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ABC VIERNES, 1 DE FEBRERO DE 2013 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL BURLADERO UNA RAYA EN EL AGUA CARLOS HERRERA ¡PERO QUÉ TONTERÍA ES ESA DE QUE ABDIQUE EL REY! El problema no es la Monarquía, ni quien la encabeza, el problema está en otras estructuras y no en las formas que las sustancian S un debate repentino que tiene mucho de oportunista y un tanto de infantil, de no ser por lo abrupto que se oculta tras una aparente buena intención. Sorprende que en el saco confuso de los peticionarios de la abdicación del Rey se junten por igual elementos antisistema y repentinos estrategas de la catástrofe, supuestos interlocutores de la España más moderna que afirman que es el momento de que un hombre que ha resultado eficaz en la estabilidad política de nuestro país abandone sus labores en favor de su hijo, Príncipe ciertamente solvente, no porque éste les resulte más efectivo, sino porque aquél les parece amortizado. ¿Y cuál es la razón para ese juicio absurdo? que es un hombre que caza elefantes y que su unidad familiar no resulta tan ejemplar como ellos quisieran desde una doble y repugnante moral comparada. La abdicación de un Rey como el de España debe de resolverse mediante una serie de procedimientos orgánicos que, en un momento como el presente, no añaden ningún elemento de serenidad para el trasiego que sufre nuestro país. Ni siquiera los más importantes especialistas en Derecho Constitucional se ponen de acuerdo en el mecanismo: que si una mayoría simple en el Congreso tras comunicar al presidente del Gobierno la decisión, que si una tramitación urgente de una ley ad- E hoc. Está hasta por resolver, incluso, el status posterior de la figura de un monarca que ha cedido los trastos a su heredero. Todo ello en un escenario de grave crisis económica, la cual alcanza a las propias estructuras de un Estado desafiado por tensiones cantonales y nacionalistas. Imaginemos la inestabilidad que aportaría, ahora mismo, un anuncio como el que pretenden estos apóstoles de la catarsis total: ¿creen de veras que colaboraría a apaciguar las tensiones de un España sometida a los tirones insoportables que proporciona la información diaria? La noticia de que la Soberana holandesa haya abdicado en favor de su hijo- -tal como se ha venido haciendo en esa Casa en los últimos cien años- -ha producido un efecto cómico en nuestra opinión publicada: parece haberle interesado más a algunos españoles que a los propios holandeses, los cuales gozan de una estabilidad económica e industrial envidiable. Nosotros, sometidos a una depresión bárbara de nuestra economía, desviamos el debate y no nos preocupamos de lo que de veras lastra a nuestro colectivo, asuntos tales como el paro, la falta de competitividad y la de productividad. El problema no es la Monarquía, ni siquiera quien la encabeza, por más que el futuro Felipe VI sea un hombre de garantías fehacientes. El problema no está en una cacería ni en un yerno afanoso ni en una estructura familiar afectada por el paso de los años. Yo no quiero a un Rey en un cuento de hadas. El problema está en otras estructuras, en los contenidos de las mismas y no en las formas que las sustancian. El Rey que reina- -y que no gobierna- -dispone de un magnífico margen de maniobra para templar la política española y su proyección en el mundo pudiendo exhibir una espléndida hoja de servicios a beneficio del bien común. Andar con jueguecitos de conspirador no añade nada al bien común, entre otras cosas porque el patriotismo no se ejemplariza con el abandono. Tengo la sensación, por demás, de que aquellos que postulan el pase del testigo de uno a otro, no están por brindarle un respaldo al próximo titular de la Institución, sino por la abolición de la misma. Ya que no podemos cargarnos la Monarquía- -de momento- -carguémonos por de pronto al Titular. Del siguiente ya nos ocuparemos después. IGNACIO CAMACHO LA VELA El PP se tiene que abrir a sí mismo en canal, someterse a una autopsia en vivo, dejarse escudriñar con un endoscopio AY un problema y es grave. Al partido en el poder le ha estallado una bomba en la sala de máquinas y los destrozos alcanzan el puente de mando. En un sistema de fuerte implantación partitocrática es fácil imaginar hasta qué punto afecta a las instituciones un colapso de la organización que las controla: el escándalo Bárcenas no desestabiliza tanto al PP como al Gobierno. Y sucede en un momento crucial, decisivo, cuando el país necesita de forma perentoria un liderazgo asentado y una estrategia firme. Cuando la quiebra económica y social ha provocado una alarmante desconfianza popular en el conjunto de los agentes públicos y en la propia legitimidad del régimen democrático. Cuando el prestigio de la nación se ha convertido en un chicharro. No estamos ante un episodio más de la agria disputa política, ni siquiera ante un serio incidente susceptible de provocar la caída del Gabinete. Se trata de una crisis con ramificaciones sistémicas en la que cualquier error de diagnóstico o de tratamiento amenaza con desencadenar una catarsis. Los desmentidos no valen por sí solos. Pueden tranquilizar a los partidarios y sembrar la duda de los biempensantes pero la mayoría de los ciudadanos se ha vuelto escéptica. Y con motivos: la mala hierba se ha apoderado del escenario público y se enreda hasta en las patas del Trono. La gente ya no cree en las explicaciones convencionales de la rutina política, cuyos ritos resultan cada vez más ajenos a una sociedad abatida por el desengaño. La opinión pública huele a amaño, a componenda, a truco, y ese sentimiento de recelo amenaza con desembocar en un clamor despechado de naturaleza inflamable. Este asunto no puede abordarse con el manual de excusas para situaciones comprometidas porque ya nadie acepta las respuestas de antifonario. La única forma de remediar, y tal vez sólo parcialmente, los daños no consiste en tratar de reparar el boquete sino en agrandarlo. Abrirlo de par en par mediante un ejercicio de transparencia inédito. El Partido Popular se tiene que rajar a sí mismo en canal, someterse a una autopsia en vivo, dejarse escudriñar con un endoscopio. El presidente está en la obligación de producir una investigación independiente que formule conclusiones taxativas y contrastadas. E imponer con todas las consecuencias, todas, la tosca doctrina Cospedal de que que cada palo aguante su vela Ese proceso no es grato; quedaría amenazada la reputación histórica del aznarismo y podría desembocar en una nueva refundación del centro- derecha. Pero todo lo que signifique aguantar, blindarse o ganar tiempo va a someter al Gobierno a una abrasión insoportable. Rajoy no va a poder trabajar bajo la presión inclemente de un goteo de denuncias selectivas. Porque aunque lo intentase, que lo va a intentar, tendría el problema de que la principal vela que se puede romper es la que él mismo sostiene a duras penas. H MÁXIMO