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16 OPINIÓN AD LIBITUM PUEBLA DOMINGO, 6 DE ENERO DE 2013 abc. es opinion ABC MANUEL MARTÍN FERRAND EL FICHAJE En competencia desleal con los grandes del teatro español, Rodrigo Rato ha llegado a ser el rey del mutis R ODRIGO Rato Figaredo, la obra maestra de Ramón Rato Rodríguez San Pedro, se nos ha hecho sesentón. El tiempo es vertiginoso hasta para los caracoles y aquel muchachito, estudiante mediocre y dotado con la alegría de vivir que rompía corazones en Gijón, en los veranos de la playa de San Lorenzo, al tiempo que anunciaba, en los sesenta, que llegaría a ser presidente del Gobierno de España, se quedó largo en su pronóstico. A cambio, su currículum tiene más epígrafes que los de la mayoría de su oficio y militancia. No es que haya ocupado cargos, muchos y diversos, que sea capaz de compatibilizar el agua con el aceite y que haya llegado a ser, en competencia desleal con los grandes del teatro español, el rey del mutis; es que nos golpea con todo ello y, zigzagueando, resulte inevitable en la crónica de la derecha española, esa rareza con sentido social que goza con el ostracismo de los próximos tanto como con la promoción de sus más encarnizados adversarios. No es fácil que transcurran dos o tres semanas sin que Rato, para bien o para mal, aparezca en los titulares de los diarios, incluso en los del extranjero. Ahora vuelve con fuerza porque Telefónica le ha fichado para que se integre en los consejos asesores del grupo en Europa y Latinoamérica. Toda la escandalosa peripecia en la que se enmarca el paso de Rato por Bankia, que le tiene imputado, no es razón disuasoria para que César Alierta prescinda de su talento y renombre. La política de altos cargos y consejeros de Telefónica, algo más cercano al coleccionismo que a la funcionalidad, no quiere un Rato ensimismado en las ruinas en las que, desde Miguel Blesa hasta hoy, se ha convertido Caja Madrid y sus sucesivas mutaciones. Rato, que no es muy alto ni muy guapo, tiene atractivos de gran galán. Mis compañeras de oficio suelen señalarle como si fuera George Clooney y tan convencidas están de ello que, cuando le ven pasar, se apresuran a tomar un Nespresso. Pudo haber sido presidente del Gobierno de España y solo él y José María Aznar conocen la razón para que no lo fuera. Sus muchos cargos públicos, su inexplicada fuga del FMI y su posterior aterrizaje al servicio simultáneo de La Caixa, Lazard y Santander- ¡difícil incompatibilidad! le ha dado nombre de sutil y mérito de astuto. Él, como Don Juan Tenorio, podría subir al escenario para pregonar que por donde quiera que fui, la razón atropellé, la virtud escarnecí, la justicia burlé y en todas partes dejé memoria amarga de mí ¿Necesita Telefónica asesores que están acusados ante los tribunales de estafa, administración desleal, apropiación indebida, falsificación de cuentas y maquinación para alterar el precio de las cosas? Se puede creer en la inocencia de Rato, pero sin dejar de guardar las formas. PROVERBIOS MORALES JON JUARISTI DEGENERACIÓN La creencia ingenua en la degeneración nacional es un subproducto de la crisis económica que contribuye a agravarla M I libro de estas navidades ha sido The Great Degeneration, de Niall Ferguson, que recoge parte de las conferencias del autor difundidas por la BBC el pasado año. Como su título insinúa, no es una invitación al optimismo. Trata de cómo las instituciones decaen y la economía muere, según avisa el subtítulo. Ferguson descubrió hace años la historia virtual como género. Qué habría sucedido si no hubiera llegado a suceder lo que realmente sucedió. Tuvo cierto éxito. Algún historiador español se embarcó en parecidas singladuras, pero no vendió un peine, porque en este país lo que realmente sucedió le importa a muy poca gente, y a la que le importa, que es la que compra libros de historia, le interesa sólo lo que sucedió y no lo que habría podido suceder. En The Great Degeneration, Ferguson habla de la historia real y actual, de una crisis que no es sólo económica, y vuelve para ello a Adam Smith, pero no al Adam Smith de La riqueza de las naciones, sino al analista de las pasiones humanas, que coincidieron en la misma persona. Smith fue un implacable observador de la melancolía del declive. Vivió en una nación con una economía en auge, en plena expansión imperial, pero no dejó de considerar la situación de las que se habían estancado, la de los imperios en decadencia de su época, como el español. A partir de sus observaciones estableció la distinción entre estados progresivos y estacionarios. En los primeros, aunque la pobreza sea grande, la certeza de que la situación mejorará mantiene el pulso incluso de los más desfavorecidos. En cambio, las naciones ricas que pasan por una prolongada fase estacionaria caen inevitablemente en la desesperanza y, como afirma el propio Adam Smith, sus gentes dejan pronto de confiar en que el trabajo les garantizará prosperidad. El deterioro de la situación general afecta a todos, ricos y pobres. Los primeros acusan a los segundos de vagos y parásitos, responsabilizándolos de la catástrofe colectiva. Los segundos acusan a los ricos de imponerles sacrificios que no quieren ellos compartir, para aumentar todavía más sus fortunas. En este cruce de reproches habrá, sin duda, algo de razón por ambas partes, pero como generalizaciones son injustas y no ayudan en lo más mínimo a superar el estancamiento. De ahí a la propagación de una pérdida de la estima nacional no hay un largo trecho. Surge la creencia en una degeneración de la sociedad entera, de un envilecimiento biológico y moral de la población en su conjunto. Fenómenos de este tipo no han sido raros en la historia europea. Entre la guerra francoprusiana y la Gran Guerra, Francia, España e incluso Italia, a pesar de su Risorgimento, se flagelaron con el tópico de la inferioridad de la raza latina Tras el Tratado de Versalles les llegó el turno a los alemanes, si bien éstos tendieron a presentar su problema como una decadencia de todo Occidente (Spengler, por cierto, ha vuelto a ponerse de moda y a discutirse en los think tanks) Sin embargo, no es cuestión de degeneración, sino de desánimo. En semejantes tesituras, las exhortaciones al esfuerzo individual suelen resultar inútiles. Pero quizá la historia virtual pueda ser de alguna ayuda. Por ejemplo, si la gente comenzara a preguntarse qué pasaría si, en vez de ver en sus conciudadanos una jauría de sinvergüenzas dedicados a forrarse a costa de los pobres o una inmensa manada de chupópteros y mangantes dedicados a esquilmar los presupuestos del Estado sin dar golpe, comenzáramos a darnos cuenta todos de que eso de la degeneración de la raza o de la decadencia de Occidente es una parida monumental.