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44 FAMILIA MIÉRCOLES, 23 DE ENERO DE 2013 abc. es familia ABC Las etiquetas que ponemos a los niños pueden hipotecarlos de por vida Su autoestima se construye en función de las valoraciones de quienes los rodean CARLOTA FOMINAYA s muy tímido es muy malo y desobediente no se entera de nada es pasivo Lo que pensamos, lo que decimos... A veces no somos plenamente conscientes, pero al hablar juzgamos y etiquetamos a los niños prematuramente, condicionando su comportamiento y produciéndoles unas heridas que, metafóricamente, pueden llegar a estar sangrando durante muchos años si no se reconocen y cicatrizan correctamente. Es lo que algunos expertos llaman el efecto pigmalión de los padres sobre los hijos, o de los profesores sobre los alumnos, y que ya fue demostrado en un estudio realizado en 1968 por los psicólogos Rosenthal y Jacobson. Demasiadas veces se pronuncian sin querer expectactivas o prejuicios durante el proceso comunicativo con los más pequeños sin tener en cuenta que en el futuro pueden originar sentimientos, comportamientos o rendimientos no esperados y o deseados apunta Alba García Barrera, profesora de Psicología de la Universidad a Distancia de Madrid (Udima) Por eso, en toda relación entablada con niños y adolescentes debe prestarse especial atención a la forma en que expresamos y transmitimos nuestras ideas, especialmente aquellas que afectan a su propia forma de ser, actuar o pensar sobre una determinada cuestión. En estas etapas se encuentran en pleno desarrollo físico, psicológico y afectivo, por lo que son altamente vulnerables a la influencia que puede llegar a ejercerse sobre ellos por medio de la comunicación. Es bastante fácil afectar con nuestras palabras al autoconcepto y la autoconfianza del niño explica García Barrera. E ED CAROSÍA Cambiar diagnósticos cuesta mucho ANÁLISIS PAULINO CASTELLS Expectativas y personalidad ¿Por qué sucede esto? Porque solemos olvidar que una persona desarrolla la opinión que tiene de sí misma en función de las expectativas que depositan sobre nosotros las personas de referencia en nuestro entorno prosigue Belén Sánchez- Laguía, psicóloga del hospital Nisa Valencia Al Mar. Es decir, un niño va formando el concepto que tiene de sí mismo en base a las valoraciones que recibe de sus padres, de sus abuelos, de sus P orque las etiquetas las carga el diablo... Esto lo saben bien mis alumnos de Psicología de la Universidad Abat Oliba CEU, de Barcelona. No me canso de repetirles que tengan mucho cuidado con poner etiquetas a los pacientes que el día de mañana acudirán a sus consultas profesionales. Hay que estar muy seguro para sentar firmemente un diagnóstico. Ante la menor duda, mejor no ser categórico. En algunos casos, es mejor dejar tiempo al tiempo. Ver la evolución del caso. También hay que saber buscar el momento más idóneo para transmitir una presunción diagnóstica: valorar el estado de ánimo del paciente o de sus familiares, su capacidad de comprensión, etc. Aunque se trate de diagnósticos precoces que luego se demuestra que eran correctos, a menudo no fueron explicados en el momento oportuno. Precipitación, inexperiencia, alarmismo... motivos habrá para argumentar esta inoportuna etiquetación que generó incertidumbre o innecesaria angustia. Pero la cuestión es que el paciente se va a su casa con la etiqueta puesta. Y, luego, cuesta mucho borrar etiquetas. Así, si el paciente diagnosticado se trata de un niño, a partir de ahora, todas las actuaciones de sus padres, demás familiares y maestros girarán en torno al diagnóstico emitido. Y no me estoy refiriendo a presunciones diagnósticas sin base y sin pruebas concluyentes, como cuando se dice a los padres de un lactante que ha tenido una crisis febril que puede ser el inicio de una epilepsia o al niño que tarda en hablar que quizá sea autismo o al que no para quieto y se distrae a menudo que es un TDAH Porque, a veces, etiquetas más simples, que no implican una gravedad de pronóstico, también hacen mella en el entorno de un crío y lo hipotecan para siempre. Lo que sucede cuando se le sentencia con adjetivos tales como es muy inteligente o algo retrasado o muy sensible etc. Repitiendo los padres machaconamente estas etiquetas en todos los ámbitos en que se mueve el chaval, bien sea a los maestros de la escuela, o cuando va a casa de un amiguito, o a sus monitores deportivos. Y de aquí a tenerlo condicionado toda la vida entre algodones, hay un paso. PSIQUIATRA DE FAMILIA Y PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD ABAT OLIBA (CEU)