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14 OPINIÓN AD LIBITUM PUEBLA MIÉRCOLES, 23 DE ENERO DE 2013 abc. es opinion ABC MANUEL MARTÍN FERRAND NUEVOS SERVILONES Tenemos crisis de liderazgo, como casi siempre; pero España está viva, muy viva, aunque mal maquillada y peor vestida H ACE poco más de un siglo se les decía servilones a los partidarios de la monarquía absoluta. Esa es ya, felizmente, una especie ciudadana extinta, caducada por su propia inutilidad y la concepción plural de una Nación que, mejor que peor, está llena de vida y de talento. Pero es tan hermoso y eufónico, tan rememorador y significante el sustantivo que debiéramos hacer un esfuerzo colectivo, entre quienes no lo somos- -naturalmente- para señalar como servilones a esa nueva raza política con que nos hemos dotado, voto a voto y comicio a comicio. Son servilones, en la nueva acepción que propongo, los militantes de los partidos políticos, independientemente de sus ideologías, que ocupan plaza en los órganos representativos- -muchos, demasiados- -que integran la estructura del Estado, desde el mínimo municipio rural al Congreso de los Diputados. Los culiparlantes que decíamos antes. Nuestro sistema electoral, el precio con el que generosamente se retribuyeron el consenso constitucional los partidos en presencia, neutraliza la representatividad del sistema con la mordaza fáctica con que los electos en cada circunscripción silencian, si las tuvieran, las ideas que debieran aportar. Anteponen, en grave traición a sus votantes, los intereses de la sigla que les da de comer a la demanda social correspondiente y casi siempre centrada y unívoca. Es una democracia de mala calidad a la que nos hemos ido acostumbrando, en buena medida, adormecidos por el runruneo repetitivo y vano de los líderes y sus discursos huecos y en la inercia maligna de las dos Españas que ya no tienen razón de ser. Ahora, de repente, una nueva ola de pesimismo nos inunda y aflige. El primer partido del país está bajo sospecha de corrupción; el segundo, sometido a la disensiones internas que pueden trocearlo en parcelas y los demás, sálvese quien pueda, se entregan a la guerra secesionista o a la izquierda alcanforada. Tenemos crisis de liderazgo, como casi siempre; pero España está viva, muy viva, aunque mal maquillada y peor vestida. El déficit se acerca al propuesto y la demanda en los mercados financieros internacionales cubre con creces la oferta del Tesoro que, según contó ayer Luis de Guindos, nunca en la historia había tenido tal volumen de sobredemanda. Además, en un castizo barrio capitalino, una revista minoritaria- -Ilustración de Madrid- -y castiza dirigida por un viejo periodista, Enrique de Aguinaga, presentaba su número 26 en el que escritores tan admirados como Javier Villán jugaban con la memoria de Benito Pérez Galdós y Antonio Rouco explicaba la devoción de La Almudena. Poliédrica. Esa es España, la que existe. La aparente es el tinglado de la nueva farsa. La oficial y dizque representativa es una ensoñación. Son los nuevos servilones. CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC DIFÍCIL REPRESENTACIÓN La tesis de Aguirre- -que nadie que no haya pasado por el mercado laboral pueda ejercer cargo representativo- -es tan elemental que da vergüenza formularla H AY un pasaje asombroso en la correspondencia entre el general De Gaulle y André Malraux que acaba de aparecer en Francia. Junio de 1970. El perenne ministro de cultura da cuenta al hombre que fue Francia de la recepción y lectura del primer volumen de sus Discursos y mensajes. Convención de cortesía, desde luego, de un raro sabio dedicado a la política hacia un aún más raro militar consagrado al Estado, la evocación de los años de tragedia y gloria recorridos juntos ocupa nueve líneas. Los dos tercios de la carta los dedica Malraux a las cosas serias: la forma literaria de ese libro. O, más bien, su estilo lo que, en esa escritura del general De Gaulle, es síntoma de una grandeza que jamás se rastrea en lo político: la construcción de un paradigma ético, de una leyenda si se quiere, de una mitología, relato que habla sólo de aquello que hace intemporal un tiempo, su épica. Y uno puede prever el estremecimiento que el general sintiera ante el destello de genio que Malraux esboza: contra el gobernante, el héroe; la soledad glacial, frente al tibio populismo. Basta contraponer estos discursos incluso a los más grandes- -Clemençeau, por ejemplo, dice Malraux- -para percibir lo extraño de las alocuciones radiofónicas desde Londres, esos mo- nólogos soberanos y a veces secretamente desesperados, pronunciados por primera vez para una asamblea de invisibles Veraces hasta el desgarro, porque a ninguna clientela buscan complacer. Porque hablan sólo de tragedia y de combate: lo que a nadie gusta. Esa tragedia cuyos protagonistas fueron usted y los franceses, y cuyo envite fue Francia escribe el ex ministro al jubilado presidente. Hay un maravilla, que es tanto de la conciencia moral como de la inteligencia, en ese cruce entre el mayor hombre de Estado de la Francia contemporánea y el soberbio escritor que guió su política cultural. La maravilla de que ni a uno ni a otro interesó demasiado nunca la política. Y que ni uno ni otro hicieron un maldito céntimo con ella. Sólo una fuerte prioridad de la ética y la estética- -de la soledad, pues- -sobre la habilidad pública salva de hacerse rico al abrigo del Estado. De Gaulle exigió instalar contadores separados para sus gastos públicos y privados de teléfono y corriente eléctrica. Cuando un Malraux viejo y enfermo sale del ministerio, no posee siquiera domicilio propio. Aquí, en España, ambos hubieran sido juzgados dos pobres dementes. Aquí, Estado es eso en lo cual uno puede muy deprisa hacerse rico. Es lo más duro de nuestro día a día. No ya la delincuencia frecuente de los profesionales de la política. Ni siquiera la depravación moral que hace que todos ya ni prestemos atención a algo que damos por tan inexorable como la lluvia y el frío de enero. Ni siquiera la certeza, que a todos en distintas dosis nos acompaña, de que jamás veremos otra cosa que no sea esta sordidez de gentes que se dicen legítimos representantes de una sociedad en la cual jamás han trabajado. ¿Legítimos? Tal vez. ¿Representantes? En modo alguno: ¿qué tiene de común un tipo que, desde antes de haber acabado los estudios, vive a costa del presupuesto público, con la muchedumbre de todas esas representadas gentes, que se matan a trabajar para llegar a fin de mes con laberínticas dificultades? Nada. No es valorativo, es una constancia empírica: nada. La tesis de Aguirre- -que nadie que no haya pasado por el mercado laboral y en él tributado pueda ejercer cargo representativo- -es tan elemental que da vergüenza tener que formularla.