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14 OPINIÓN AD LIBITUM PUEBLA SÁBADO, 18 DE JUNIO DE 2011 abc. es opinion ABC MANUEL MARTÍN FERRAND EN DIRECTO, NO EN VIVO La muerte convertida en espectáculo es un síntoma evidente de una generalizada corrupción ética y estética E N uno de mis tránsitos callejeros por el Madrid mesocrático en el que compiten la suciedad horizontal de las basuras con la vertical del graffiti, me asaltan dos muchachitas de tatuaje y piercing- -contemporáneas- -para que sume mi nombre a un pretendido manifiesto a favor de la eutanasia y de la muerte digna. ¿Tan mala cara me ven ustedes? les pregunté. No, me respondieron con la sonoridad sincronizada y el estilo antiguo del Dúo Pimpinela; es que más vale prevenir que curar. Gran sistema asistencial es ese en el que, para evitar males mayores, te privan de la mínima y última esperanza de seguir viviendo. A mayor abundamiento, las jovencitas invocaron la ejemplaridad de la BBC y su reciente- -e indignante- -transmisión del suicidio asistido del empresario hostelero Peter Smedley. El debate sobre la eutanasia y su colección de eufemismos embellecedores tiene escaso recorrido para quienes, sin recurrir a argumentos confesionales, anteponemos el derecho a la vida a cualquier otro y, además, sospechamos con cierto fundamento que cualquier circunstancia vital, por adversa y dolorosa que parezca, tiene añadidos sus gozos específicos y reparadores. Lo que resulta nuevo es que un argumento para defender el suicidio asistido, un negocio en auge para el turismo helvético, resida en el hecho de una trasgresión ética, pretendidamente informativa, en una televisión que, como la BBC, es de titularidad pública y tiene como justificación el servicio a los ciudadanos que la financian a través de una tasa específica de obligada aportación. Aquello tan pragmático y tan grosero de que el muerto, al hoyo y el vivo, al bollo ha pasado a ser un manual de conducta internacional. Ha perdido su españolísima esencia y, en aras de la globalización, justifica como función propia del Estado en el Reino Unido la divulgación pública, con cargo al Presupuesto, de los métodos posibles para el mutis definitivo de los ciudadanos. La muerte convertida en espectáculo es un síntoma evidente de una generalizada corrupción ética y estética que, si no hemos perdido la sensibilidad, constituye todo un clarín anunciador de lo que nos espera. Nunca habían utilizado la eutanasia, su propaganda, como elemento en contra de la existencia, independientemente ya de sus contenidos, en las televisiones públicas; pero es, por mortuorio, un argumento total que exige respuestas igualmente drásticas y rotundas. La BBC, durante décadas pionera y modelo, ha sido capaz de convertir en culturales programas como La Noria y otros engendros equivalentes. ¿Tiene algún sentido, ya en el XXI, la existencia de televisiones públicas? HAY MOTIVO TOMÁS CUESTA AUTORIDADES Y AUTORITARIOS La calle es- -en rubalcábido axioma- -para aquel que tenga las santas narices de apropiarse de ella T AL y como establece el inefable teorema que formuló en su día la latinista Carmen Calvo, el dinero público se puede gastar ad libitum puesto que, a fin de cuentas, no es propiedad de nadie. La afirmación, sin duda, fue imprudente o, cuando menos, pecó de descarada. Pero, aun así, aun admitiendo que la ex ministra de Cultura nunca se distinguió por cultivar la diplomacia, justo es reconocer que no escurría el bulto y que su desparpajo, ahora, resulta casi entrañable. Y, a la larga, anticipo de lo que ha dado en ser teoría general del Estado en el zapaterismo. O tempora, o mores! Quién nos iba a decir que, al cabo de un suspiro, después de un fugaz trasbordo del César a la nada, la beata ignorancia de la señora Calvo acabaría encarnado el mal menor frente al alarde de estulticia encampanada de la actual ama de llaves del prestigio y las dádivas. Del pisto y de la pasta. Dicho lo cual (incluso dixie y pixie a mayor abundancia) volvamos al turrón antes de que nos den las campanadas y el discreto lector se empache y nos despache. La justificación, si es que la hubiere, del excurso anterior, la trocha que conecta el presente y el pasado, es la que serpentea en los abismos del poder, la que franquea lodazales y aminora los páramos, esa que, en algún punto del camino, equipara al figurón y al figurante. Allá donde la ministra de los dibujos animados dejaba huérfano al dinero para mejor disfrute de los amigos, el candidato y ministro de Interior que ejerce de Presidente en funciones erige una teoría general de la res publica. Y lo de que el dinero público no sea de nadie se queda en gracia dicharachera al lado del primordial descubrimiento de Rubalcaba: la calle no es de nadie; no son de nadie ni la ley ni el orden, ni las plazas o calles. De nadie. Sobre todo, no son del ciudadano. Ni tiene potestad alguna el Estado para garantizar su común servicio. El dinero público era- -en doctrina carminiana- -para el primer amiguete que lo trincara. La calle es- -en rubalcábido axioma- -para aquel que tenga las santas narices de apropiarse de ella. Eso ignoran las reaccionarias mentes que se atreven a exigir al Estado que ejerza su autoridad, esa auctoritas a la cual daban los clásicos el sentido de garantía para todos. La garantía que sólo sobre la dignidad de quien la ejerce podía ser fundada. Pero no existe auctoritas en este país nuestro a la deriva, donde por no existir no existe ya ni Estado. Y hay un fondo de verdad siniestra en la confusión que Rubalcaba exhibe entre autoridad y autoritarismo Sólo la dignitas puede distinguir entre ambos. Sólo la dignidad de los representantes políticos hace, en una democracia, legítimo y necesario el uso justo de la autoridad. Los autores del Diccionario de Autoridades- -el primero y mejor de los de lengua castellana- -no se engañaban cuando, en 1726, definían la autoridad como excelencia, representación, o estimación adquirida, o por la rectitud de la vida y eminencia de la virtud, o por lo respetable de la nobleza y de la edad, o por lo grande de la sabiduría, poderío, honor y otros títulos que hacen a uno digno Sin dignitas, autoridad y autoritarismo son lo mismo: así sucede en el mundo de Rubalcaba.