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ABC DOMINGO, 29 DE ABRIL DE 2012 abc. es opinion LA TERCERA 3 F U N DA D O E N 1 9 0 3 P O R D O N T O R C UAT O L U C A D E T E N A EL DICCIONARIO BIOGRÁFICO ESPAÑOL POR HUGH THOMAS Cualquier lector de historia se alegrará de hojear estos maravillosos volúmenes, a veces quejándose y ocasionalmente lamentando la omisión de algún héroe personal, pero, sobre todo, disfrutando de una nueva dimensión de la historia que seguramente avalará la necesidad del arte de la biografía, al que se ha dado poca importancia en España en el pasado do caballero, Suárez sabe todo lo que hay que saber sobre el general Franco, tras haber dirigido la edición del octavo volumen, Francisco Franco y su tiempo, publicado por Azor en 1984. Quienes criticaban el artículo de Suárez se quejaban de que no llamase dictador al general. No deja de ser cierto, pero el mucho más fácil acomodadizo general Primo de Rivera se llamaba de esa forma a sí mismo sin disculparse por ello, y, si nos ceñimos al sentido romano de la palabra, Suárez tenía razón en no hacerlo. Los romanos pensaban que un dictador era alguien traído expresamente para proporcionar una dirección extraordinaria y provisional durante las crisis militares. Un dictador tenía un poder casi regio en Roma, pero ocupaba el cargo durante seis meses como máximo. El general Franco no tenía ningún deseo de dejar el cargo una vez que lo hubo asumido en la Guerra Civil, tras el levantamiento militar que inicialmente parecía no haber apoyado por completo. El ensayo de Luis Suárez seguramente debería haber hecho más hincapié en las implacables políticas de Franco durante la posguerra y en su frialdad personal, pero el autor estaba en lo correcto al señalar que el general era un gobernante autoritario y no totalitario, haciendo uso de la famosa dicotomía de Jeane Kirkpatrick. na vez dicho esto, resulta difícil pensar en alguien que realmente pudiese haberlo hecho mejor que Suárez, porque Franco elude a todos sus biógrafos y críticos. ¿Juan Pablo Fusi, quizás? El problema es que los admiradores de Franco no pueden reconciliarse con sus crueldades y sus enemigos no pueden admitir sus logros o atribuírselos a la suerte. Jorge Semprún hizo un comentario famoso sobre que el general debía de tener más partidarios de lo que parecía a primera vista, puesto que gobernó un país notoriamente difícil durante casi cuarenta años siendo siempre más listo que sus detractores. Además, en el artículo de Suárez uno puede conocer todos los hechos sobre la vida de Franco, como la fecha de su ingreso en la academia militar de Toledo, el año de su marcha a Marruecos o el momento de su primera medalla al valor. Otra crítica al Diccionario Biográfico Español fue que la Real Academia de Historia que lo ideó está enteramente compuesta por personas más bien mayores. Esta es una crítica desacertada. Porque un diccionario que incluye dos ensayos de José Pérez de Tudela, un gran editor de textos del siglo XVI, sobre Colón, o de Manuel Fernández Álvarez, el infatigable editor de los documentos de Carlos V, no es algo de lo que lamentarse. Y tampoco todos los ensayos están escritos por hombres de edad avanzada y trayectoria conservadora. El ensayo sobre Felipe González, por ejemplo, es obra de Juan Luis Cebrián; el del aterrador anarquista Durruti es de Abel Paz, su biógrafo. Su compañero, Francisco Ascaso, que fue asesinado en 1936, aparece bien retratado por Roberto Villa García. as dos épocas más antiguas de la historia de España que yo he estudiado son el siglo XVI y el final del XVIII. Me ha encantado encontrar un excelente artículo de Bartolomé Bennassar sobre Cortés, aunque él no comparte mi opinión de que debemos cambiar de idea sobre el año de nacimiento de Cortés y situarlo unos años antes de 1485, ni acepta mi datación del momento en que salió de España por primera vez. Pero me complace descubrir una breve nota sobre Juan de Córdoba, el platero converso a quien Manuel Giménez Fernández, en su gran libro sobre la vida de Las Casas, considera el patrocinador de Cortés. Los Alvarado están bien representados, aunque Pedro, hijo del sol, era más brutal de lo que José María García Añoveros da a entender. Al avanzar hasta el siglo XVIII, la entrada sobre Carlos III de José María Vallejo García- Vallejo (SIC) me ha parecido excelente, aunque me habría gustado encontrar algunas palabras sobre los curiosos y fallidos esfuerzos del dramaturgo francés Beaumarchais por introducir a su amante, la hermosa marquesa de Croix, en la cama del Rey. En la erudita entrada de José Manuel Serrano Álvarez sobre su marido, el virrey de Nueva España (México) que expulsó a los jesuitas, no leemos nada sobre la marquesa. Cualquier lector de historia se alegrará de hojear estos maravillosos volúmenes, a veces quejándose, no cabe duda, y ocasionalmente lamentando la omisión de algún héroe personal ¿dónde, dónde está Antonio Berrio, de Guiana? pero, sobre todo, disfrutando de una nueva dimensión de la historia que seguramente avalará la necesidad del arte de la biografía, al que se ha dado poca importancia en España en el pasado. Imploro a aquellos de mis amigos que han adoptado una postura hostil que la reconsideren. LORD THOMAS DE SWYNNERTON HISTORIADOR C ONVERSANDO con miembros de la Real Academia de la Historia a lo largo de varios años, tuve conocimiento del plan de publicar un diccionario biográfico español. Estaba entusiasmado, ya que, aunque hay muchas pequeñas biografías en la gran Enciclopedia Espasa, hay muchas personas de interés e importancia que no figuran en ella. Por fin, el plan se ha hecho realidad. Ya se han publicado los primeros 25 volúmenes, que incluyen los apellidos hasta Hernández. Pronto se distribuirán otros cinco volúmenes, y los veinte restantes los seguirán a finales de año. El equivalente francés avanza pesada y lentamente por la letra L, y las nuevas versiones italiana y alemana también van a la zaga. La publicación es un triunfo, en mi opinión. Los volúmenes están encuadernados en un azul claro muy correcto, un azul Cambridge, como diríamos en Inglaterra. Cada volumen tiene unas 840 páginas de longitud y la obra abarca a todas las figuras históricas desde el emperador Carlos V (I de España) hasta Santiago Carrillo, pasando por los reyes musulmanes de Andalucía y los poetas del siglo XVII. Los conquistadores del siglo XVI están muy bien representados. Cada entrada va acompañada de una bibliografía excelente. Las referencias cruzadas también están bien hechas. Creo que soy hasta ahora la única persona de Inglaterra que, a título privado, ha comprado un ejemplar de esta obra admirable. También tuve algo que ver, creo, con que la Biblioteca Británica se decidiese a comprar uno, así como la gran biblioteca de suscripción, la Biblioteca de Londres, que tiene su sede en St. James s Square. Me quedé estupefacto por el clamor que provocó en España la publicación. Las críticas provinieron en ocasiones de amigos míos cuyas actitudes me parecieron sorprendentemente radicales. La primera crítica seria tenía que ver con el ensayo sobre el general Franco escrito por Luis Suárez Fernández. Digan lo que digan sobre este distingui- L U