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14 OPINIÓN AD LIBITUM PUEBLA MIÉRCOLES, 8 DE FEBRERO DE 2012 abc. es opinion ABC MANUEL MARTÍN FERRAND PROPAGANDAS Los servidores de la máquina propagandística del PSOE saben sacar fuerzas de flaqueza A UNQUE faltan, redondeando, cuatro años para las próximas elecciones legislativas, no pasa un solo día sin que la actualidad vaya configurando la intención del voto de los ciudadanos. No existen los milagros electorales capaces de mover en un instante, con una idea o un eslogan, la voluntad de millones de personas e, incluso en lo individual, son pocas las veces en las que un Pablo de Tarso se cae del caballo cuando viaja camino de Damasco. La opinión pública es una gran escultura hecha con humo y no es fácil que el humo se acostumbre a estarse quieto. Este pasado fin de semana, por la acción conjunta del catarro y la pereza, lo pasé en casa con un ojo puesto en la magnífica edición de La defensa de Madrid, de Manuel Chaves Nogales, que ha hecho María Isabel Cubas, y el otro en la pantalla de la televisión. La combinación de lo hueco con lo macizo genera una media de notable interés. Lo de la televisión es de aurora boreal y, sin grandes diferencias entre las que hemos dado en llamar generalistas, el único matiz notable y diferenciador es el del punto de sus adhesiones y servicios. En TVE el Congreso sevillano de los socialistas fue asunto preponderante y no tanto por las rencillas que transparentaba el acontecimiento como por la grandeza democrática acreditada por el único partido que se expone a los riesgos de unas primarias. La presencia del PP, de sus líderes o de sus ideas, brilló por su ausencia. Un poco por la sobredosis congresual y un mucho por el fanático descanso dominical de la gaviota, las imágenes- -misceláneas aparte- -resultaban monográficamente socialistas. Si también se concentra la atención en esa poderosa máquina de influencia que, por acumulación, son las tertulias radiofónicas, en las que se entrecruzan las voces independientes con las devotas, también sale ganando la grandeza socialista sobre la única circunstancia que parecen protagonizar los de la gaviota, el incremento del IRPF contra lo prometido por el presidente Rajoy. Señalo lo precedente en reconocimiento del mérito y la profesionalidad de los servidores de la máquina propagandística del PSOE. Saben sacar fuerzas de flaqueza para maquillar su paupérrima realidad frente a los generalmente ensimismados espectadores del fin de semana. El PP, histórica y generalmente desdeñoso con los asuntos de la Comunicación y escaso de sensibilidad sobre el valor de la información veraz e independiente, la que siempre beneficia al centro verdadero, se anda con encajes de bolillos en lugar de entender que ya se cuecen, sin borbotones, los votos de dentro de un cuatrienio. O los de marzo en Andalucía. CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC LA HERENCIA DEL PROFETA La última dictadura militar, la de Assad en Siria, está a punto de ser derrocada. El islamismo monopoliza el Cercano Oriente J UGAR al Go o al ajedrez nada dice del carácter del adversario... Pretender valorar el carácter del adversario arruina por completo el espíritu del juego Al viejo maestro de Go, cuyo retrato fija Yasunari Kawabata, le enoja que un aprendiz contamine su matemática con afectos hacia el contrincante. Quien juegue así, no estará jugando. Estará sólo planificando su propia derrota. La maestría se da en un postulado: Me absorbo en el juego. Mi adversario no existe Una retorcida estrategia de ajedrez dio signos visibles en el norte de África en 2011. El maestro de Go analizaría en frío la malla de causas que convergen en ese movimiento, y la barahúnda de redes determinativas que su fogonazo deja en la sombra. Si es de verdad un maestro, en su pizarra irán trazándose los vectores a cuyo silencio nadie prestó atención. Y el oculto corazón de la partida podrá atisbarse. La partida la gana o pierde el rigor aritmético sobre el tablero. No la calidad, amable u odiosa, del pobre diablo que se sienta ante él. Pero no somos maestros. Y los que se sentaban al otro lado nos resultaban odiosos. Con razón. Se habían ganado ese derecho, a costa de una crueldad poco común. Hacia gente como el corrupto Mubárak, el alucinado Gadafi o el carnicero Assad, poco afecto puede sentir un hombre civilizado. Sólo una equitativa mezcla de desprecio y asco. Pero ni desprecio ni asco son claves de conocimiento. Ni de estrategia. Y estamos ya demasiado viejos y demasiado escépticos como para creer que fueron derrocados por ser despreciables o repugnantes. ¿Quién juega la partida del Cercano Oriente? La respuesta ingenua- -pueblos contra gobernantes- -no merece ni una sonrisa. ¿Neocolonialismo occidental? No es falso que Francia sale beneficiada en Libia; pero eso apenas es un peón en la partida. Bajo la primera máscara del movimiento de masas espontáneo y la segunda de la injerencia occidental, queda invisible el verdadero conflicto, el grave: una guerra a muerte se está librando por la herencia del Profeta. Entre las dos potencias que requieren mutuamente aniquilarse para ejercer un liderazgo que, como exige el teocratismo coránico, no puede ser compartido. Irán, al mando de la rama chiita, hace valer la reputación del primer verdadero retorno al islamismo en el mundo moderno; también, la potestad que le otorga su inmediato acceso al arma nuclear. La Arabia Saudí sunita ostenta la legitimidad que da el asiento sobre el suelo de Mahoma y el alcance ilimitado de sus recursos económicos. Los iraníes pueden fabricar armas atómicas en unos meses suelen bromear los diplomáticos saudíes, nosotros podemos comprarlas en un fin de semana Hace un año, el norte de África se repartía entre tiranías militares y tiranías teocráticas. Un ojeada al mapa muestra hoy que la última dictadura militar, la de Assad en Siria, está a punto de ser derrocada. El islamismo monopoliza el Cercano Oriente. Y Arabia Saudí toma posición en Bahréin, por las mismas fechas en las que Irán anuncia el bloqueo del estrecho de Ormuz, esto es, la guerra. No aún la del Islam contra Occidente. La previa, por el caudillaje único del Islam. No hay buenos aquí. Ni siquiera malos. Hay un punto de inflexión. Después, el estallido.