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ABC VIERNES, 23 DE MARZO DE 2012 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL BURLADERO no es la calidad democrática; peligra, en todo caso, el UNA RAYA EN EL AGUA CARLOS HERRERA LA CALIDAD DE LA DEMOCRACIA La calidad de la democracia empezó a perderse hace años cuando se hizo carne de cada día el clientelismo y la corrupción S OSTIENE Manuel Chaves que si el PP obtiene su soñada mayoría absoluta se produciría una indudable pérdida de calidad de la democracia. No es un calentón de campaña al estilo de las palabras de Cayo Lara sobre los parapléjicos, ni es unaprovocaciónde esasquebuscanla entradaal trapo deladversariomászoteomásvulgar, no: eselconvencimiento formal de que si no gobierna la izquierda la democracia es de segunda división, está adulterada, maltrecha, fraudulenta. La izquierda no puede soportar queladerecha saquemás votos, ysiasíocurre, siempre hay un pero existencial que añadir. Pero se equivoca Chaves de diagnóstico y, probablemente, en la estrategia: determinado marrullerismo sólo convence a los muy convencidos y entusiasma a los hooligans que irán a votarle sí o sí; no motiva, en cambio, la reflexión de los serenos y, mucho menos, de los indecisos. Ambossabenquenoseacabaelmundoporquegobierne la derecha y saben, asimismo, que no caerá el cielo sobre lacabeza de la calidad de la democracia por el hecho de que no gobierne la izquierda. La calidad de la democracia, por desgracia, empezó a perderse hace años cuandosehizocarnedecadadíaeladoctrinamiento, elclientelismo, la corrupción, la malversación y la utilización de los discursos para separar en buenos y malos a los votantes en función de sus preferencias. Lo que peligra puesto de trabajo de miles de personas que, fuera de la Administración, tienenpocasprobabilidadesdesubsistencia. Esassonpersonas ensumayoría decentes, aunque algo viciadas por el ejercicio natural y continuado del poder, consagradas a su trabajo por un mundo mejor y por un mundo más estupendo para los suyos (los suyos de su partido) No peligra estrictamente la calidaddemocrática, peligraelsistemadechiringuitosque ha urdido un partido acostumbrado a no ser contestadoenlasurnasdurantetreintaaños; chiringuitosmontados, esta vez, por gente indecente que no trabajaban más que para el bien propio. Y muy intensamente. Hubo una vez alguien autotitulado de izquierdas que defendió al proletariado del abuso de los poderosos y que, en función de esos orígenes, estableció un ranking de valores en los que su superioridad moral quedaba para siempre fuera de dudas. De ahí se llegó- -degenerando, degenerando- -a que nunca se hicieran responsables de los desastresque pudieran ocurrir cuando gobernaran, bien fuera el paro, el fracaso social o la ruina a la que sometían a sus conciudadanos. Todo ello, acompañado de una entrañable oquedad en sus discursos, ha caracterizado la deriva de sus diversas siglas y sus diferentes líderes. Habría que dedicar algunas horas a la teoría gramsciana de la monopolización cultural, pero eso es de otra columna. Baste hoy señalar, para delirio de los protagonistas del baile, que el muylanary muybovinoaplausodesucultureta folclóricahaceposible el convencimientosimplede losubrayado por Chaves y compañía: o ganamos nosotros o no vale. La campaña andaluza camina hacia un fin incierto. Puede ganar el PP por mayoría absoluta pero puede también no ganar, es decir, vencer en votos pero no en la totalidad de escaños necesarios para gobernar. De no ser así, el gobierno razonable entre PSOE e IU establecería una excepción políticamente muy interesante en el sur peninsular y, por poquitas, continental. Este columnista tiene la mejor opinión personal de Diego ValderasydeJoséAntonioGriñán, peromemalicioque un gobierno conjunto crearía una desconfianza bárbara en ese entramado social al que tanto dicen defender. Si el PP pierde la oportunidad de gobernar- -siendo ésta una posibilidad factible- -tendrá razones sobradas para el desconsuelo: ¿qué más tiene que pasar en Andalucía para que la supuesta izquierda pierda el poder? Es una buena pregunta para este fin de semana. IGNACIO CAMACHO EL CABEZA RAPADA ISLÁMICO El verdadero peligro terrorista proviene de ese fanatismo musulmán capaz de declarar la guerra santa en una escuela E MÁXIMO L pensamiento políticamente correcto se basa en el principio de que nunca se equivoca- -por eso es correcto- y si eventualmente pudiese errar por defecto de apreciación aplica de inmediato el primer precepto. Ventajismo se llama la figura palmaria que ha quedado en evidencia a propósito del asesino de niños de Toulouse. Identificado a priori y sin asomo de duda como un neonazi antisemita- -pleonasmo porque, según el discurso dominante, no hay antisemitismo de extrema izquierda- el hipermalvado terrorista sirvió en seguida de paradigma argumental para cuestionar la restrictiva política inmigratoria de Sarkozy y atribuirle la responsabilidad intelectual genérica de un crimen que su autor habría cometido con el cerebro exaltado por la soflamas xenófobas de la derecha. Pero he aquí que, oh sorpresa, el verdugo resultó ser un talibán, un yihadista de manual, un arquetípico miembro de Al Qaeda. Ante tan clamoroso patinazo en el diagnóstico, el pensamiento políticamente correcto ha cambiado a toda velocidad de criterio para no quedar a contrapié: ya no se trata de un problema colectivo como el del crecimiento de la violencia racial, sino de un caso aislado de radicalismo ante cuya solitaria premisa no cabe generalizar conclusiones. Es el problema de encajar a martillazos la realidad en la horma previa de los prejuicios políticos y las etiquetas ideológicas. Ahora toca despenalizar al islamismo con apelaciones ecuménicas para que no sufra la ira de un pueblo conmocionado por la tragedia. Los mismos que criminalizaban indirectamente a los adversarios electorales por una supuesta exaltación de los ánimos racistas intentan ahora que nadie se aproveche de la evidencia de que el verdadero peligro terrorista proviene de ese fanatismo musulmán capaz de declarar la guerra santa en una escuela. Cuando creían hallarse ante un frío cabeza rapada, un trasunto de aquel siniestro Brevik noruego, extendían las responsabilidades colectivas hasta un inquietante panorama de crecida ultra estimulada desde la retórica conservadora. Desairados por la terca certidumbre de los hechos, los arúspices de la hipercorrección intentan delimitar la culpa entre los diques de un simple extremista descerebrado. No lo habrían necesitado si desde un principio hubiesen aceptado que la xenofobia responde a un odio transversal a lo distinto, ramificado en la malformación psicopática de radicalismos varios. Porfortuna, laPolicíagalanosehaenredadoendebates sobre las indescifrables ecuaciones mentales del atrincherado criminal y ha zanjado el asunto comocorrespondía: metiéndole un balazo en surecalentada cabeza. Las reflexiones para los editorialistas, como decía cierto personaje de Graham Greene. Está por ver que, fracasado el juicio de intenciones, el de los términos del tiroteo.