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ABC LUNES, 26 DE SEPTIEMBRE DE 2011 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA AMNISTÍA En nuestro tiempo, el perduellio se considera respetable, siempre que se exprese democráticamente P OR primera vez los presos etarras se declaran dispuestos a renunciar a la violencia, a cambiodeuna amnistíatotal Entaldeclaración se compendian muchas realidades, empezando por el estado de quiebra psicológica en que se hallan muchos de estos presos, confrontados ante un horizonte penal que se les hace cada vez más insoportable; y terminando por esa petición de amnistía que parece sugerir que se hallan en la cárcel penando delitos políticos En eso que denominamosconvencionalmenteel entornoetarra sehaextendido la certeza de que los métodos empleados en el pasado- -asesinatos, extorsiones, violencia sobre las personas y sobre las cosas- -resultan ineficaces, amén de insoportablemente ásperos, incluso para sus propios adeptos; se impone entonces la resolución pacífica de conflictos expresión bajo la que se designala asimilación delideario oideología abertzaleenel consensodemocrático algoquenuestrosgobernantes- -y también el espíritu buenista propio de nuestra época, que abomina las fricciones- -alientan. En este proceso de aggiornamento del entorno etarra no se reniega, pues, del sustrato ideológico que ha inspirado sus métodos criminales, sino que se considera que tal sustrato puede ser- -de hecho ya lo ha sido- legitimado democráticamente; y, conver- tido, por lo tanto, en objeto de transacción política. Aquí nos tropezamos con una perversión de fondo que ha arraigado con fuerza en la conciencia colectiva, según lacual todaidea puedeserdefendidacon tal de que se haga por vías democráticas Se trata de una perversión propia de una época que ha renunciadoaconocer lanaturaleza delas cosasyaenjuiciarlas moralmente. Alguien que pretendiera exterminar a los negros internándolos en cámaras de gas sería un criminal; pero sirenegara deese método expeditivoy, en su lugar, aspirara a promulgar leyes que expulsaran a los negros de los confines de su país por el mero hechodesernegroscontinuaríasiéndoloigualmente, puestancriminalcomoelmétodoqueantañoempleaba es la idea que lo animaba. El terrorismo etarra es considerado unánimemente un método criminal; pero, paradójicamente, la idea que lo anima- -la disolución de la comunidad política- -es reputada legítima. Se trata de una inconsecuencia que, en términos de racionalidad jurídica, resulta desquiciada, pero quenuestraépocaacepta comositalcosa. EnRoma, a quienes conspiraban contra la integridadde la comunidad política se les consideraba reos de perduellio, el crimen más grave después del homicidio; en nuestro tiempo, el perduellio se considera respetable, siempre que se exprese democráticamente. Esta perversión defondoacabará destruyendoa lapropiacomunidad política. La incorporación de los enemigos del Estado al consenso democrático nos enfrenta con la naturalezapodridaquesubyace enlosprocesosde asimilación propios de la dinámica política vigente, que se niegan a asentar los principios o bases sobre los que el consenso o diálogo es posible. En todo diálogo o consenso en el que falte un principio común resulta imposible probar la verdad al adversario, que rechaza el medio de la demostración; y sus resultados son ala postre siempreinfructuosos. Asimilaren el consenso democrático a quienes han renunciado- -por razones de oportunidad u oportunismo- -a métodos criminales, pero siguen profesando las mismas ideas perversas de antaño se revelará, a la larga, un imposible; salvo que... entre asimilados y asimiladores exista un principio común: la disolución de la comunidad política. UNA RAYA EN EL AGUA IGNACIO CAMACHO LIBERTICIDIO La abolición de los toros es un golpe de autoridad nacionalista, un mensaje explícito de dominancia social y política C MÁXIMO ONSUMATUM est. Se acabó. El psicodrama colectivo de la Monumental sólo ha servido como terapia de autoconsuelo para los presentes, que tendrán una rareza que contar a sus nietos: estuvieron en la última corrida de toros en Cataluña y tal vez hayan asistido a la despedida de José Tomás, siempre dispuesto a oficiar cualquier ceremonia que implique emotividad, memoria escenográfica y mito. Pero la persiana ha caído y el designio nacionalista ha salido triunfante sin que sus promotores experimenten el más mínimo remordimiento. Antes al contrario se sienten orgullosos, optimistas, espléndidos: han desatornillado un anclaje simbólico de la españolidad y blasonan de progresistas capaces de desterrar un atavismo. Ni por asomo se les alcanza plantearse que han cometido un atropello liberticida, una absurda imposición prohibicionista. Las protestas sólo consiguen afirmarlos en su voluntad diferencial y ensanchar su arrogancia de campeones de una modernidad mal entendida. Coaligado para la ocasión con los ecologistas y demás detractores clásicos de la fiesta, tan tradicionales como la fiesta misma, el soberanismo catalán ha impuesto la abolición de la lidia como un gesto alegórico de hostilidad hacia la cultura española, como una metáfora de su pujanza tribal, como un guantazo a los rasgos comunes despreciados por el fundamentalismo identitario. Por eso han desatendido los argumentos culturales o históricos, la apelación a las raíces mediterráneas del rito taurino o su vinculación intelectual y sentimental con las cumbres de la expresión artística. Se trataba de dar un golpe de autoridad, de formular una demostración contundente de poder, de lanzar un mensaje explícito e inequívoco de dominancia social y política. Querían que se viese quién manda en Cataluña, quién dispone de la implacable capacidad de reprimir, enajenar o aniquilar cualquier manifestación de discrepancia. Deseaban que se notase con claridad la existencia de un orden distinto, dispuesto a superponer las razones de un supuesto sujeto colectivo- -la nación catalana- -sobre los derechos individuales o de las minorías. Lo han logrado con la complicidad de un Partido Socialista que lleva años empeñado en dar la espalda a sus raíces sociológicas transversales para aproximarse al nacionalismo dominante y acatar su expansiva tendencia al pensamiento único. También con la anuencia o la debilidad de un Gobierno de España pusilánime en la defensa de la cultura nacional. Y, por qué no decirlo, con el absentismo de una sociedad civil acomodada en la docilidad, acostumbrada a la renuncia, plegada ante la restricción del pluralismo, inhabilitada para la resistencia, resignada a la melancolía. Incapaz de comprender que lo que acaba de perder no es un espectáculo de valores más o menos residuales o discutibles sino un pedazo de su libertad.