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14 OPINIÓN FUERA DE MICRÓFONO PUEBLA LUNES, 26 DE SEPTIEMBRE DE 2011 abc. es opinion ABC FÉLIX MADERO LO HAN CONSEGUIDO En las plazas de toros de Cataluña no volverá a pararse el tiempo tras una manoletina bien dada Y O no tuve la suerte de otros aficionados de que mi padre me llevara a los toros. Me llevaban a las charlotadas, y algún año los Reyes Magos me trajeron un terno con su montera, muleta y estoque. Me quejaba a los Reyes porque aquel regalo no servía sin un toro. ¿Y el toro, dónde está el toro? cuentan que decía. Y gastaba el tiempo buscando alguien que hiciera de astado. No querían, normal. Viví mi infancia viendo en blanco y negro corridas en un salón atestado de gente que venía a mi casa a pedir el favor de que le dejáramos ver la función porque no había aparatos de televisión. Escuchaba al locutor, pero no entendía. Escuchaba los comentarios de los hombres sobre los toreros, y empezaba a comprender algún detalle, una palabra: albero, berrendo, ensabanado; un concepto: cargar la suerte, chicuelina, gaonera, querencia. ¿Nace así una afición? Probablemente sí. Con el tiempo entré de lleno en el mundo de los toros. Me apasioné leyendo libros y poemas, ese fue el comienzo. Desde Tierno Galván a Lorca. Y también a los periodistas- -revisteros les llaman en ese mundo- Vicente Zabala y Joaquín Vidal. Las crónicas de ABC y El País fueron mi escuela de aficionado e hicieron conmigo lo que los padres hacen con sus hijos cuando les cuentan que una verónica bien dada puede hacer que se pare el tiempo durante dos segundos, y que esos dos segundos no los podrás olvidar nunca en tu vida. Yo comprendo que la lidia tiene una parte obscena y bárbara que tiene que ver con la sangre y el sufrimiento del animal. Esa es mi gran contradicción que comparten otros aficionados. Es así y no hay que darle más vueltas. Y, sin embargo, cada vez que voy a los toros siento como si el tiempo me atravesara, como si se parase y me llevara a una época que no sabría precisar. Me siento rabiosamente humano viendo cómo un torero termina dominando a un toro. O, como el caso de José Tomás, se juega la vida ante un animal. ¿Sabe el de Galapagar por qué lo hace? Pienso que no hay palabras para explicar lo que llega a su cabeza cuando está en la arena. Hablo de sentimientos. Y eso es lo que un grupo de políticos ignorantes ha hecho: terminar con un sentimiento sentido durante siglos por los españoles. Aunque debo precisar: por algunos españoles, porque los toros no son la Fiesta Nacional, no hay en España acontecimiento que sea tal cosa. Por desgracia. Lo han conseguido. En las plazas de toros de Cataluña no volverá a pararse el tiempo tras una manoletina bien dada. Ya nadie se emocionará al ver cómo explota la casta y bravura de un animal. Lo han conseguido. Ningún padre llevará a su hijo al tendido: Mira hijo eso de ahí es el chiquero, y la arena es albero, y esos cuernos son playeros, y ese toro azabache, y el otro retinto... CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC LUZ DE OTOÑO No cabe la piedad hacia quien roba al abrigo solemne del Estado ¿P OR qué nos hiere así esta luz de otoño, tan fría y cegadora como un vidrio quebrado? Octubre va a empezar. Con él, la vida retoma su automática certeza de reloj desalmado. Ya ni añorar la indolencia del verano nos consuela: ¡demasiado lejos! Se ha cerrado el paréntesis. Y, en el tictac metálico del tiempo que retorna, uno se sabe pobre y excedente. ¿Quién podría ser lo bastante triste para amar una vida tan de repeticiones como ésta? Repetir es la carga de lo humano. La más fatigosa. Y la más insalvable. La única diferencia es que esta vez habrá retórica a mansalva: dos meses de pringosa retórica hasta el 20 de noviembre. No servirán para nada. Salvo para ahondar el enfangamiento que arrastramos en los hace ya diecisiete meses que vieron a este país tambalearse como un boxeador sonado, tras aquel mayo de 2010, cuando la Unión Europea amputó los delirios del presidente español y lo dejó en dique seco. Ni él tuvo la decencia entonces de marcharse a casa, ni nadie en su partido acumuló el mínimo arrojo necesario para evacuar el cadáver. Lo dejaron pudrirse en La Moncloa. Y pudrió todo. Un año y medio habrá pasado sin gobierno, cuando las elecciones generales alcen acta del más largo vacío institucional de nuestra historia moderna. Un año y medio en el cual hasta el último pelagatos con poder municipal o autónomo ha podido delirar sin control y con cargo a nuestros impuestos. Un año y medio de quemar dinero para nada. Salvo para enriquecer a la mala gente de toda la vida en este país nuestro: la que no sabe vivir de otra cosa que no sea de saquear fondos públicos; hay quien los llama políticos; existen nombre más feos y más justos para designar su raza. Cuando el 20 de noviembre haya pasado, sabremos en qué cifra exacta hay que tasar nuestra ruina. Nadie puede anticipar ahora: ahora todas las cuentas son negras y cada dato es falso. El anticipo de lo que salió a la luz después de que los cuatreros en ejercicio cedieran la administración de autonomías y ayuntamientos, no autoriza, ni aun al mejor intencionado, a esperar nada que no sea pésimo. El fraude que emergió en los feudos locales socialistas es una broma, si se compara con el que emergerá cuando la bolsa caciquil monopolizada durante cuatro decenios en Andalucía quede a la vista tras las autonómicas de dentro de un año. De momento, las cuentas del Estado, que el nuevo ministro de Economía tiene el deber político- -y, sobre todo, moral- -de hacer públicas, puede ser que nos reflejen muchísimo más griegos de lo que sospechamos. Hemos sido robados en la impunidad. Ni siquiera de un partido socialista podía esperarse que llegara tan lejos. Ni siquiera de aquella delictiva asociación del GAL y de Filesa en otros tiempos y el mismo Rubalcaba... Luz de otoño. Tan limpia en su cortar el mundo a tiralíneas. La sonrisa de antaño es ahora mueca. La arrogancia del señor de alcantarillas, quedó en desteñida máscara leprosa: su verdadero rostro. Es hora de ir mirando a todas estas malas gentes cuyos rasgos se recortan en el escalofrío del crepúsculo. De mirarlas sin piedad. Y de pedirles cuentas. De hasta el último céntimo, de hasta el último sueño. No cabe la piedad hacia quien roba al abrigo solemne del Estado.