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ABC LUNES, 26 DE SEPTIEMBRE DE 2011 abc. es cultura La exposición de Antonio López cierra con récord para el Thyssen: 315.000 visitantes abc. es cultura CULTURA 81 Castillos de cartón piedra BGeorge Michael, más sobrio que nunca, llena el Palacio de los Deportes de Madrid PABLO CARRERO MADRID AP En los últimos años ha recibido más atención de la prensa rosa y la sensacionalista que por la especializada en música. Acosado por problemas con el alcohol y las drogas, por conflictos de orden público y rupturas sentimentales, y a menudo al borde de la depresión, George Michael ha decidido dar portazo a los malos tiempos y reconvertirse para poder seguir adelante: Es duro reconocerlo, pero el tiempo pasa para todos, y hay que saber adaptarse... En lo que atañe a su carrera artística, la adaptación ha consistido en dejar atrás su papel y su imagen de ídolo para quinceañeras (ya lo había hecho con su anterior gira, en la que había cambiado los vaqueros y las camisetas ajustadas por un traje oscuro) y dar una generosa dosis de sobriedad, elegancia y seriedad presentándose en directo nada menos que con toda una orquesta sinfónica. El un tanto pomposo y grandilocuente título de Symphonica: the Orchestral Tour prometía un espectáculo a lo grande, con un repertorio adaptado a las circunstancias. Sin embargo, sus canciones (y unas cuantas versiones de material ajeno) sonaron anoche en un formato más cerca- El cantante durante el concierto EFE no al jazz que a la música sinfónica. Así, lo cierto es que la mayor parte de la actuación habría resultado muy parecida de haberse prescindido de unos treinta de los más de cuarenta músicos que poblaban el escenario. También es cierto que el formato funciona, que la mayoría de las canciones seleccionadas se adaptan bien, que avanzan lustrosas a base de, sobre todo, contrabajo y piano. Otra cosa es que este Michaelmaduro, elegante, sobrio y sofisticado sea capaz de levantar las pasiones que antaño afloraban con su sola presencia. Dotado de una voz notable, poderosa y versátil, Michael apenas logra traslucir un mínimo de emoción en prácticamente todo el concierto. Con cerca de media hora de retraso, George Michael apareció ante un PalaciodelosDeportesllenohastalabandera (a pesar de unos precios no acordes con los críticos tiempos que corren) dispuesto a ofrecer una apacible veladademúsicagrata, confortableperoescasamente intensa o emocionante. No parece fácil ponerle demasiados reproches a esta segunda actuación en nuestro país: la ejecución de los músicos y la interpretación del propio Michael fue correcta, el escenario elegante, las proyecciones casi siempre vistosas (aunque no precisamente brillantes o especialmente imaginativas) el repertorio equilibrado y atinado en muchas de las versiones Roxanne de Police, My baby just cares for me de Nina Simone, Going to a town de Rufus Wainwright... Pero el que sí se le puede hacer (la falta de emoción, la sensación de semivacío que se produce en la mayor parte del concierto) no es precisamente pequeño. Solamente en la recta final de la actuación, empezó a notarse un poco más de calor, un ligeramente mayor grado de conexión entre público (contento pero no precisamente extasiado) y artista (correcto y amable, pero digamos que bastante lejos de la entrega que parece juicioso exigir)