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ABC LUNES, 27 DE AGOSTO DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 13 POSTALES ilustres representantes de la pintura moderna no echaron a perder los lienzos de Velázquez, y responderé que tampoco valía tanto el cuadro de Elías García Martínez y, a cambio, gracias a su vecina, Borja ha sido puesto en el mapa y un río de visitantes podrá contemplar, tras fotografiarse con el nuevo eccehomo, las muchas maravillas artísticas que la villa alberga. Incluso no descarto que alguna galería neoyorquina exponga la obra de doña Cecilia. Les aseguro que he visto cosas peores en la mismísima Quinta Avenida. El segundo personaje a quien quiero defender es ya bastante menos defendible, pero aun así, destaca en medio de una sarta de mediocridades, fámulos, desvergonzados y arrebatacapas, que desfilan ante la comisión investigadora de ese desfalco continuado que fueron los ERE andaluces. Javier Guerrero, como director general de Trabajo de la Junta, tuvo a su cargo diez años esos fondos, y es el único que se ha atrevido a decirnos algo al respecto, ya que el silenció más absoluto- -pero por eso mismo clamoroso- -ha sido la tónica de los declarantes, así como el de los socialistas en la comisión. Muchos no imputados pueden resolver sus dudas dijo Guerrero a los comisionados, para puntualizar: Nadie, absolutamente nadie, me dijo que realizara mis funciones de forma distinta a la que me instruyeron (ese me instruyeron no tiene precio) que nadie cambió cuando me fui. Todos y cada uno han tenido conocimiento de mi trabajo Más claro, el agua. ¿Qué han dicho los que tenían conocimiento de su trabajo sus superiores directos, los consejeros de Empleo de la Junta? Pues que ellos no sabían nada de lo que ocurría en su departamento. Que la maldad no está en el procedimiento, sino en el ser humano y en el mal uso O que El convenio de 2001 parece ser la piedra filosofal de todos los horrores Apuntando a sus subordinados y al parlamento andaluz. Prefieren presentarse como tontos o incapaces que como corruptos. O sea que son, además, cobardes. Vamos a ver lo que nos dicen los máximos responsables, Chaves y Griñán. No esperen mucho más de ellos. Pero con lo que ha dicho Guerrero, basta. UNA RAYA EN EL AGUA JOSÉ MARÍA CARRASCAL IGNACIO CAMACHO CELTIBERIA SHOW 2012 El eccehomo de Borja y la comisión investigadora de los ERE andaluces son el mejor espejo de la España de nuestros días EL VIENTO DE LA LUNA La aventura espacial ha deflactado en un pragmatismo sin emociones épicas. Los sueños dejan de serlo cuando se cumplen I las carabelas de Colón eran tres cáscaras de nuez a merced de la inmensa bravura del océano, el módulo lunar del Apolo XI parecía un saltamontes de latón forrado de papel de plata. Al final, frente a la fragilidad física en los desafíos decisivos impera siempre la fortaleza moral, el temple, el coraje de los pioneros. El factor humano. Dirigido por un ordenador prehistórico que naturalmente falló en la hora crítica, Neil Armstrong tuvo que pilotar el alunizaje a mano, planeando como un helicóptero sin combustible sobre el polvo del Mar de la Tranquilidad. Entonces no lo sabíamos pero tanto Collins, a bordo del Columbia como los técnicos de Houston no tenían más de un 50 por ciento de confianza en que aquel liviano artefacto pudiera regresar con sus dos ocupantes a bordo. Durante horas, debajo de la euforia del mundo estuvo latente una severa, razonable sombra de fracaso, de tragedia y de miedo. Muñoz Molina relató en El viento de la luna el impacto sentimental de la lejana epopeya en la conciencia de un pueblo agrícola andaluz, un universo mental y espiritual anclado en otro tiempo, tal vez en otro siglo, cuyos habitantes se asomaron en la canícula del estío a la ventana de un futuro que en realidad era el presente mismo, sólo que separado por un abismo de ciencia y de progreso. Nadie que viviese aquella madrugada la ha olvidado; pertenece a una memoria patrimonial simbólica en la que la Humanidad asistió, embelesada y tal vez perpleja, a un sueño mítico. Quizá Colón no fuese el primer europeo que pisó América pero Armstrong sí fue el primer terrícola que brincó sobre el satélite. Y lo vimos en directo, arracimados en la alta noche sobre las viejas teles en blanco y negro, ansiosos y somnolientos testigos de un instante que en aquella desnudez tecnológica situábamos en la borrosa utopía fronteriza del prodigio y la quimera. Sólo una docena de personas han caminado desde entonces sobre el suelo de la Luna. La entelequia de un tráfico normalizado de confortables viajes de líneas siderales se disolvió pronto en una deflación inapetente y pragmática. La carrera espacial se frenó derivando hacia exploraciones seguramente más certeras y utilitarias que ya no tenían con ver con la dimensión emocional, competitiva y ambiciosa de la gesta histórica. Simplemente cambiaron las prioridades y quedó postergado el componente pasional, épico, de la aventura. Y aquella peripecia sobrecogedora, fantástica, legendaria, parece hoy casi una rutina científico- arqueológica. Los sueños dejan de serlo cuando se cumplen, eso es todo. Pero ahora que se ha muerto el hombre que formó parte de nuestras vidas cuando cruzó aquel umbral desconocido deberíamos confesar una sana envidia memorial. No tanto hacia su hazaña de deambular sobre la Luna como hacia el privilegio de haber visto la Tierra desde lejos y tapar con un solo pulgar toda su relativa grandeza. H OY voy a ser yo quien cruce las líneas rojas y rompa una lanza por dos personajes criticados, ridiculizados, escarnecidos en los últimos días: una anciana aragonesa y un jovial (así se autodefine) andaluz. Doña Cecilia Jiménez, 81 años, vecina de Borja, pintora de vocación y ama de casa, con un hijo minusválido, de profesión, ha saltado a los titulares por la restauración que hizo de un eccehomo del siglo XIX, al que ha convertido en el cuadro más visto del XXI hasta la fecha. Más visto y más representativo, pues estamos, sin proponérselo la autora, ante el colmo de la banalización del arte, en el no va más de la pintura, en el grotesco, burlón, ridículo sumidero al que ha ido a parar lo que en su origen era una de las máximas expresiones del espíritu humano, sólo al alcance de los elegidos, convertido hoy en mercancía al alcance de todos, lo que le condena a la más vulgar trivialidad y la chanza más grosera. Que es en lo que ha devenido el arte en nuestros días. Antes de crucificarme por haber dicho esto, piensen en lo que hizo Picasso con las Meninas y Bacon, con el retrato de Inocencio X, y me dirán si hay mucha diferencia con la obra de doña Cecilia: distorsionar infantilmente el original y acentuar sus rasgos patéticos. Se argüirá que los dos S MÁXIMO