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ABC VIERNES, 19 DE OCTUBRE DE 2012 abc. es AGENDA 65 NECROLÓGICAS EL MARQUÉS DE TÁVARA (1969- 2012) NACIDO PARA SERVIR H Íñigo de Arteaga del Alcázar nació en Madrid el 4 de marzo de 1969 y ha muerto en San Pablo de los Montes, Toledo, el 14 de octubre de 2012, víctima de un accidente de aviación. Entendió su condición de Grande de España como una obligación de servicio a la sociedad, lo que le llevó a ser reservista voluntario de la Armada. Durante más de una década fue gestor en banca de inversión. a muerto a la edad de 43 años Íñigo de Arteaga del Alcázar, marqués de Távara con Grandeza de España, conde de Saldaña y conde de Corres. La prensa, al referirse a él, ponía siempre la coletilla hijo del duque del Infantado Íñigo era más que eso. Cierto es que pertenecía a una de las casas nobiliarias más importantes de España. Segundo de cinco hermanos y primer hijo varón de Íñigo de Arteaga y Almudena del Alcázar, bien sabía que pertenecer a esa familia conllevaba una clara responsabilidad. Pero no necesitaba la referencia paterna y la eterna mención a su extenso patrimonio para demostrar a los que le conocíamos que Íñigo era una persona autónoma y diferente. Responsable ya desde niño, siguió siéndolo de adolescente y lo confirmó como adulto. No hay más que hacer un breve recorrido por su biografía para ser consciente de que este Grande de España rompía con el viejo estereotipo rancio y trasnochado. Habría sido bastante normal que Íñigo hubiese sido un conformista, pero no lo fue. Estuvo muy lejos de serlo. Brillante en los estudios y en el deporte, era un joven sano y sobradamente preparado. Terminó Icade y se doctoró en Bolonia. Pudo quedarse ahí y no lo hizo. Se marchó a trabajar fuera de España y lejos del lar paterno estuvo más de una década trabajando por cuenta ajena. Íñigo tenía las ideas muy claras sobre su posición en el mundo y sobre la imagen que sobre él se tenía. No huía del debate y estaba orgulloso de su familia, no solo de sus antecesores. Nunca escondió su con- dición aristocrática porque era consciente de que su persona trascendía sus títulos, los nobiliarios y los académicos. Sobre todo entendía la posesión de una merced nobiliaria como un conjunto de obligaciones. Para servir respondía cuando le preguntaban para qué servía ser marqués. Para servir a España y al Rey. Y no satisfecho con ello y coherente con esas ideas, se hizo reservista voluntario de la Armada como alférez de Infantería de Marina. El alférez Arteaga no supo querer otra Bandera, no quiso andar otro camino, no supo vivir de otra manera. No, no era una persona vulgar, ni lo fueron sus aficiones: la maldita avioneta y los caballos. Íñigo no dejaba indiferente. Su desaparición, tras el impacto y desánimo inicial, ha estimulado nuestra memoria. Era inteligente y buen conversador. Hablaba bien, con criterio y facilidad en privado, en animosa tertulia o ante la prensa, a la que tanto atraía. Pero probablemente el recuerdo más común que perdurará entre los que le conocimos será su eterna alegría, su generosidad y su gran sentido de la amistad. En nuestra mente prevalecerá su ancha sonrisa y esa carcajada contagiosa tan características de su persona. Eran propias de un hombre sin malicia, de una buena persona, de una persona excelente. Porque Íñigo era excelentísimo y lo era de verdad. Era noble en todas las acepciones de la palabra. Lo tenía todo. Era guapo y era listo, pero sobre todo era bueno. ÁLVARO ZULETA DE REALES Y ANSALDO DUQUE DE LINARES CONSEJERO DE LA DIPUTACIÓN DE LA GRANDEZA CLAUDE CHEYSSON (1920- 2012) METEPATAS VIRTUOSO F Claude Cheysson nació en París el 13 de abril de 1920 y falleció en la capital francesa el 15 de octubre de 2012. Fue un alto funcionario y hombre de Estado francés que llegaría a ser ministro de Relaciones Exteriores y miembro de la Comisión Europea. umaba en pipa. Y podía cortar a un joven corresponsal español con una crueldad seca: No diga usted estupideces... Esa franqueza brutal ocultaba parcialmente la personalidad exquisita de un diplomático de formación clásica, maneras intempestivas y la soberbia de quien estuvo desde muy joven cerca de personalidades históricas y fallidas. Cheysson fue jefe de gabinete de Pierre MendèsFrance cuando el presidente del Consejo firmó los acuerdos de Ginebra (1954) que pusieron fin a la colonización de Indochina. Y fue uno de los artífices de la Convención de Lomé (1975) que iniciaban el diálogo entre la Comunidad Económica Europea y los países de África, el Pacífico y el Caribe. Embajador en Indonesia, alto funcionario partidario de la descolonización, cuando ese proceso histórico no gozaba del más mínimo olor de santidad estatal, tuvo su momento de gloria cuando François Mitterrand lo nombró ministro de Relaciones Exteriores (Mitterrand deseaba devaluar el ministerio con ese título, reservándose el dominio de los Asuntos Exteriores en 1981, tras llegar al poder con una coalición de socialistas y comunistas que habían prometido romper con el capitalismo y construir el socialismo a la francesa En el Quai d Orsay, durante cuatro años cortos, Cheysson fue un ministro temido y divertido: sus desplantes y meteduras de pata eran la diaria comidilla de diplomáticos y corresponsales acreditados. Su primera gran metedura de pata fue una pequeña frase destinada a los ministros comunistas de aquel primer gobierno Mitterrand: Son algo así como los chicos de los recados en una gran empresa. No pintan nada Semanas más tarde, el 11 de octubre de aquel año de gracia (1981) Cheysson comentó el asesinato de Anuar el- Sadat- -un amigo de Francia- -con una frase que forma parte de la historia de los planchazos diplomáticos: La muerte es horrible, en sí misma. En este caso, hace desaparecer un obstáculo para la reconciliación del mundo árabe Mitterrand terminó degradándolo y enviándolo a Bruselas, como comisario bajo la tutela de un poderoso Jacques Delors, con quien no se entendía en absoluto. Delors, el católico practicante, y Cheysson, el tercer mundista amigo íntimo de Arafat- -a quien acompañó en su lecho de muerte- -eran los dos rostros de un socialismo que ya tomaba vías divergentes. Vivió los últimos años de su vida recluido con los recuerdos de su gloria. JUAN PEDRO QUIÑONERO