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ABC LUNES, 30 DE ABRIL DE 2012 abc. es cultura CULTURA 71 EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE Medio siglo del último western clásico BEn 1962 se estrenaba este magistral canto del cisne del género americano por excelencia JAVIER CORTIJO MADRID H ace un lustro, un santo varón internauta tuvo el paciente detalle de contabilizar todos los westerns rodados desde el pistoletazo de Asalto y robo de un tren (1903) exactamente 9.976. Pues bien, entre todos ellos, y el puñadito restante hasta hoy día, no hubo ni habrá ninguno como El hombre que mató a Liberty Valance al igual que nunca habrá un director como John Ford, ni un icono como John Wayne, ni un personaje como Tom Doniphon ni, sobre todo, una época como aquella. Estamos en 1962, 22 de abril: semanas después de que Wilt Chamberlain lograra el tercer dígito ante los Knicks se estrena sin hacer demasiado ruido una película basada en una historia que el viejo centauro del desierto Ford leyó (suponemos que con el ojo bueno) nada menos que en la revista Cosmopolitan (de la época, claro) años atrás, firmada por Dorothy M. Johnson alrededor de dos hombres (un abogado novato y un pistolero campechano) y un destino (matar al forajido más fiero y, de paso, enamorar a la chica más guapa del pueblo) Y, justo al acabar de rodar Los comancheros se lo comentó a su amigo Wayne, aunque ambos estaban algo picados desde El Álamo cuando Duke intentó mantener lejos de su reluciente silla de director a su maestro, por aquello de las comparaciones odiosas: Será una cosa sencilla, todo en estudio y en blanco y negro. Hay un gran guión de por medio John Ford, entre James Stewart y John Wayne dante de Doniphon) quienes también habían combatido en la Segunda Guerra Mundial ¿Qué te parece, John? Cuando tú estabas haciéndote rico, Jimmyse jugaba la vida por Américaen el frente ¿Has visto a Woody? Ese sí que es un auténtico jugador de fútbol americano y no tú Al final, Wayne se tragó su orgullo, salió al paso negando la acusaciónde que nose ponía al teléfono cuando le llamaba su jefe, y labró algo más que un personaje: una presencia pura, honesta y resignada (aunque con sus prontos de rabia al colmarse el vaso) que sigue sirviendo de modelo ético a lo largo de los años, y sobre la quese cimenta el auténtico mensaje del filme, y de la filosofía de Ford, como él mismo confesó: Cuando la leyenda se convierte en realidad, se imprime la leyenda Wayne y Stewart volvieron a reunirse en El últimopistolero (1976) memorable canto del cisne del primero y escandalosopeluquín en la testa del segundo. Pero El hombre que mató a Liberty Valance es todo esto y mucho más: la visión nostálgica de una etapa que se cerraba para siempre, el polvo de la dili- ABC Wayne torció el gesto Y Wayne echó una ojeada al fajo de folios, vioel lugarquele correspondíadentro de la stock company fordiana, y torció eserostrosobre elque se han bordado cantares de gesta sobre tapetes de barras y estrellas: Comprobé que James Stewart hacía de héroe bueno, Edmond O Brien de periodista sardónico, AndyDevine de sheriffbufón y LeeMarvin de villano salvaje. Para mí no quedaba nada, solo un hijo de puta que se paseaba delante de todos ellos El típico asunto de celos de un tipo que llevaba más de cuarto de siglo figurando en el top ten taquillero de Hollywood, machada sin parangón. Ford respondió a tales insinuaciones de la mejor manera: echando más leña al fuego. Concretamente, haciendo piña con Stewart yWoody Strode (elmítico sargento negro que encarnaba al fiel ayu- El hombre que mató... La película está basada en una historia de Dorothy M. Johnson, que Ford leyó en la revista Cosmopolitan Orson Welles Cuando le preguntaron por sus tres cineastas preferidos, respondió: John Ford, John Ford y John Ford gencia que el senador Ransom Stoddard encuentra cuando vuelve a Shinbone, el látigo de siete colas corrupias que empuña Liberty intentando hacer honor a su nombre, el ¿Buscas pelea, Doniphon? ¿Quieres que te ayude a encontrarla? o bien Los periodistas no nos metemos en política, solo creamos y hundimos a los políticos la arenga histriónica de John Carradine, el doble flashback concéntrico que encandiló a Tarantino, la ciudad simulacro de car- tón- piedra que quizá inspiró a Von Trier para Dogville la tumba pelada de Doniphon como en un auto sacramental de Dreyer, la aparición expresionista del justiciero para descerrajarle la bala definitiva a Valance, Monument Valley derritiéndose a galones, los profetas de Cahiers du Cinéma con la boca y las carnes abiertas, la escupidera que colocan en el tren de vuelta a la vera del senador antes de recordarle de nuevo que siempre sería el hombre que mató a Liberty, el último hurra de un rebaño de dinosaurios pioneros, la flor de cáctus del amor que pudo ser y no fue... Uf, demasiado. Aunque Ford, que era mucho Ford, no se andaba con tonterías ni flores: No me hablen de arte, yo solo hago películas para pagar el alquiler Por eso Orson Welles, cuando le preguntaron por sus tres cineastas preferidos, respondió: John Ford, John Ford y John Ford Con aquella bala en escorzo y cursiva sobre Valance, un género había muerto, pero había nacido una leyenda que seguirá imprimiéndose por los siglos de los siglos.