien le saque de su aburrimiento. Con el Papa Francisco esos autores van a tenerlo difícil, aunque estoy seguro de que lo intentarán, ya elevándole a los altares, ya enviándole a los infiernos, como han hecho con tantos otros Papas. Digo que lo tendrán difícil porque están ante un personaje tan simple como complejo. Ni conservador ni liberal; ni revolucionario ni antirrevolucionario; ni dogmático ni progresista; ni intelectual ni antiintelectual. Mejor dicho, todas esas cosas juntas, como un san Francisco de Asís y un san Francisco Javier al mismo tiempo. Trasciende incluso de su condición de argentino, por sus orígenes familiares italianos, y quien quiera meterl en tales encasillamientos se equivoca, como se equivocaron al hacer pronósticos sobre este cónclave. Aunque hay en él algo por encima de todas esas cualidades, que muy bien pudiera haber sido la razón que decidiera a los demás cardenales a elegirle: la humildad, la dimensión humana, que pudimos apreciar en su primera aparición como Pontífice ante la multitud expectante que llenaba la plaza de San Pedro y los espectadores de todo el mundo a través de la televisión: dar las gracias, un recuerdo a su antecesor, una oración, el ruego a los fieles para que recen por él, la bendición y un Buenas noches y buen descanso Estamos ante un hombre de carne y hueso, próximo, sencillo, consciente de los desafíos que le aguardan. Lo que le ha llevado al trono de San Pedro no es la ambición, sino la fe, en sí mismo y en la Iglesia. Se retiró en el anterior cónclave, tras haber sido el principal rival de Ratzinger, para no alargar el forcejeo. Sus colegas le han elegido para sucederle pensando que es el mejor pastor de la Iglesia en el día de hoy. Su mejor arma es el ejemplo personal. Este prelado, que viajaba en metro o autobús, que dejó el palacio arzobispal de Buenos Aires por un apartamento, que no temía enfrentarse a los gobernantes en asuntos de fe y costumbres, es el que necesita hoy la Iglesia católica, y me atrevería a decir todos los países del mundo. Si, además, habla claro, natural, incluso con un ligero toque de humor, como hemos comprobado, uno está dispuesto a creer que el Espíritu Santo revoloteó el miércoles por la Capilla Sixtina. ¿S MONTECASSINO HERMANN LOS DEVOTOS ODIADORES Los devotos odiadores de la Iglesia que tanto tiempo le dedican buscando su debilidad son el menor de los problemas de la Iglesia Y A tenemos Papa. Francisco. A todos ha sorprendido una vez más la Iglesia. Todas las quinielas, todos los augurios y las deducciones de los ejércitos de vaticanistas se han ido literalmente al garete. Creen que la curia es el comité central del Partido Comunista de la Unión Soviética, el consejo de administración de una multinacional en el Club Bilderberg, la Logia del Gran Oriente o el casino de un pueblo. Interiorizan su propia propaganda, según la cual, en el Vaticano no se dirimen más que cuestiones de poder. Un poder sofisticado, implacable, que hace de la Iglesia otra organización humana más, marcada por la competencia, los intereses y la ambición. Al final resulta que sí, que la iglesia es una organización humana y mundana, llena de pecadores, con juegos de poder, con cálculos e intrigas, lucha de intereses, banderías y trampas. Pero siempre pasan por alto quienes miran desde fuera con frivolidad u hostilidad y conceptos y ritmos propios, que si bien es cierto que en la Iglesia hay todo eso, mucho y en demasía, hay además algo más. Mucho más. Se les olvida con frecuencia a vaticanistas aficionados como a los enemigos más devotos de la Iglesia, que ahí dentro hay gente, mucha gente, que se cree lo que predica y lo que hace. Y cree en la vida que vive para su fe, para la Iglesia y los demás. Que hay allí mucho trasiego de poder y dinero, que está la banca y el comercio de bulas y recomendaciones tan activo como en tiempos de Lutero. Pero se les olvida que además de eso, hay allí mucha gente que cree en Dios. Y en Jesucristo. Y en el verbo sagrado. En una historia insólita que como ninguna en la historia de la humanidad fue un superventas en las popularización de cualidades humanas que siguen siendo incuestionadas. Y admiradas por otras religiones y por quienes no son creyentes. Que esa gente de púrpura y los decenas de miles de hombres y mujeres que dedican su vida a la Iglesia creen en ese mensaje que arranca tanta sonrisa condescendiente a gran parte del hombre moderno educado sin Dios. Creen en ese mensaje que desde que lo propuso aquel judío de Galilea ha sido imbatible. Con su osada vocación de amor incondicional al prójimo, es más, también al enemigo. Y de perdón, de compasión, concordia y solidaridad, de respeto a todos los humanos sin distinción, de paz, de mansedumbre, de amor a la verdad, de humildad. Son una oferta difícil de superar y hasta ahora no lo ha sido. Y no deja de intentarse imitar, en parte o en todo. Desde hace siglos una guerra enfrenta a la razón con la fe. Y la fe no ha dejado de perder terreno. Pero ha sido en los campos de batalla más primitivos. La fe del carbonero es derrotada en las sociedades pero también por una razón de vuelo bajo, por una razón de carbonero. Por desgracia, la propia naturaleza del arco de fe y razón que Benedicto XVI quiso exponer, tiene claves complejas que la hacen poco accesible para el hombre cada vez más alejado de la propia intuición del gozo del hecho religioso. Los devotos odiadores de la Iglesia que tanto interés y tiempo le dedican buscando, con torpes consejos, su debilidad y destrucción son el menor de los problemas de la Iglesia. Esos devotos enemigos obsesionados por hacer daño tienen mensajes tan perecederos y obsoletos como mil proyectos de redención humana enterrados en estos dos mil años. Pobre gente, pobre mensaje frente a la humilde grandeza de la esperanza que se despliega ahora en Roma.