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ABC MIÉRCOLES, 13 DE FEBRERO DE 2013 abc. es sociedad PRIMER PLANO 29 Opinión Benedicto XVI renuncia El entonces cardenal Joseph Ratzinger junto a Joaquín Navarro- Valls, que fue portavoz del Vaticano entre 1984 y 2006 ABC La conciencia de la renuncia POR JOAQUÍN NAVARRO- VALLS El que fuera portavoz del Vaticano durante 22 años reflexiona sobre la decisión anunciada el lunes por Benedicto XVI y que otros tres Papas antes que él, solo en el siglo XX, también se plantearon enedicto XVI ha comunicado al mundo entero que seguirá siendo Papa hasta las ocho de la tarde del 28 de febrero de 2013. Después permanecerá en funciones hasta que el Cónclave elija a su sucesor. Por descontado, lo primero que hay que decir es que no se trata de una decisión obvia. En cualquier caso, y esto seguramente es menos evidente, ni siquiera estamos ante un acto indescifrable, ajeno a cualquier lógica e imposible de gestionar. El Código de Derecho Canónico, no por casualidad, lo incluye en un párrafo específicamente dedicado a la institución papal (Can. 332) Por consiguiente, un Papa puede optar legalmente por la dimisión. En su libro Luz del mundo el propio Ratzinger expuso claramente que si un Papa considera que ya no puede físicamente, psicológicamente y espiritualmente asumir los deberes de su oficio, entonces tiene el derecho, y en algunas circunstancias también el deber, de dimitir Es importante tener en cuenta que cuando esto sucede nunca se trata de una decisión tomada ante los hombres, sino únicamente ante Dios, con una certeza indestructible y después de haber examinado la cuestión en conciencia una y otra vez Por lo tanto no debe sorprender que Ratzinger sea el primero que se haya pués de San Pedro atravesó, al menos por un instante, como un profundo escalofrío de la mente, a todos sus sucesores. ¿Estaré preparado hasta el final de mis días para representar a Dios ante los hombres? ¿Estaré preparado para dar a los demás aquello que necesitan? Nadie mejor que el teólogo Joseph Ratzinger puede saber que solo es posible cumplir esa misión sin enloquecer si se comprende en profundidad la diferencia esencial que separa la autoridad que posee el Papa de la impotencia humana de la persona que la detenta. Si alguien pensara tan solo por un momento que quizás Joseph Ratzinger ha renunciado porque nunca ha estado capacitado para sostener el peso de la Iglesia universal, esa persona tendría que admitir que solo siendo consciente de esa limitación es posible de verdad ser un Papa a la altura de su cometido. Es bonito pensar en definitiva que no hay nadie que sepa todo esto mejor que Benedicto XVI, y por lo tanto nadie mejor que Ratzinger puede dar a la Iglesia su valor supremo y solemne majestuosidad a la autoridad de la institución con un acto de renuncia tan grande y sereno. La verdadera responsabilidad de un Papa es, de hecho, el saber convivir continuamente y con humildad con la imperecedera autoridad que ostenta, dejándose guiar con la liviana espiritualidad del soplo de aire de la gracia. El acto final con el que dentro de unos días Ratzinger se despojará de su oficio será la confirmación de la soberanía institucional que ha encarnado, una forma suave, refinada y dulce de apartar su frágil humanidad, dejando que resplandezca el misterio de la vida y el significado de la presencia histórica de la Iglesia. B planteado tal dilema en toda su inmensidad, enfrentándose a la decisión con responsabilidad, pensando en la compleja convivencia que se da en el Vicario de Cristo entre lo humano y lo divino; es decir, entre la avanzada edad de la persona, con su fuerza natural menguada, y la constante obligación y la imponderable inmensidad del cometido que recae perenne sobre el Obispo de Roma y Sumo Pontífice de la Iglesia universal. Tres Papas antes que él, solo en el siglo XX, se han planteado el problema en toda su dimensión, mandando cartas, dejando instrucciones sobre lo que habría que hacer para el caso de que fallara la conciencia, la lucidez indispensable o simplemente la fuerza física requerida. Dos de ellos, Pablo VI y Juan Pablo II, dejaron en manos de otros la decisión. Benedicto XVI no. No se puede negar que él ha demostrado la valentía de saber a la perfección, incluso mejor que otros, que tener en las manos las Llaves de la Iglesia es una responsabilidad imposible de ejercer sin los recursos espirituales adecuados. Pero él ha entendido que hoy más que nunca es indispensable tener el vigor necesario, una energía existencial intensa que lógicamente se va consumiendo con el pasar de los años de una larga vida. Recuerdo que hace menos de un año, en su octogésimo quinto cumpleaños, La elección Morir como Pontífice no es de hecho, una normativa inviolable: es una costumbre el 16 de abril de 2012, ante aquellos que le auguraban larga vida pronunciando la fórmula ad multos annos él contestó, con un hilo de voz, espero que Dios no quiera que sean demasiados... El suyo no era un distanciamiento forzado, sino el conocimiento pleno de la enorme distinción que separa a un hombre, con sus frágilmente humanas inteligencia y voluntad, y la institución, con su misión universal y su valor eterno, unidos en un abrazo espiritual y material vertiginoso. Por otra parte, esta elección con la que su conciencia, su corazón, han cumplido ante Dios, no es una opción dolorosa. Todo lo contrario. Antes o después, alguien tendría que haberla cumplido en la historia. Morir como Pontífice no es, de hecho, una norma inviolable: es una costumbre que tiene el grosor del tiempo, no el valor de la verdad. Por lo tanto, cualquiera podría haber realizado este gesto solo a partir de un preciso conocimiento del significado que des-