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14 OPINIÓN AD LIBITUM PUEBLA MIÉRCOLES, 9 DE ENERO DE 2013 abc. es opinion ABC MANUEL MARTÍN FERRAND NO PODEMOS SEGUIR ASÍ La gran paradoja pública reside en el hecho de que los políticos de postín tiendan a presumir de sus defectos L OS profesionales de la política- ¡muchos, demasiados! -suelen ser gente singular. Por eso se agrupan en grandes cofradías en las que, con el pretexto de una ideología, disimulan sus escaseces y difuminan sus vergüenzas. La normalidad, que suele ser algo distante de la política y sus protagonistas, acostumbra a que las personas, puestos a presumir, lo hagamos por nuestros méritos y virtudes; pero la gran paradoja pública reside en el hecho de que los políticos de postín, tanto más cuanto mayor sea su notoriedad e influencia, tiendan a presumir de sus defectos. Baura interpretaba el hecho como una forma patológica de la vanidad y con él podemos discurrir que los más notables líderes que, en el último siglo, nos llevaron a la perdición y sembraron los gérmenes sociales que hoy nos complican la vida eran, antes que nada, unos petulantes de talla XXXL. Incluso sus ausencias deben ser medidas e interpretadas desde la sospecha de un engreimiento febril. Francisco Franco, por ejemplo, alardeaba de sencillez castrense y humildad cristiana; pero, al mismo tiempo y como mejor contradicción, solo admitía para sí el juicio de Dios y de la Historia. Antes los políticos requerían, incluso en alarde de exigencia personal, luz y taquígrafos. ¿Amor y búsqueda de la verdad? No. Luz para enmarcar la esbeltez de su figura y la perfección de sus rasgos. Taquígrafos para evitar que la humanidad pueda llegar a perderse cualquiera de sus dichos o el más mínimo de sus suspiros. Ni un ápice de compromiso con la verdad y de impulso a la transparencia tal y como podemos comprobar cada día en lo que dicen y no hacen, hacen y no dicen y ni dicen ni hacen los próceres a quiénes hemos señalado con nuestro voto para que nos zahieran con su conducta. Un propósito al uso del que arranca esa partitocracia falsaria y usurpadora que nos trae a mal traer. La paz aparente, el falso sosiego, con el que después de vacaciones, moscosos, canosos y otros derechos adquiridos nos reincorporamos a la mal llamada normalidad de nuestra vida pública no es otra cosa que el síndrome de abstinencia de sus protagonistas. Unos por falsos petulantes y otros por verdaderos indolentes, todos suelen ir por donde menos nos interesa a quienes les señalamos con nuestro voto y les financiamos con nuestros impuestos. Se entienden la gloria de Leo Messi y la grandeza de Vicente del Bosque; pero no son ellos, siendo el punto de mira de nuestras devociones colectivas, los ídolos a los que realmente acatamos. Incluso cuando se expresan con la ridícula pequeñez de un decreto- ley. Quiero decir, y lo digo como si fuera uno de ellos, que no podemos seguir así. Seriedad, rigor, esfuerzo y compromiso es lo que le falta a España para seguir siéndolo. De lo que le sobra, ya hablaremos otro día. CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC LAS BODAS DE FÍGARO En un asunto que atañe a dos básicos aspectos, religión y código civil, las tomas de posición son transversales a los partidos U NA higiénica distancia me hace inmune a lo político. Con prolijo cuidado alcé ese muro sanitario. Más por estética que por ética. Un solo culto ha marcado mi vida: el de la inteligencia. Eso que la política excluye. Y, salvo en ocasiones críticas- -el golpe de 2004- jamás me contamino dando el voto. A nadie. Para representarme, prefiero el cerrado monólogo en el cual sólo median los serenos volúmenes de mi biblioteca. Acabados los años épicos de lucha contra la dictadura, lo público se me hizo repugnante. No pretendí ser agente. Me quedé en espectador: más pulcro, menos estúpido. Y esa distancia, a veces, si sabe el espectador permanecer atento, despliega ante los ojos espectáculos fascinantes. Casi tanto como el neblinoso birlibirloque de que nadie quiera verlos. Hace unos pocos años, en medio de la alucinación colectiva que fue el zapaterismo, una encendida polémica sirvió para olvidar la cruda constancia de que estábamos tirando nuestras últimas reservas de dinero por la borda a paletadas. La polémica giraba en torno a un nueva ley que equiparaba sexos ante el matrimonio civil. Como tal, esa ley me interesaba poco. Por no decir nada. Que alguien que se ha blindado frente a lo político no tenga el menor interés en que el Estado medie sus relaciones afectivas de ningún orden, va en la definición de un hombre libre: o, si así se prefiere, de un liberal, de un libertino, un libertario... A fin de cuentas, las connotaciones valorativas de esos términos no borran la verdad etimológica de que todos significan lo mismo. El matrimonio en Europa fue, primero, un sacramento: concierne a los creyentes religiosos. Muchísimo más tarde, fue una atribución administrativa: concierne a los creyentes del Estado, Mozart le dio expresión grande e irónica en Las bodas de Fígaro. Los que en nada creen- -o sea, los filósofos- -difícilmente pueden ser concernidos por las peculiaridades que su codificación entrañe. Ni a favor, ni en contra. Ajenos. Descrito con la mayor objetividad posible, el debate de entonces marcó, con precisión de teorema geométrico, las áreas respectivas de la izquierda y la derecha Como hacía ya más de quince años que había yo publicado un libro en el cual llamaba a pensar más allá de la izquierda y la derecha aquello no era como para conmoverme mucho: la misma topografía vacía de los dos últimos siglos. Como para aburrir a un bloque de granito. Y tan, tan previsible. Lo que sucede ahora en Francia, en torno al mismo dilema, confirman mi pertinaz sospecha: en lo político, España sigue en la edad de piedra. Este fin de semana, los contrarios al proyecto de ley matrimonial que Hollande presentará al Parlamento van a manifestarse en París. Nada muy novedoso. Pero quien, con ojos españoles, se pare a leer la lista de los que acudirán a esa manifestación de rechazo y la de los que apoyan el proyecto del gobierno, se llevará sorpresas. No hay izquierda y derecha definibles: es lo que cifran todas las encuestas. En un asunto que atañe a dos básicos aspectos, religión y código civil, las tomas de posición son transversales a los partidos. Y a nadie asombra que la hija de Le Pen, Marine, rechace una manifestación en cuya convocatoria dirigentes del partido que ella lidera han jugado un papel clave. Y que no pocos militantes de la izquierda clásica se pitorreen del empeño de un Hollande, que biográficamente rechazó siempre el matrimonio, en ponerse a casar, de pronto, a todo el mundo. No me concierne en nada este debate. Quizá por eso me divierte tanto.